Poética de la Política (un prólogo)
Las distintas ciencias, técnicas, o presupuestos del
conocimiento, se proponen habitualmente darnos una explicación
"verdadera" sobre el mundo que nos rodea. Y como la raza humana se ha
mostrado siempre favorable a dividir y subdividir todas las cosas que se
ponían a su alcance (no sólo las cosas físicas, sino también las
lógicas), estas "artes" han hecho de las distinciones y clasificaciones,
prácticamente, un modus vivendi. Así, por ejemplo, la Biología
distingue, dentro del género de los mamíferos, a la especie "humana" de
la "vacuna". La Filosofía separa a la especie "animal racional", dentro
del género de los animales. Este género de la "raza humana", "humanos" o
"animales racionales", puede ser dividido por la Economía en "ricos" y
"pobres", lo hace separando a los hombres que disponen de una gran
cantidad de bienes materiales (ya sean de consumo, de producción o
suntuarios) de aquellos hombres que no poseen siquiera los bienes de
consumo necesarios para la salud del cuerpo. La Sociología y la Economía
Política pueden distinguir entre los trabajadores y los burgueses o
capitalistas, según ofrezcan en el "mercado" su fuerza de trabajo o su
capital. Siguiendo con las clasificaciones, la Ciencia Política
distingue entre los países centrales, dominantes, colonialistas o
imperialistas y los países periféricos, dominados, subdesarrollados,
colonizados, explotados, humillados, etc.(el adjetivo que se elija
dependerá, y será prueba, de la escuela política a la que se pertenece).
Y dentro de esta última especie podemos distinguir a los pueblos
dignos, que se enfrentan a esa explotación a sus explotadores, de
aquellos que toleran mansamente la injusticia. Es probable que esta
última distinción no pertenezca tanto a la Política como a la Épica o a
la Poesía, pero no vemos que haya mayor inconveniente en ello. Los que
impugnan a la Poesía como fuente o presupuesto del conocimiento, son
clasificados por ésta en el grupo de los tristes, y la técnica de la
Metáfora, apoyada en la ciencia médica los clasificará en el grupo de
los "clínicamente muertos", aunque ellos juren pertenecer a la casta de
los científicos, desde que hoy en día, la ciencia es sólo el conjunto de
unas pocas artes a las que se las autoriza a hablar en su nombre. Los
que vemos a la política como "materia viva", nos hemos rebelado siempre
contra ésta tiranía, que alguna vez pareció imparable, del lenguaje
científico aplicado a la política; habitualmente utilizados por los que
el mero Sentido Común llamaría idiotas. Así y todo, pagamos nuestro
tributo al "pensamiento científico" publicando esta introducción y el
artículo que sigue.
Manuel Gauna
¿Falta de identidad?
Los indios somos nosotros.
Los godos somos nosotros.
Los criollos somos nosotros.
Los morenos somos nosotros.
Los gringos somos nosotros.
A la final, ¡nos sobra identidad!
Fermín Chávez
CONTINENTE MESTIZO
El acontecimiento fundacional de nuestra Historia es, indudablemente,
la llegada de los españoles al continente. No existe otro punto de
partida para intentar la comprensión de nuestra patria, pues a partir de
allí se forja nuestra idiosincracia política, religiosa, cultural,
artística, idiomática, etc. Por eso, es en ese momento donde hay que
poner el ojo para desentrañar nuestro “ser nacional”. Pero existen tres
posiciones disímiles respecto de la Conquista de América por España y la
realidad cultural de nuestro continente.
La primera de ellas rinde culto a la acción evangelizadora de España
en estos lares y a su operatividad “civilizadora”. Supone esta corriente
que las culturas americanas eran “la barbarie” y ni siquiera tienen en
cuenta la justicia o no de la destrucción de dichas culturas, realizada
por los adelantados y los eclesiásticos que acaudillaban la Conquista.
Tampoco se les plantea a los sostenedores de esta tesis, que llamaremos
“Hispanista-católica”,
ningún juicio de valor acerca de la política imperialista de España y
sus adelantados, pues se justificaría por el hecho de traer consigo la
religión cristiana y sacar a los americanos de la oscuridad idolátrica.
En este marco teórico y político, los adscriptos a la tesis
Hispanista-católica ven a la “argentinidad” (palabra que les resulta
simpática) como un modo de ser católico, apostólico y romano, lo cual no
hace referencia únicamente a una cuestión religiosa, sino que nos
otorgaría chapa de “occidentales”.
Se opuso a esta opinión clásica una corriente que denunció los
atropellos y atrocidades propios de la Conquista: la destrucción de
templos, monumentos y ciudades, los autos de fe (quemas) contra los
registros culturales (mitos, leyendas, ciencias), tales como las quemas
de los
quipus incaicos, por ejemplo, la destrucción de piezas
artísticas y religiosas para fundir su oro o su plata, que eran
derivadas a Europa (no se capitalizó España por este saqueo ni por la
explotación minera en América, sino otros países europeos a los que
España compraba manufacturas), la esclavitud a que se sometió a los
pueblos americanos, etc.
Esta corriente destaca permanentemente el alto nivel de desarrollo
cultural de las grandes civilizaciones “precolombinas”. Ya algunos
revolucionarios de 1810 bosquejaron esta tesis como herramienta
antiespañola, en una época de atizamiento de los sentimientos contra la
metrópoli colonial, pero no porque renegaran de su identidad cultural,
sino más bien porque sólo encendiendo las pasiones del criollo que vivía
raleado de las decisiones fundamentales de la administración pública en
la tierra donde había nacido y moriría, y a la cual amaba, podía
enfrentarse a la metrópoli colonial que producía esa discriminación
intrínsecamente injusta, tal cual lo percibió toda la América española
durante más de un siglo de revoluciones y guerras de independencia.
Inglaterra, que iba a usufructuar económicamente la independencia
americana, también promovía estos sentimientos, publicando la “leyenda
negra” española, que consistía justamente en difundir las miserias del
dominio hispano-católico sobre nuestro continente. La historiografía
oficial argentina se haría eco de esa leyenda para fortalecer la idea de
que lo español significaba “barbarie” y lo inglés, doctrinas liberales
incluidas, “civilización”.
Ya en el siglo XX, aparecieron sostenedores de esta tesis que
promovían reclamos de independencia territorial para las comunidades
indígenas. Incluso indican que habría que celebrar el 11 de octubre por
ser el último día de libertad de América. No dudamos en denominar a esta
tesis como
“Indigenista”.
Evidentemente, la tesis indigenista funciona, en realidad, como antítesis de la hispanista-católica.
Una tercera corriente, rescata distintos aspectos “históricamente
positivos” de la Conquista. En primer lugar, llama la atención sobre la
relativa “suavidad” hispana respecto de las restantes colonizaciones
europeas, que fueron mucho más violentas, sin lugar a dudas. Resalta,
sobre todo, el hecho del “mestizaje” producido en América, único en la
historia colonial europea. También pone el acento en que, por acción de
la Historia, las grandes masas mestizas e indias son hoy profundamente
católicas, por más violencia que haya habido al momento de la
insuflación de dicha religiosidad, hace quinientos años; estos son
puntos de contacto con la tesis hispanista-católica.
Por otra parte, los sostenedores de esta tesis reivindican los
derechos de los pueblos aborígenes, pero desde un punto de vista social,
de clase, y no étnico, ni nacional. Participan también de la admiración
por las culturas americanas y condenan las atrocidades españolas, en
tanto impidieron un mejor conocimiento histórico de los pueblos
americanos y en tanto resultan inaceptables a toda persona sensible a
las injusticias y a la opresión de un pueblo por otro; en esto entra
esta tesis en contacto con la indigenista. La mayor elaboración de esta
corriente hizo incluir en el mestizaje a la raza negra, con lo cual
empezó a hablarse de América como continente en que se encuentran tres
mundos. Llamaremos pues a ésta:
tesis del “Continente Mestizo”.
Podemos ver ahora que las tres corrientes funcionan de un modo “hegeliano”, estructurándose de la siguiente manera:
Tesis: Hispanista-católica
Antítesis: Indigenista
Síntesis: Continente Mestizo
Ahora bien: esta es una discusión eminentemente americana , y como
tal debe ser tartada. Para lo cual vamos a tomar primero algunas
posiciones acerca de la “Cuestión Nacional Latinoamericana”,
fundamentalmente en nuestro país, simplemente para acotar el espectro y
no diluir demasiado la discusión, y poner el dedo en nuestra propia
llaga.
Evidentemente, la etapa colonial preconizaba públicamente la tesis
hispanista-católica. Pero con la revolución surgirían, al calor de los
combates, dos líneas originales de pensamiento. Las nombraremos, sin
pretender que estas denominaciones sean taxativas y sabiendo que pueden
no ser quizás las más correctas, e invitando a otros a reformularlas si
lo consideraran necesario:
“Nacionalismo revolucionario”: Artigas, San Martín y
Bolívar fueron sus cabezas más destacadas. La idea principal la plasmó
San Martín al sostener que él no pertenecía a ningún partido, sino al
“partido americano”, con lo cual se significaba que no interesaban las
rencillas regionales, sino la tarea común de liberar el continente, al
cual se lo veía como un todo indivisible, más allá de las dificultades
comunicacionales y organizativas que el propio Bolívar advirtió en
virtud de la enorme extensión territorial que comprende y la
precariedad de las comunicaciones terrestres de la época, lo cual no
obstó a que expresara que era “una idea grandiosa pretender formar de
todo el mundo nuevo una sola nación”. Agregaba Bolívar que “ya que tiene
un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería (...)
tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan
de formarse...” Artigas decía que plantear la “libertad de América” era
su “único anhelo” y lo reafirmaba con aquello de que “los pueblos de la
América del Sur están íntimamente unidos por vínculos de naturaleza e
intereses recíprocos”. Es decir, el nacionalismo de estos hombres era
americano, ideal que compartía gran parte de los revolucionarios de
América.
Pero los intereses económicos de las grandes ciudades fueron
oponiéndose a este proyecto. Generalmente vinculadas al comercio
exterior, también en virtud de los siglos en que España había organizado
las colonias como fuente de transferencia pura de recursos a la
metrópoli, las capitales virreinales centraron su política en un esquema
que marginaba al interior del continente de toda decisión y todo
desarrollo. Estos grupos portuarios de poder son los que salieron
airosos del enfrentamiento entre las dos concepciones de la Revolución y
como emblema mencionemos que Bolívar murió solo y enfermo, camino del
exilio, San Martín de viejo en la lejana “Boloña-sobre-el-mar” (intentó
volver en una ocasión pero los rivadavianos impidieron que desembarcara)
y Artigas solo y vencido, recluido en el Paraguay.
Si Bolívar, San Martín y Artigas iban uniendo pueblos, los egoísmos
regionales destruían esa obra y, así, la América Hispana terminó
conteniendo dos decenas de supuestas soberanías, asentadas sobre las
poderosas ex-capitales virreinales, en la mayoría de los casos, todo
gracias a lo que llamaremos:
“Nacionalismo de capilla”: en nuestra región, su
máximo exponente en la etapa revolucionaria fue Rivadavia, que sostenía
abiertamente que lo que “convenía” a Buenos Aires era “replegarse sobre
sí misma”. Así, justificaría el abandono que hizo la ciudad-puerto al
Ejército Libertador, negándole fondos para los sueldos de la tropa y
dejando a San Martín aislado en el Perú. Mientras los libertadores
preparaban el tiro de gracia a las tropas realistas, Rivadavia se
dedicaba a atosigar al único gran jefe popular y nacional
latinoamericano que tenía cerca: Artigas. Su proyecto de “nación” (el de
Rivadavia) miraba a Europa, de espaldas al interior rioplatense. El
único “sentido estratégico” que se daba a la política era el dictado
desde Londres, que deseaba depositar en América las heces digeridas en
sus fábricas. Para eso, había que ahogar al interior, cuyos lazos con el
continente cuestionaban la posibilidad de Buenos Aires de construirse
para sí un poder centrípeto, es decir, unitario. Y aquí encontramos las
bases de las dos tendencias antagónicas argentinas:
Unitarios y federales no se distinguían únicamente por una concepción
propia de la ciencia política en cuanto a la forma del gobierno
central. En realidad eso era secundario, si no fuera por la vocación
hegemónica de Buenos Aires y los rivadavianos. El centro era, en
realidad, económico. Lo que se discutía era el grado de proteccionismo a
adoptar: para los unitarios, nada; para los federales, lo más posible,
según la región. Y a éstos no se les escapaba que para “proteger”
nuestras economías nacientes era menester desarrollar un poder político
americano con cierto grado de compromiso institucional en miras a la
unidad.
Tan poco importante era el sistema político (federal o unitario) que
mientras los federales predominaron política y militarmente en nuestro
territorio, otorgaron a Rosas, gobernador bonaerense, la dirección de
las líneas políticas fundamentales del exvirreinato. Y cuando los
unitarios llegaron al poder reclamaban, de la mano de Mitre, garantías
de federalismo, para que se respetasen los intereses de Buenos Aires,
mientras aseguraban su poder omnímodo sobre las provincias.
Actualmente, estos dos “partidos” sobreviven, pero existe un tercero
que nació como subproducto de nuestra tragicómica deformación histórica y
cultural. Como queda dicho, el nacionalismo de capilla es, por
definición, aliado de las potencias coloniales-imperialistas, pues su
pretendido nacionalismo no es más que un instrumento para no compartir
los dividendos que le otorgaba la metrópoli dominante, que se ocupaba (y
se ocupa), sistemáticamente, de fomentar nuestras rivalidades internas
mediante la diplomacia y la prensa, haciendo honor a la vieja máxima de
los romanos:
divide et impera, o sea, divide y reinarás.
A expensas de estos grandes aliados internos del opresor, creció y se
desarrolló una nueva clase, menos conservadora por tradición, pero
tributaria de la clase dominante, a la cual debía su bienestar y hasta
su existencia. Era la pujante clase media porteña, nacida de las
necesidades administrativas y culturales de un Estado que depositaba las
riquezas de toda la Argentina en... la ciudad argentina más cercana a
Inglaterra: Buenos Aires.
Esta nueva clase, decíamos, fue menos conservadora, por su propia
dinámica de ascenso social. Iba tiñéndose, poco a poco, de un cierto
“progresismo”, que la hace llegar, aunque casi siempre tarde y a
destiempo, a posiciones “más nacionales”. Y una de esas
posiciones es su:
“Latinoamericanismo retórico”: los integrantes más
representativos del pensamiento de este sector sociocultural simpatizan
con “nuestros países hermanos”, pero la unidad de Iberoamérica les
parece algo “utópico”, que es como decir que ni siquiera vale la pena
intentarlo; o bien le dan una importancia secundaria; o atacan
abiertamente todo acercamiento concreto entre nuestros gobiernos, sin
hacer la defensa que habría de esperarse de quien actúa de buena fe
patriótica.
Si los nacionalistas de capilla viven recordando conflictos
limítrofes (de cuya existencia nos enteramos todos en la escuela) o
problemas arancelarios, cuestionan la inmigración de americanos (por
clasistas más que por nacionalistas) y están convencidos de que es más
una
hipótesis de conflicto “Hielos Continentales” que
“Malvinas” (contra los chilenos sí, contra los ingleses no), los
“latinoamericanistas retóricos” se hacen eco de todas sus campañas de
opinión... Recuerdo ahora, por ejemplo, la indignación de la “opinión
pública-publicada” a raíz del hallazgo de un libro escolar chileno que
mostraba a la Patagonia argentina como chilena. La noticia fue primera
plana de un diario porteño y la “levantaron” numerosos medios
audiovisuales. Lo que nadie explicaba era que dicho mapa representaba la
época colonial y mostraba la jurisdicción de lo que se conoció hasta
fines del siglo XVIII como “Reino de Chile”, que ¡efectivamente! incluía
a la Patagonia actualmente argentina, además del Cuyo, por disposición
de la mismísima España imperial. El Virreinato del Río de la Plata no se
fundaría sino hasta 1776... ¡Bellezas de nuestra prensa bien amada!
Toda esta campaña de enfrentamiento sucedía mientras Argentina y
Chile avanzaban en la solución de su último conflicto limítrofe: los
Hielos Continentales. Recomendamos abrir bien los ojos cada vez que
aparecen este tipo de noticias.
Porque el “nacionalismo revolucionario” está actualmente en
silenciosa expansión y eso no le gusta ni un poquito a ni a los
nacionalistas de capilla ni a los latinoamericanistas retóricos. Por el
camino de los aranceles va intentando acercarse a lo que debería ser su
objetivo prioritario, con marchas y contramarchas, pero muy movilizado, a
tal punto que, días atrás, el presidente venezolano, Hugo Chávez, quien
motoriza la integración entre el Mercosur y el Pacto Andino, afirmó que
es necesario avanzar hacia una unidad de tipo político-institucional en
Sudamérica.
Seguramente nos falten más presidentes en latinoamérica tan decididos
como Chávez, pero es indudable que no hay camino como no sea el del
nacionalismo revolucionario latinoamericano, pues no son viables
nuestros países sin su unidad, porque cuando se levanta una cabeza
alcanza un zapato para pisarla, cuando se levantan dos se les salta
encima, pero cuando se levantan todas juntas los pies de un enemigo
resultan ser pocos. Para hacer la Justicia Social es necesaria la
Independencia Económica, y ésta es imposible sin la unión
latinoamericana, que permitirá enfrentar a los poderosos intereses de
los cuales son deudores nuestros países y a los cuales está
históricamente aliado un sector importante de nuestra sociedad que suele
engañar con su propaganda a los argentinos que desconocen su historia y
no tienen la misteriosa habilidad de intuirla, como sí lo hacen las
mayorías populares. Debemos convencernos de que nuestras “soberanías”
son absolutamente antinaturales porque dividen, insólitamente, un único
pueblo, una única nación que comparte religión, cultura, historia e
intereses.
Establecidas las diferencias entre estas dos grandes corrientes
respecto de la cuestión nacional, corresponde ahora relacionarlas con
las tres tesis sobre nuestra identidad étnico-cultural.
a)
Tesis Hispanista-católica: no sirve al
objetivo de unidad porque, si bien resalta el catolicismo común a todos
nuestros países, desprecia todas las inmigraciones posteriores a la
colonización española y finge ignorar la realidad acrisolada de nuestro
tenor racial, así como también niega lo criollo en nuestro pasado
heroico poniendo el acento en lo hidalgo, lo cual la lleva a despreciar
los vínculos profundos que unen a nuestros paisanos del interior con los
de los países vecinos, porque en el fondo son clasistas y su hispanismo
esconde una añoranza de los blasones abolidos por la Revolución de
Mayo, un orgullo racial blanco, un desprecio por el indio, que se
tradujo más tarde en el odio al “cabecita negra”. Los
nacionalistas de capilla, pues, por afinidad ideológica, lo declamen o no, suscriben a esta tesis.
b)
Tesis indigenista: sería imposible fundar la
unidad continental con quienes han llegado a proponer la creación de
nuevos estados indígenas en América (tal como lo hizo el Partido
Comunista cuando declaró la necesidad de erigir las repúblicas quechua y
aymara en la región argentino-boliviana, el viejo Alto Perú); tampoco
si, en lugar de promover la integración de las comunidades indias, se
fomenta su segregación por medio del enfrentamiento con “el hombre
blanco” y de su reclusión en reservaciones como si fueran una fauna (o
una flora, por qué no) en peligro de extinción a la que se quiere aislar
de la dinámica histórica americana (aun manteniendo sus pautas
culturales en la medida en que lo deseen, deben tener acceso a los
beneficios que puedan darles nuestros Estados, y eso deben hacerlo sin
los tutores rubios que celebran el 11 de octubre). Todos los
“latinoamericanistas” que hablan de los indios americanos actuales como
si fueran personajes del
Discovery Channel y no “conciudadanos”
tan argentinos, en nuestro caso, como el señor que vive en la esquina
de su casa, son indigenistas que no soportarían perder a los
protagonistas de sus documentales favoritos y por eso quieren la
independencia territorial mapuche, por ejemplo, como si la comunidad
mapuche fuera capaz de defender su independencia por sí sola respecto de
los poderes que interactúen con ella. Es ésta una ideología
perfectamente identificable, generalmente asimilada a las “izquierdas”
políticas propulsoras en uno u otro tiempo de esas esciciones. Si el
lector incursiona en la televisión encontrará asiduamente “pensadores”
con este fondillo doctrinario. Mal puede un latinoamericanista profundo
aceptar la subdivisión y cercenamiento de las ya vapuleadas repúblicas
de Iberoamérica. El indigenismo es propio del
latinoamericanismo retórico.
c)
Tesis del continente mestizo: pone de relieve
justamente la acción unificadora de la Conquista y de la
evangelización, con lo cual empieza por reconocer el carácter
homogéneamente cristiano de nuestras masas populares y su origen común;
hace notar que el verdadero enemigo no está en la raza ni en la religión
o la falta de ella, sino específicamente en los que intentaron minar la
unidad territorial y la homogeneidad religiosa, es decir, el
imperialismo inglés que promovió la Leyenda Negra de Bartolomé de las
Casas para debilitar el predominio español en América y explotar la
independencia americana por el comercio exterior apoyándose en la acción
diplómática para dividir y debilitar al mundo criollo; y luego el
imperialismo norteamericano que repite la enseñanza de su madre patria y
la lleva a su máxima expresión con el dominio de los medios de
comunicación y las políticas financieras. Todo empezó con aquella
Leyenda Negra que omitía aclarar que el colonialismo español había sido
casi ingenuo si se lo comparaba con el sistema negrero y con la
explotación de otros pueblos del luego llamado “Tercer Mundo”; podríamos
agregar la comparación con las humillaciones que debieron sufrir India y
China en este mismo siglo XX, la última en manos de casi toda Europa
(no de España), o con la persecución sistemática de sioux, apaches y
todos las tribus norteamericanas (ya lo dice el famoso refrán yanqui:
“El mejor indio es el indio muerto”); esta tesis destaca la mezcla de
españoles e indios (hecho único en la historia moderna), la mezcla con
los negros, con los europeos que huyeron de la miseria, las guerras y
las persecuciones de estos últimos cien años, y la mezcla con los
asiáticos. En nuestro continente, el que no está mestizado convive
diariamente con la “impureza racial”. Porque nosotros provenimos de
todas esas mezclas. Por eso el nacionalismo revolucionario sostiene la
tesis del continente mestizo, porque así como los revolucionarios del
siglo pasado entendían que todas las castas estaban comprendidas en el
proceso de independencia, hoy los nacionalistas latinoamericanos
incluyen en su proyecto a todas las clases, toda vez que la cuestión
racial se ha vuelto imprecisa. No hace falta decir que esta es la
posición que suscribimos.
Hoy en día, la tesis más difundida por la propaganda mediáica es la
indigenista. El aparato cultural suscribe a ella. Si, antiguamente, la
cátedra universitaria sostenía la tesis hispanista-católica, hoy eso es
imposible en virtud de sus implicancias netamente conservadoras y de la
derrota en el plano mediático de toda doctrina religiosa, amén de la ya
tradicional enseñanza de que nuestro origen hispano es una mácula
vergonzante para nuestra identidad.
Así que la generalidad ideológica accesible por los grandes medios de difusión se ve claramente como indigenista.
¿Pero por qué no tiene acceso a la publicidad la tesis del continente mestizo?
Es que si bien la tesis hispanista-católica parece olvidar a las
masas aborígenes americanas y africanas y la indigenista ignora la
religiosidad popular de esas masas, ambas son funcionales a la
colonización pedagógica, porque los hispanistas-católicos y los
indigenistas, los nacionalistas de capilla y los latinoamericanistas
retóricos juegan para el mismo equipo: el de la división y la
incomprensión entre nuestros pueblos. En el otro arco está la América
profunda y mestizada, desde México hasta Ushuaia, que juega con más de
11 pero no logra imponer su superioridad numérica, porque el referí la
bombea grotescamente... Ese referí es el centro del poder mundial en sus
variantes económicas, culturales, políticas y militares, cada vez que
hace falta sacar una tarjeta para desplazar de la cancha a los líderes
que hacen los goles, desde el artillero artigas hasta el Perón de la
mano de Dios y el gol a los ingleses...
Si queremos la unidad de América Latina, debemos evidenciar los
factores que la hacen posible y las causas que la hacen necesaria, es
imprescindible vestir esa camiseta y transpirarla.
Puesto que el centro de tracción desamericanizante es Buenos Aires, propongamos a cada porteño el siguiente viaje:
De Buenos Aires vaya a Mendoza y de allí a Chile; escuche observe,
converse. “Suba” hasta Atacama y cruce a Bolivia, de allí reingrese a la
Argentina por Jujuy; recuerde sus etapas anteriores y escuche, observe,
converse. Vaya de Formosa a Paraguay, de Paraguay al Chaco brasilero y
reingrese por las cataratas; haga el mismo ejercicio. Visite Entre Ríos,
cruce el Río Uruguay; observe, escuche, converse. Conozca ahora
Montevideo y su gente y cruce el charco de retorno a su hogar; ahora
piense... ¿De qué están hechas las fronteras?
Juan Cruz Cabral
Viejo afiche de cuando se conformó la Unión Sudamericana