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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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viernes, 22 de febrero de 2013

LAS MUJERES EN LA GESTA EMANCIPATORIA

por Javier Garin, 
viernes 22 de febrero de 2013
Conferencia preparada para el panel del 19 de febrero de 2013 en Salta durante los festejos por el Bicentenario de la Batalla de Salta, por invitación del Gobierno de esa Provincia.


Buenos dias a todas y a todos:
                Vengo a esta actividad por el Bicentenario de la Batalla de Salta en representanción del Centro de Estudios Históricos Felipe Varela, que dirige nuestro compañero y maestro Norberto Galasso, uno de los más importantes historiadores actuales. Dada la temática, habríamos preferido que viniese una compañera, pero no fue posible.

LA INVISIBILIZACION DE LA MUJER EN LA HISTORIOGRAFÍA TRADICIONAL Y LA OPRESION DE GÉNERO

            Esta jornada me conmueve por varios motivos. En primer lugar, como belgraniano, por el evento que se recuerda: una de las dos más grandes batallas de la emancipación en territorio rioplatense, la más grande victoria patria por sus resultados y sin duda una de las mayores glorias obtenidas por Manuel Belgrano y el pueblo en la lucha contra los colonialistas.
            En segundo lugar por la acertada eleccion del tema, ya que el papel de las mujeres en la emancipación reviste suma importancia y actualidad.
            En un pais que aun padece situaciones de opresión y violencia de género cotidianas, y en donde el femicidio está a la orden del día, reivindicar el rol histórico de las mujeres es contribuir a modificar esta cultura aberrante del machismo. Pero además, en tiempos de profunda revisión histórica, resulta indispensable hacer hincapie en aquellos actores y sectores sociales invisibilizados en la historia tradicional u oficial.
             Así como se invisibilizó durante décadas a indios y negros, asi tambien el rol de la mujer fue claramente distorsionado y minimizado. Se presentaba una historia netamente masculina, y lo que es peor, militar, con héroes y salvadores militares, como si el triunfo de la revolución no fuera obra colectiva sino de algun héroe providencial. En esa historia, las mujeres no tenían ningun papel, eran figuras decorativas.
              Llegó pues, la hora de presentar otro panorama, en el cual se reconozca que las mujeres no sólo participaron activamente, sino que, incluso rompiendo los límites que les imponía la sociedad patriarcal, fueron protagonistas fundamentales en el proceso de la Independencia.

LA OPRESION FEMENINA EN LA COLONIA Y SU AFLOJAMIENTO POR NECESIDADES REVOLUCIONARIAS

             Cuando se evoca a la mujer en el virreinato y la Revolución nos viene siempre a la memoria Mariquita Sánchez de Thompson, mujer porteña, acaudalada, ilustrada y muy independiente. Pero debemos decir que fue un caso excepcional. La inmensa masa de las mujeres no tenía el menor acceso a la educación más elemental. E incluso entre las mujeres de las clases pudientes, eran pocas las que aprendían las primeras letras. Muchos padres se resistían a que supieran leer y escribir por miedo a que se cartearan con hombres, debido a la obsesión española por el "honor", que consistía básicamente en custodiar la virginidad de las hijas. El matrimonio por conveniencia era normal, y no se respetaba la voluntad de la mujer, que a veces se enteraba de sus inminentes nupcias con escasos días de antelación. La legislacion civil  obligaba a las jóvenes a requerir el permiso paterno para casarse hasta los 25 años. La propia Mariquita fue un ejemplo de rebeldía contra ese estado de cosas, al negarse a respetar la voluntad paterna.
             La opresión femenina tenía una doble fuente. En el caso de las mujeres de las razas sometidas, regía la esclavitud o la servidumbre. En el caso de las mujeres teóricamente libres, de sangre limpia, como se decía entonces, estaban sujetas a la autoridad del padre o del marido, y sólo excepcionalmente, en caso de viudez, podían alcanzar cierta independencia, aunque restringida.
             De manera que el importante papel de las mujeres en el proceso emancipatorio no fue consecuencia de un estado de libertad, sino de una necesidad histórica. La Revolución y la guerra revolucionaria aflojaron los lazos del rígido orden patriarcal, y las mujeres adquirieron de pronto libertad en los hechos, como consecuencia de la necesidad de contar tambien con ellas en la guerra revolucionaria, ya sea para labores subversivas como el espionaje, ya sea como logística de las expediciones militares, ya sea como sucedáneo de los hombres empleados en la guerra para tareas económicas y de administración de negocios y hogares que quedaban abandonadas.
              Pero no vayamos a creer que la igualdad de género figurara ni lejanamente entre los objetivos revolucionarios. La Revolución se hizo tambien con las mujeres, pero lamentablemente no se hizo para ellas. Y una vez que pasó la necesidad revolucionaria, el patriarcado regresó con sus cadenas. Cuando se escribió la historia oficial, en la segunda mitad del siglo XIX, al mismo tiempo que Vélez Sárfield perpetuaba el patriarcado en el Código Civil, se volvió a colocar a las mujeres bajo el yugo en el imaginario histórico: de allí su invisibilización.

LA MUJER EN LAS CULTURAS ORIGINARIAS.

               Es cierto, como decía hace un momento la representante del Instituto Güemesiano, que en muchos pueblos originarios existían fuertes vestigios de matriarcado.
               Tanto la expedición de Orellana como Ulrico Schmidt dieron cuenta de la existencia de "amazonas", mujeres guerreras que conducían a sus pueblos.
                Por otra parte, Lewis Morgan realizó estudios clásicos de las tribus norteamericanas que revelaron la persistencia de un sistema de parentesco matrilineal.
                Es decir que, si bien el patriarcado ya estaba consolidado en muchos pueblos originarios, la presencia de elementos matriarcales hacía que la situación de las mujeres originarias fuese, en muchos de esos pueblos, menos severa que en la civilización europea.
                La civilización predominante en América del Sur, la incaica, conservaba muchas pervivencias matriarcales, como lo revela su cosmogonía, el rol del Sol y la Luna, el culto a la Madre Tierra y el relato legendario de la fundación del Tawantisuyo, llevada a cabo, no por un solitario héroe masculino, sino por una pareja. En la vida cotidiana, la mujer ocupaba un importante papel económico y social.

EL MESTIZAJE COMO FRUTO DE UNA VIOLACION SISTEMÁTICA

                Durante muchas décadas, una educación tendiente a justificar la Colonia nos enseñó que América Latina era el continente del mestizaje. Es cierto. Pero no caigamos en una visión idílica e ingenua, pues el mestizaje hispanoamericano no nació de la amorosa unión de dos razas, sino que fue inicialmente el fruto de la VIOLACION SISTEMÁTICA DE LAS MUJERES NATIVAS POR LOS CONQUISTADORES.
                Con la llegada de los españoles, las mujeres originarias no sólo conocen el sometimiento de sus pueblos, la reducción a servidumbre y los asesinatos salvajes, sino que son objeto de prostitución forzada.
                 Los relatos que los propios cronistas españoles son contundentes hasta en su ingenuidad. Cuentan sin embozo el modo en que se repartían a las indias y las violaban, como si se tratara de algo normal y lícito. Y para ellos lo era.
                  Dicen los cronistas, por ejemplo, que en el Paraguay, hasta el más bajo soldado tenía su veintena de mujeres. Lo normal eran cincuenta o sesenta. Se las cambiaban y entregaban en pago, como si fueran moneda. Castraban a los indios para que no pudiesen quitarles la exclusividad de las indias. Los reyes intentaron vanamente frenar el mestizaje, no porque les escandalizaran las violaciones, sino porque querían preservar la "pureza de sangre". Con el tiempo esta brutalidad disminuyó, pero la violación de las niñas por patrones y encomenderos se mantuvo como una reminicencia del medieval "derecho de pernada".

LA MUJER DE SANGRE EUROPEA TAMBIEN PADECIA UN SISTEMA DE OPRESION. EL TRAVESTISMO FEMENINO

               Españolas y criollas, aunque no sufrían un regimen tan brutal, no por eso dejaban de ser esclavas del patriarcado heredado de la "civilización" europea. Para ellas no había más destino que el convento o el matrimonio, en el caso de las llamadas "buenas familias". Las mujeres de humilde condición debían cumplir mil menesteres, cuando no prostituirse. La ignorancia era la regla para casi todas, fuesen de la clase que fuesen.
                Un dato revelador de esta cárcel del patriarcado lo proporciona la abundancia de casos de travestismo femenino. En los campos de batalla de toda la cristiandad europea era frecuente encontrar cuerpos de mujeres disfrazadas de hombres entre los soldados caidos. En América se dio un caso de espectacular trascendencia: Catalina de Erauso, quien escapó de un convento vizcaíno, deambuló por América vestida de hombre, participó en las guerras de Chile y hasta revistó el grado de alferez, llegando a ser recibida como héroe por el Rey y el Papa. No había forma de escapar al destino de hierro de la mujer si no era vistiéndose de hombre.

 LOS HOMBRES DE LA REVOLUCION Y SU FALTA DE INTERÉS POR LA EMANCIPACION DE LA MUJER. EL CASO EXCEPCIONAL DE MANUEL BELGRANO

                Que la Revolución no se ocupó de emancipar a la mujer, lo revela la actitud de la generalidad de los próceres revolucionarios de total indiferencia.
               San Martin no sólo contrajo un matrimonio por conveniencia con una adolescente sino que, años después, la despachó de Mendoza a Buenos Aires sin el menor miramiento por su delicado estado de salud, y sin tomar más recaudo que hacerla acompañar por un ataúd, por si moría en el camino...
               Castelli, el hombre más avanzado de Mayo, el libertador de los pueblos indígenas en Tiwanacu, no fue capaz de aceptar que su hija preferida, Ángela, contrajera matrimonio por amor con un hombre del grupo de su archienemigo Saavedra, dando lugar a uno de los más famosos "juicios de disidencia" posteriores a 1810.
               Monteagudo, a quien se suele citar como ejemplo de promotor de la participación femenina, estaba muy lejos de sostner su liberación. Sus artículos "a las americanas" no son más que exhortaciones a que contribuyeran a la causa revolucionaria desde sus lugares tradicionales. Aunque él exaltaba "el santo dogma de la igualdad"  no escribió jamás una línea dedicada a proporcionar derechos a las mujeres.
              La soltiaria excepción fue Manuel Belgrano. Con su habitual sensibilidad, inteligencia y grandeza, Belgrano fue el único intelectual de todo el continente que en forma reiterada se manifestó a favor de la educación femenina, y denunció el estado de postración en que se encontraban las mujeres en párrafos más que elocuentes.

LA REVOLUCION LLEGA A LOS HOGARES

              Con la conmoción revolucionaria el orden patriarcal crujió y se sacudió. Cuentan los memorialistas que el disenso cundió en el seno de las familias. Era una época de gran "crispación", como dirían los reaccionarios del presente: los hijos se enfrentaban a los padres, las esposas a los maridos, vecinos entre sí.  Empeñados en un guerra difícil que absorbía todos los recursos, los hombres cedieron en los hechos importantes espacios a las mujeres. Proliferaron las matronas negociantes, administradoras y políticas, que utilizaban las tertulias para sus interminables "roscas". Las mujeres de humilde condición con frecuencia acompañaban a sus hombres a los campos de batalla. Se ha conservado el recuerdo de algunas de ellas, como las "niñas de Ayohuma", o la Parda María, llamada "Madre de la Patria".
              Las mujeres tomaban parte en la resistencia popular contra los invasores: en las invasiones inglesas así lo hicieron. Tambien lo hicieron en Cochabamba,  cuando obligaron a sus hombres a combatir contra el terrorista Goyeneche y tomaron las armas a la par de sus maridos e hijos. Las mujeres tuvieron un papel importante en el Éxodo Jujeño. En Salta construyeron una red de espionaje que permitía a Belgrano conocer hasta el menor movimiento de su enemigo. Sobrevive el recuerdo de una mujer que, luego de la capitulación de Salta, cruzó la cara de una bofetada al oficial realista que la había torturado por espía.  Martina Silva de Gurruchaga proporcionó a Belgrano 150 hombres reclutados por ella. Pero incluso en las filas realistas las mujeres actuaban incesantemente, y perdura el nombre de Pascuala Balvás, feroz matrona que exhortaba a los soldados realistas desde el púlpito de la catedral salteña para que volvieran al campo de batalla.

LAS DOS HEROINAS AMERICANAS POR ANTONOMASIA: JUANA AZURDUY Y MANUELITA SAENZ

          En mis viajes por América tuve muchas ocasiones de sentirme conmovido ante un monumento o recuerdo histórico. Pero dos me emocionaron particularmente: el hermoso retrato que de Juana Azurduy se conserva en la Casa de la Libertad, en Sucre, y la gallarda estatua de Manuelita Saenz en Mitad del Mundo, Ecuador.
               Ambas mujeres, tan diferentes entre si, tuvieron sin embargo muchos puntos en común. Ambas fueron patriotas y luchadoras inclaudicables. Ambas asumieron roles combatientes reservados a los hombres, participaron en batallas y tuvieron grados miltiares y reconocimientos por sus servicios guerreros. Ambas compartieron la pasión y la lucha con sus compañeros de la vida. Ambas lo arriesgaron todo por seguir su vocación libertaria.
               Juana Azurduy, la mayor guerrillera rioplatense, batalló durante años junto a su esposo Manuel Asencio Padilla, y continuó combatiendo luego de su muerte y de la pérdida de cuatro de sus cinco hijos. Famosa en su tiempo, tuvo un largo ostracismo de los textos de historia, que últimamente se está remediando. Mestiza y de firme voluntad de lucha, era como una reencarnación de esas mujeres extraordinarias de las grandes sublevaciones indígenas, como Micaela Bastidas -la compañera de causa y martirio de Tupac Amarú- o Barolina Sisa, columna y sostén de Tupac Qatari.
              ¡Y qué podemos decir de Manuelita! Una mujer independiente en su vida pública y privada, indoblegable por los prejuicios y por la espada. La historia machista la ha llamado "la amante del Libertador Bolivar", pero el gran Bolívar le daba otro título: la llamaba "Libertadora del Libertador", porque había luchado a su lado sable en mano en numerosas contiendas, había sido heroína y oficiala de su ejército, lo había aconsejado y defendido durante años, discutiendo ideas y estrategias de igual a igual, había cabalgado centenares de leguas junto a él, y lo había salvado de las traiciones y hasta de un cobarde atentado, enfrentando a los magnicidas... Hacia el final de su vida, ya paralítica y arruinada, la gran Manuelita confesaba a Herman Melville que ella había amado a Bolívar en vida y lo veneraba después de muerto. Pero sin duda lo que más amaba ella no era a un hombre, sino a la Libertad, pues su vida fue una constante reafirmación del libre albedrío.

OTRA TAREA INCONCLUSA: LA VERDADERA IGUALDAD

              Pero cuando recordamos a estas grandes mujeres que alcanzaron la condición de figuras emblemáticas, no debemos olvidar que a su lado hubo miles y miles de mujeres anónimas luchando por emancipar a un continente, por defender sus tierras y sus hogares, aun cuando perdieran comodidades y familias, viendo morir a sus hijos, en ocasiones muriendo ellas...
               Corrió mucha historia, y hoy vivimos bajo un régimen de pretendida igualdad de género. La mujer ocupa lugares cada vez más relevantes. Hasta tenemos una Presidenta. Sin embargo, la igualdad que proclaman las leyes está lejos de ser efectiva en las costumbres. La opresión de género subsiste, y la violencia de género arroja cada día nuevas víctimas.
                Y así como Monteagudo sostenía, en un célebre artículo sobre la Batalla de Tucumán, que la mejor forma de honrar a los caídos era asegurar la Independencia sudamericana, así tambien hoy no tenemos mejor manera de homenajear a estas mujeres revolucionarias que comprometernos a concluir esa tarea pendiente de abolir la opresión de género, para que ese "santo dogma de la igualdad", como lo llamaban Moreno y Monteagudo, exista efectivamente entre hombres y mujeres: para que deje, en fin, de ser un "dogma" y se convierta en un hecho.

fuente: face
www.manuelbelgranoxjaviergarin.blogspot.com
www.bernardomonteagudoxjaviergarin.blogspot.com

sábado, 22 de septiembre de 2012

POR QUÉ LA BATALLA DE TUCUMÁN FUE LA MÁS IMPORTANTE DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ARGENTINA


POR JAVIER GARIN ( AUTOR DEL LIBRO "MANUEL BELGRANO: RECUERDOS DEL ALTO PERÚ" Y DE LA BIOGRAFÍA "EL DISCIPULO DEL DIABLO, VIDA DE MONTEAGUDO")

El 24 de septiembre de 1812 a primeras horas de la mañana tuvo su comienzo la Batalla de Tucumán, considerada con toda justicia como la más importante de la guerra de Emancipación Continental librada en territorio rioplatense. Tal afirmación no será compartida, sin duda, por los salteños, que asignan ese carácter a la Batalla de Salta: otro gran triunfo obtenido meses despues, tambien bajo la conducción del gran patriota "todo terreno" que fue Manuel Belgrano, abnegado "militante de la Revolución" (título que le habría resultado más halagador que su grado de General, dado su carácter tan contrario a la pompa y la ostentación). Pero si bien la batalla de Salta fue un triunfo más completo -pues implicó la pérdida total del Ejército realista-, la de Tucumán fue más trascendente desde el punto de vista simbólico y político, por el contexto adverso en que se libró y por las consecuencias que tuvo en el movimiento revolucionario. No sin razón los medios oficiales de Buenos Aires la titularon el "Sepulcro de la Tiranía" y Bernardo Monteagudo le dedicó en el periódico "Mártir o Libre" uno de sus brillantes artículos, aprovechando el entusiasmo del triunfo para apuntalar la corriente que proponía "declarar la Independencia ya", frente a los agentes de los intereses británicos (encabezados por Rivadavia) que a toda costa querían postergar indefinidamente esa declaración porque no convenía a sus intereses estratégicos en la guerra contra Napoléon. CÓMO Y POR QUÉ SE DECIDIÓ LIBRAR LA BATALLA DE TUCUMÁN Este encuentro campal, extraordinariamente reñido, y con gran número de muertos, tuvo lugar en el Campo de las Carreras, en las afueras de la entonces pequeña población de San Miguel del Tucumán. Allí se batieron encarnizadamente las tropas patriotas del Ejército auxiliar del Alto Perú, comandadas por el General Manuel Belgrano, y el ejército colonial que, en tren de invasión, avanzaba por territorio rioplatense al mando del general realista Pío Tristan y Moscoso, con la mira de aplastar el movimiento revolucionario y escarmentar a los pueblos, tal como había ordenado el Virrey Abascal desde Lima. El Ejército Auxiliar del Alto Perú era el mismo con el que Castelli había soñado llegar hasta Lima para aplastar el centro de la Contrarrevolución españolista y abrazarse con los patriotas de Santa Fé del Bogotá y de Chile en una gran nación continental. La historia oficial escrita en Buenos Aires le cambió el nombre y lo llamó "Ejército del Norte", porque, claro, para esa visión porteñista Salta, Tucumán y Jujuy son "el Norte", pero en aquellos tiempos no eran territorios "norteños" sino del centro del país, ya que los límites del Virreynato incluían todo el Alto Perú, actual Bolivia. La mitología seudonacionalista que nos enseñan en el sistema educativo con el falso nombre de "Historia" intentó siempre pasar por alto el hecho de que para los hombres de la Revolución no existían ni Argentina ni Bolivia, conformando ambos una unidad política, histórica y territorial. El racismo cultural de la hegemonía porteña no quiere saber nada de ser un mismo pueblo con los bolivianos, a quienes se desprecia como "inferiores"... Después de haber sido derrotado en Huaqui (o Desaguadero), a orillas del lago Titicaca, este ejército revolucionario se vio obligado a retroceder en precipitada fuga. Reemplazados sus mandos políticos y militares, el Primer Triunvirato pone a su frente al entonces desacreditado Manuel Belgrano, quien venía de haber sufrido una derrota en la expedición al Paraguay. La elección de este "General sin prestigio" tenía una intención oculta: asegurarse de que el mando estuviera en alguien de probada lealtad y sin plafond personal para hacer otra cosa que cumplir las ingratas órdenes que acompañaban el nombramiento, las cuales consistían en llevar la retirada de las tropas hasta Córdoba, desmantelar existencias y quemar o destruir los bienes del Estado, dejando abandonados a los pueblos de Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, con el único y estrecho objetivo de defender la Revolución en Buenos Aires. La situación apremiante en la Banda Oriental, la fortaleza realista en buena parte del territorio y el cuadro de derrotas que sufría el movimiento emancipador habían puesto a las autoridades porteñas a la defensiva, llevándolas, en su pánico, a la decisión de concentrar fuerzas alrededor de Buenos Aires y sacrificar -con insólito egoísmo y ceguera- a las provincias interiores. Pese a las instrucciones gubernamentales, Belgrano nunca se resignó a llevar adelante la retirada hasta Córdoba. Por todos los medios intentó convencer al Gobierno del error político y militar que esa idea representaba y procuró organizar una resistencia, aunque sin éxito, desde el momento en que puso los pies en Salta y Jujuy. Como en el “Éxodo Jujeño” que precedió a la Batalla, Belgrano -excepcional cuadro revolucionario- utilizó todos sus recursos políticos e ideológicos para convertir la lucha revolucionaria –hasta entonces reservada a una elite y a las tropas regulares- en un hecho masivo que hiciera carnadura definitiva en la población. Belgrano sabía muy bien, y muchas veces había sostenido, que sin el concurso entusiasta del pueblo eran inútiles todos los esfuerzos militares. A diferencia de otras poblaciones en las que Belgrano sólo había encontrado "quejas, lamentos y frialdad" -síntomas de la ausencia de espíritu revolucionario y patriótico-, en Tucumán había una fuerte decisión por sostener la causa revolucionaria y resistir a todo trance a los colonialistas. Esta situación fue aprovechada al máximo por el General revolucionario. Contra la leyenda escolar que presenta a Manuel Belgrano como un hombre bonachón -un verdadero "buenudo"-, el Belgrano histórico era un dirigente de gran decisión y carácter, a quien no le temblaba la mano a la hora de fusilar a un traidor o echar a un obispo. Uno de sus entonces subalternos –el general José María Paz- lo define como un jefe excepcionalmente corajudo que a veces cometía errores por entusiasmo y por deseos de combatir, pero jamás por pusilanimidad o tibieza. Esta firmeza del general patriota quedó evidenciada por la decisión misma de presentar combate en Tucumán, en total inferioridad material, con armamentos menos que insuficientes, al frente de un ejército de desharrapados, desnudos y descalzos que inspiraban conmiseración a quienes los veían (según cuenta Sarmiento en "Recuerdos de Provincia", evocando el testimonio de su padre) y oficiales amilanados por sus recientes derrotas, mientras el enemigo traía tropas bien preparadas y abastecidas, casi tres veces superiores en número, envalentonadas por el éxito de sus armas y por la situación política y militar favorable a los realistas. El general patriota decide resistir y hacer pie firme en Tucumán luego de consultarlo con los principales jefes del Ejército y con los líderes del movimiento revolucionario tucumano que le dieron todo su respaldo, encabezados por el caudillo local Bernabé Aráoz. Al hacerlo, desobedece las claras y terminantes órdenes del gobierno de Buenos Aires, las cuales eran tan imperiosas que Rivadavia -cerebro del gobierno- las reiteró en forma desesperada, llegando a remitir a Belgrano cuatro oficios ratificatorios en un mismo día, con la amenaza de aplicarle, en caso de desobediencia, los más graves cargos previstos en la ordenanza militar española. Vale decir que Belgrano se jugó la cabeza en sentido real y no metafórico, exponiéndose a un fusilamiento. Este patriota y visionario justificaba su desobediencia señalando que, en caso de abandonar aquellos pueblos al enemigo, nunca más se los podría recuperar para la causa de la Libertad , sosteniendo que había algo peor que una derrota militar y era la derrota política de mostrarse como fugitivos, y planteando que prefería ser batido en regla en una acción campal y no por el desastre oscuro de una retirada. UNA BATALLA FEROZ E INCIERTA La batalla estuvo signada por multitud de circunstancias azarosas y desenlaces aparentes y cambiantes. La maniobra estratégica de rodear la ciudad para cortar la retirada de los patriotas, concebida por Tristán, fue delatada en forma anticipada a causa de la naturaleza del terreno. La casual existencia de unos naranajales ocultó a la vista de los enemigos la caballería gaucha ayudando al factor sorpresa. Hubo incidentes tragicómicos como la caída de Belgrano de su caballo ante una descarga de artillería. Una nube de langostas llegó a opacar la luz del sol y disminuir la visibilidad de los combatientes. La coincidencia de haberse inciado el día de advocación de Nuestra Señora de las Mercedes –santa patrona tradicional de Tucuman-; el estreno de la caballería gaucha, conducida por Juan Ramón Balcarce e integrada por multitud de jinetes venidos de la campaña, la participación activa de los tucumanos enrolándose en la lucha, la cercanía de la ciudad amenazada, el resuelto apoyo de toda la población a un Ejército revolucionario para el que se preanunciaba con seguridad un desastre completo, confirieron a este episodio el carácter de una verdadera epopeya militar y política. Pasado el mediodía, las tropas realistas parecían haberse impuesto, y el Ejército patriota había quedado partido al medio, con restos de tropas dispersas siguiendo a Belgrano hacia las afueras con la mira de reagruparse para no ser completamente destruido, y otros restos comandados por Díaz Vélez resistiendo en la plaza las amenazas y las intimaciones de rendición del enemigo. Durante algun tiempo el propio general patriota pensó haber sido derrotado, hasta que, reunidos mejores informes del interior de la plaza, tomó la decisión de reagrupar dispersos y contramarchar el día 25 nuevamente sobre el campo de batalla. La lucha recien concluyó definitivamente con la retirada nocturna de las tropas realistas en la madruagada del 26, al comprender que habían sido superadas por la voluntad inquebrantable de resistencia de los patriotas. Este desenlace "providencial" dio la razón a Belgrano en su arriesgada apuesta, y fue salvador al poner un freno definitivo a la invasión realista desde el Perú, permitiendo mantener a salvo la insurrección en el Río de la Plata en momentos de enormes derrotas y terribles amenazas para el propio gobierno rioplatense. La Revolución fue vencida en algun momento en casi todo el continente: en Caracas, en Quito, en Chile. Sólo en el Río de la Plata permaneció incólume e invicta gracias a esta batalla extraordinaria. No sólo se salvó la Revolución en el terreno militar sino que produjo un cambio político de magnitud. Pocos días después, el 8 de octubre de 1812, alentados por lo ocurrido en Tucumán, San Martín, Alvear y Monteagudo -cabecillas de la Logia Lautaro y de la Sociedad Patriótica- dirigían en Buenos Aires un levantamiento contra el Primer Triunvirato que precipitó su caída y la convocatoria a la Asamblea General Constituyente. El proceso revolucionario ingresaba así en una nueva etapa mucho más franca y resuelta, cuyo horizonte ideal era la postergada declaración de Independencia y el dictado de una Constitución. LA DISMINUCIÓN PÓSTUMA DE LA BATALLA DEL TUCUMAN EN ARAS DEL "MITO SANMARTINIANO" DEL "MILITAR SALVADOR" Uno de los primeros intelectuales en advertir la maniobra ideológica de construcción del mito del "gran militar salvador del pais", en contraposicion a la realidad histórica de las luchas populares comandadas por revolucionarios civiles, fue Juan Bautista Alberdi. En su libro "El crimen de la guerra", Alberdi produce un ataque furibundo e injusto contra la figura de San Martin. Este ataque, hoy inaceptable, tenía la intención de combatir la maniobra de mixtificación que entonces recien comenzaba y que despues se amplió hasta lo inconcebible, impulsada por el Partido Militar y por décadas de dictaduras castrenses. La maniobra mixtificadora fue terriblemente injusta tanto con Belgrano como con San Martin. Belgrano quedó reducido al tonto e inocuo papel de "creador de la bandera" (como si todo su mérito hubiera consistido en hacer coser dos pedazos de trapo), despojando a ese hecho histórico de todo contenido político real. Las grandes batallas que libró y sus extraordinarios triunfos en Tucumán y Salta fueron minimizados y en cierto modo opacados por el énfasis que la enseñanza oficial puso en sus derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Parece increíble pero durante décadas se enseñó machaconamente en las escuelas a los niños argentinos los nombres de Vilcapugio y Ayohuma asociados al de Belgrano sin hacer casi alusión a sus victorias de Tucumán y Salta. El objetivo de esta maniobra es evidente. Belgrano era el civil puesto en funciones militares que "fracasó". Su presunto "fracaso" era el contraste necesario para realzar aun más, hasta los extremos de la idolatría, la figura del "militar salvador", San Martín. Belgrano sería algo así como el predecesor inútil, el profeta fallido, el Juan Bautista decapitado, minetras que San Martin es elevado a la categoría mítica de Mesías triunfal montado en nube de gloria con sable y corcel. Formaba parte de esta maniobra el ocultar que San Martín fue algo más que un militar afortunado. Fue un político excepcional, cuyo genio revolucionario y organizativo le permitió controlar desde las sombras, desde la Logia Lautaro, los gobiernos de tres países. Pero claro: resaltar la calidad de político de San Martín no era útil al Partido Militar: había que mostrarlo nada más que como un "militarote" que con su "hombría" salvó la Patria. La realidad histórica fue muy diferente. La Revolución fue un movimiento iniciado por una elite civil (no militar) y llevado adelante a punta de fusil por tropas militares, pero que nunca hubiera podido triunfar sin el protagonismo decidido del pueblo. Esta es la gran idea que Belgrano comprendió más que ningun otro. Fue Belgrano el gran "popularizador" de la Revolución. Fue él quien más insitió con la idea de que sin pueblo no hay revolución posible. Y lo llevó a la práctica en toda su actuación como jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú. La Batalla de Tucumán mostró esa extraordinaria conjunción de un gran lider político revolucionario -Belgrano- y un pueblo decidido a defenderse de la agresión colonialista -el pueblo tucumano-. Fue una batalla fundamental por el freno que puso al invasor, porque contribuyó a popularizar la Revolución en el interior del país, porque produjo cambios políticos fundamentales, y porque ocurrió en momentos de profundo retroceso, revirtiendo una situación desesperante para el campo revolucionario a nivel continental. Como dijimos, esta batalla duró dos días antes de alcanzar su desenlace, mientras el combate de San Lorenzo, tan recordado en las festividades escolares, eternizado en la memoria colectiva por una marcha militar pegadiza, y elevado a la categoría de "mito fundacional", apenas duró doce minutos y careció de toda significación política y militar seria, salvo por el hecho meramente simbólico de haber tenido allí su bautismo de fuego los Granaderos a Caballo. Pero la construcción mítica de esa conjunto de mentiras malintencionadas que damos en llamar "historia oficial" en la enseñanza escolar ha optado hace muchas décadas por resaltar el insignificante combate de San Lorenzo y disminuir u olvidar la Batalla de Tucumán. Ojalá el presente Bicentenario de la Batalla de Tucumán y la decisión del Gobierno Nacional de declararlo feriado contribuyan a recordar una de las más grandes y heroicas gestas del movimiento emancipador de América del Sur, rescatando del olvido a sus protagonistas populares y dando a su conductor político el relieve que se merece como verdadero Padre de la Patria: título que Belgrano, en su habitual modestia, rechazaba alegando que prefería ser considerado "un buen hijo de ella". Ojalá sirva tambien para reafirmar las ideas por las que lucharon y murieron los "héroes del Tucumán". Como decía Monteagudo en su celebrado artículo, "el medio más propio para honrar su memoria es proclamar y sostener la Independencia de América del Sud".

fuente: Manuel Belgrano por Javier Garín