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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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viernes, 23 de noviembre de 2012

Israel, lo judío, los palestinos y los dilemas de la historia



 Por Ricardo Forster

1

En un ensayo medular, George Steiner despliega una honda y perturbadora reflexión alrededor del equívoco inevitable que atraviesa de lado a lado a esa extraña nación que llamamos Israel (digo extraña porque suele medírsela con una vara muy distinta a la que se utiliza con el resto de las naciones del mundo, una vara signada por lo absoluto, por la pureza total de la que debería dar cuenta por su origen o la del más brutal de los envilecimientos que acaba por transformarla en la patria diabólica, en la nueva encarnación del mal; nada, cuando se habla de Israel, es directo ni ingenuo). Cito, entonces, a Steiner: “En el manifiesto fundacional y secular del sionismo, el Judenstaat de Herzl, el lenguaje y la visión imitan orgullosamente al nacionalismo de Bismarck. Israel es una nación en grado máximo: vive armada hasta los dientes. Para sobrevivir día a día, ha obligado a otros hombres a vivir sin hogar, los ha convertido en seres serviles, desheredados (durante dos milenios, la dignidad del judío consistía en ser demasiado débil para hacer que otro ser humano viviese de forma tan inhóspita y difícil como él mismo). Las virtudes de Israel son las de la sitiada Esparta. Su propaganda, su retórica del autoengaño son tan desesperadas como las de cualquier nacionalismo de la historia. Bajo una presión externa e interna, la lealtad se ha atrofiado dando paso al patriotismo, y el patriotismo ha dado paso al chovinismo. ¿Qué lugar, qué excusa cabe en esa plaza fuerte para la ‘traición’ del profeta, para el rechazo de Spinoza a la tribu? El humanismo, dijo Rousseau, es ‘un hurto cometido contra la patrie’. Bien cierto”. (“El texto, tierra de nuestro hogar”.)
Desde la lejanía de su historia, el pueblo de Israel ha sabido atravesar diversas vicisitudes tanto espirituales y materiales como políticas, culturales y sociales; ha conocido al dios de la guerra y de la venganza del mismo modo que supo escuchar la voz clara y potente de los profetas que clamaban contra las injusticias cometidas en su nombre; conoció el reino davídico-salomónico, ese que sería convertido en leyenda y en promesa restitutivo-mesiánica olvidando las penurias de los “constructores de los palacios”, esas masas anónimas que siempre fueron explotadas a lo largo de la historia, para enaltecer la majestuosidad de los poderosos amparados por el “brazo fuerte” de Yahvé; pero también conoció el exilio, la dispersión de las tribus, el sometimiento a los distintos imperios de la antigüedad; supo de la resignación y de la rebeldía; conoció la palabra única y desafiante de Amós y de Isaías que supieron desgarrar los velos de las mentiras y de las injusticias fundando una tradición que se continúa hasta nuestros días; desplegó los lenguajes de una nueva ética que supo hacer del huérfano, de la viuda, del pobre y del extranjero el eje central de la hospitalidad y del acogimiento del otro; supo construir la patria en el Libro cuando perdió la tierra natal.
En su seno convivieron el deseo tribal, ese que recogía los mitos y los símbolos de un pueblo único, fuerte, capaz de someter a otros pueblos y de erigirse en una nación poderosa, junto con la universalización de la promesa mesiánica, esa que se transformaría en el humus de las siembras más significativas que se hicieron en nombre de la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Pueblo girado sobre sí mismo, enclaustrado en su autorreferencialidad; pueblo de la escritura y de lo abierto, hijo de un nuevo cosmopolitismo asociado a la interpretación interminable del libro; pueblo del desarraigo convertido, por los poderosos de ayer a lo largo de dos milenios, en extranjero eterno, en paria, en labrador de palabras en el viento porque carecía de tierras para cultivar. Pero pueblo también, ahora que encontró su propia pesadilla nacionalista, capaz de ejercer formas brutales de violencia y sometimiento contra otro pueblo. Dilema que desgarra una historia que no le ha ahorrado ninguna dificultad incluyendo la de poner un límite a sus propios extravíos. Auschwitz, ese nombre maldito, no puede ser convertido en justificador eterno ante acciones que en el presente cuestionan sus mejores tradiciones humanistas y libertarias. La razón de Estado acaba transformándose, y con Israel está sucediendo, en el pantano de los ideales. Cada quien tendrá que dar cuenta de su propia miseria moral. Y hoy los palestinos, en especial los que mal viven en Gaza, son las víctimas de una terrible injusticia. Que otros se ocupen de analizar los males ajenos (que están allí y no pueden ni deben ser minimizados), a mí me preocupa y me ocupa cuestionar una violencia que no sólo le hace daño al pueblo palestino sino que termina por dañar profundamente al propio Israel. Difícil regresar del envilecimiento militarista y del poder brutal de las armas cuando la asimetría es imposible de ocultar. Un pueblo-paria capaz de convertirse en su antípoda.

2

Un pueblo, como escribía –en 1916 y desde el frente de batalla– el filósofo judeo-alemán Franz Rosenzweig en La estrella de la redención, que al renunciar a dar la sangre en defensa de la tierra se convirtió en el pueblo de la eternidad del tiempo (por esas paradojas de la historia y de las pasiones, Rosenzweig pensaba que el destino del judaísmo se había sellado con esa renuncia que le había permitido sustraerse al olvido que la historia les tenía reservados a la mayoría de los pueblos de la antigüedad que decidieron dar sus vidas, derramar sus sangres, para defender un pedazo de tierra o un Estado, lo mismo da, transformándose apenas en una nota a pie de página en los libros de historia. Renunciando a ese acto guerrero los judíos se transformaron radical y absolutamente haciendo de la diáspora y de la lectura el laberinto inconcluso de una patria sin dominios ni violencias que se fue construyendo alrededor y en el interior de ese libro quemado por los poderes cristianos a lo largo de siglos y siglos y que lleva el nombre de Talmud –libro sin potestades definitivas ni principios de autoridad demarcatorios y censores; libro de márgenes y glosas, de interpretaciones inacabables, de discusiones que subvierten la continuidad del tiempo–).
A la sombra de ese libro inabarcable y de las escrituras bíblicas se levantaría, en los años dominados por la cristiandad medieval, la sabiduría de los cabalistas, maestros no sólo del lenguaje y de sus misterios, sino portadores de una interrogación inagotable capaz de hurgar en los secretos del mundo mientras la hostilidad y la violencia se cegaban con los cuerpos y los libros del pueblo errante. De esa saga de lectores infatigables, de buceadores de perlas en los fondos oceánicos de la vida y de las escrituras, saldrían los heterodoxos y los herejes, los fieles cultores del ritual y los forjadores de nuevas sendas. Allí se inscribirían los nombres de Maimónides y de Spinoza, de Mendelsohn y de Marx, de Rosa Luxemburgo y de Walter Benjamin, de Sigmund Freud y de Franz Kafka. Nombres para recordar la rama dorada de un humanismo en vías de extinción, amenazado desde adentro y desde afuera por una sociedad de la depredación económica, cultural, militar y social. Hace tiempo que Israel ya no responde a esas tradiciones, sino a la reinante razón de Estado, como la mayoría de las naciones del planeta. La vía nacional-militar que viene emprendiendo con mayor intensidad desde la Guerra de los Seis Días ha herido muy duramente a lo mejor que esa sociedad guardaba dentro de sí. Lo que le queda ahora es la mitificación y la sordera ante el dolor del otro, del despojado, del expropiado, del nuevo paria. ¿Era esa la razón de ser de los sueños de Martin Buber y de Gershom Scholem, de Ahad Haam y de Leibowitz?
Para Rosenzweig, que escribió y vivió antes de la Shoá, la alternativa planteada por el sionismo se desviaba de lo que él consideraba las fuentes y las riquezas del judaísmo diaspórico, esa extraordinaria cualidad de habitar la eternidad del tiempo sin plegarse a las idolatrías nacionales. Discutió amargamente con Gershom Scholem quien, en esos años previos al nazismo, eligió dirigir sus pasos hacia Jerusalén para defender allí, junto a algunos otros entre los que se encontrarían el fundador de la Universidad Hebrea y Martin Buber, la idea de una nación para dos pueblos, la búsqueda de la convivencia judeo-palestina. Los sueños de Scholem y de Buber, también en parte los de Einstein, de aquello que se llamó el sionismo cultural y que aspiraba a un hogar compartido, quedarían seriamente dañados por el triunfo de la opción de un sionismo nacionalista y signatario de la Realpolitik que se apresuró a aniquilar cualquier posibilidad de diálogo y de entrelazamiento con las poblaciones árabes nativas, que también guardaban en su seno sectores que se oponían a cualquier acuerdo (vale la pena recordar las negociaciones con la Alemania hitleriana del muftí de Jerusalén –máximo representante palestino– para no pecar de ingenuidad histórica volcando la balanza y la responsabilidad de un solo lado). Un corte trágico se iniciaba, un corte que volvía a confrontar, en el interior de la experiencia judía, su núcleo tribal-nacional con su otro núcleo cosmopolita-universalista. En estos días de violencia despareja parecería que el primero de esos núcleos terminará por anular sin piedad al segundo.

3

Hace unos pocos años, sacudido por la guerra del Líbano, escribí en este mismo diario las siguientes líneas que quisiera volver a citar: “Toda guerra es miserable y dolorosa; nada justifica la muerte de civiles, la destrucción de ciudades, el horror del bombardeo permanente. Matar en nombre de cualquier fe, religiosa o secular, es, siempre, un crimen. El ejército israelí mata, Hezbolá mata, Hamas mata, Siria mata, Irán mata, Estados Unidos mata... y la lista es mucho más larga, casi inacabable, y atraviesa la geografía entera del planeta. La guerra, en sus múltiples versiones y justificaciones, nos deja desamparados en tanto seres humanos, nos comunica con la crueldad que llevamos muy dentro de nosotros. Por supuesto que no todas las guerras son iguales, ni todas las muertes representan lo mismo. Ha habido guerras inevitables, guerras brutales, guerras en nombre de la libertad que acabaron por expandir la opresión, guerras contra el totalitarismo, guerras de liberación nacional que expulsaron al opresor para imponer otro régimen de dominación tanto o más cruel y represivo. Israel no es la excepción, ni es la Cenicienta de las naciones ni es el diablo, ese monstruo en el que lo quieren convertir algunos de nuestros progresistas. Israel ha librado distintas guerras, ha matado y ha sufrido, ha intentado tejer la paz y también la ha boicoteado, ha tenido en su interior voces ejemplares que llamaron y lo siguen haciendo insistentemente a la concordia entre los pueblos, que reclaman el derecho a un Estado palestino, y voces reaccionarias que sueñan con el Gran Israel proyectado desde las escrituras bíblicas y transformados, esos sueños, en delirios de dominación y destrucción. Israel es un país complejo, abigarrado, pleno de contradicciones, sus calles han sido y siguen siendo escenarios de debates políticos, de manifestaciones de distinto tipo, de exigencias en nombre de la paz y de la guerra”. Hoy, cuando escribo estas otras líneas mi pesimismo ha crecido indignado y hondamente dolido ante lo que el ejército israelí, como fuerza de opresión, está haciendo con el pueblo palestino y esto más allá de la excusa que se llama “Hamas” (que no representa los valores democrático-humanistas que ha sabido cultivar ese pueblo sufrido, que, antes bien, ha sido y sigue siendo un factor de violencia en nombre de otras formas del fanatismo). Se trata, ahora, en este preciso momento, de la supervivencia moral del pueblo y de la sociedad israelí, que ha optado en su mayoría por cerrar los ojos ante el sufrimiento del otro para cebarse en su propia ira profundamente atravesada por el prejuicio, la intolerancia y el olvido de su propia historia. Sin paz, sin derecho palestino a su Estado, sin abrir Jerusalén como ciudad de la hospitalidad, todos, tarde o temprano, y en especial los judíos, volveremos a ser extranjeros. Una supervivencia que, aunque lo niegue, depende de renunciar al sometimiento de los palestinos en nombre de una seguridad nacional atrofiada por una derecha nacionalista israelí que sólo parece querer buscar el camino de la guerra asociándose a quienes, del otro lado, también desean su perpetuación.


fuente: Página 12 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

ISRAEL ABRIÓ OTRA VEZ LAS “PUERTAS DEL INFIERNO”


por Robert Fisk

ISRAEL ABRIÓ OTRA VEZ LAS “PUERTAS DEL INFIERNO” EN EL MEDIO ORIENTE, Y YA NO SIRVEN LOS VIEJOS CLICHÉS PERIODÍSTICOS
 Ya sea “ataques aéreos quirúrgicos”, “eliminar el terror” o “terror cibernético”, el hedor de la hipocresía lo cubre todo


Robert Fisk. The Independent,
18 de noviembre, 2012.  Traducido por Silvia Arana

Terror, terror, terror, terror, terror. Otra vez. Israel va a “eliminar el terrorismo palestino” -lo que dice estar haciendo, sin éxito, desde hace 64 años- mientras Hamás, lo más nuevo en milicias “palestinas” mórbidas, anuncia que Israel “abrió las puertas del infierno” al asesinar a su líder militar Ahmed al-Yabari.
 Hezbolá anunció repetidamente que Israel “abrió las puertas del infierno” al atacar el Líbano. Yasser Arafat, que primero fue un súper terrorista, después un súper estadista -luego de capitular en los jardines de la Casa Blanca- y luego, se convirtió nuevamente en un súper terrorista cuando se dio cuenta de que lo habían engañado en Camp David; él también se refirió a las “puertas del infierno” en 1982.
 Y nosotros, periodistas, escribimos como los osos de circo, repitiendo los clichés que hemos usado en los últimos 40 años. El asesinato del Sr. Yabari fue un “ataque selectivo”, hubo un “ataque aéreo quirúrgico” -como los “ataques aéreos quirúrgicos” de Israel que mataron casi 17.000 personas en su mayoría civiles en Líbano en 1982; 1.200 libaneses, en su mayoría civiles en 2006; o los 1.300 palestinos, en su mayoría civiles, en Gaza, en 2008-2009; o la mujer embarazada y su bebé asesinados por un “ataque aéreo quirúrgico” en una casa de Gaza ayer (17 de noviembre). Al menos, Hamás a sus cohetes Godzilla no les pretende dar el atributo de “quirúrgicos”. El objetivo es matar israelíes -hombres, mujeres o niños.
 El mismo objetivo verdadero de los ataques israelíes en Gaza. Pero eso no se puede decir, porque si lo haces, eres acusado de ser un nazi antisemita; prácticamente un demonio, torcido, diabólico y asesino similar al movimiento de Hamás, con el cual -por favor no mencionar esto- Israel negoció de buen agrado en los ochenta. En ese momento, Israel auspiciaba a ese grupo en la lucha por el poder en Gaza para desplazar al súper terrorista Arafat. En Gaza, la nueva tasa de cambio de muertes palestinas por israelíes es de 16:1. Subirá, por supuesto. La tasa de cambio en 2008-2009 fue de 100:1.
 Y también creamos mitos. La última guerra israelí en Gaza tuvo un éxito tan rotundo -”eliminando el terror”, por supuesto- que las unidades de élite fueron incapaces de hallar a su propio soldado capturado, el que entregado a Israel el año pasado por el mismo Sr. Yabari.
 El Sr. Yabari, según Associated Press, era el “Líder No 1 en las sombras”. Pero, si hubiera estado en “las sombras”, ¿cómo podríamos saber su fecha de nacimiento, detalles de su familia, que pasó años encarcelado por Israel y que en esa época pasó de ser miembro de Fatah a Hamás? Entonces, ya que tocamos el tema, la cárcel israelí no hizo que el Sr. Yabari se volviera pacifista, ¿no? Bueno, no lloremos por él entonces; fue un hombre que vivió con la espada en la mano y murió por la espada, un destino que, por supuesto, no perturbará a los guerreros israelíes de la fuerza aérea mientras asesinan civiles en Gaza.
 Washington apoya el “derecho de Israel a defenderse”, luego proclama una neutralidad espuria -como si las bombas que Israel lanza sobre Gaza no vinieran de EE.UU., como los cohetes Fajr-5 vienen de Irán.
 Mientras tanto el patético William Hague dice que Hamás es el “responsable principal” de la última guerra. Pero no hay evidencia de que esto sea así. Según el Atlantic Monthly, el asesinato de un palestino con problemas mentales que vagabundeaba por la frontera con Israel puede haber marcado el comienzo de la última guerra. Otros sospechan que el asesinato de un pequeño niño palestino puede hacer sido el elemento de provocación. Este niño fue asesinado por los israelíes cuando un grupo armado de palestinos trataba de cruzar la frontera y fue confrontado con los tanques israelíes. Si esto último fuera cierto, serían hombres palestinos armados -y no miembros de Hamás- quienes habrían iniciado los enfrentamientos.
 Pero, ¿no hay nada que pueda parar este absurdo, esta guerra de porquería? Cientos de cohetes cayeron sobre Israel. Es cierto. A los palestinos, Israel les robó miles de acres de tierra  -para los judíos y para ellos nada más- de Cisjordania. Ni siquiera ha quedado tierra suficiente para un estado Palestino.
 Borrar las dos últimas oraciones, por favor. En este escandaloso conflicto solo hay buenos y malos: Israel se adjudicó a sí mismo el rol del bueno con el aplauso de los países occidentales (los que luego se preguntan por qué tantos musulmanes no tienen ninguna simpatía por los occidentales).
 El problema, extrañamente, es que las acciones de Israel en Cisjordania y el sitio israelí de Gaza lo acercan a un evento -sobre el cual Israel proclama diariamente su temor de que suceda: el peligro de la destrucción de Israel.
 Con la batalla de los cohetes -en la que no hay que olvidar los Fajr-5 ni los drones de Hezbolá- aparece un nuevo escenario bélico. Ya no se trata de tanques israelíes cruzando la frontera libanesa ni la de Gaza. Se trata de cohetes y drones de alta tecnología y ataques cibernéticos -o “terrorismo cibernético”, en el caso que sea realizado por musulmanes- y los restos humanos que quedan a la vera del camino serán incluso menos relevantes de lo que han sido en los últimos tres días.
 La “primavera árabe” continúa por su propio camino: sus líderes van a tener que acoplarse al sentir público. Igual, me parece, tendrá que hacer el pobre Rey Abdalá de Jordania. La payasada de Estados Unidos por la “paz” , tomando partido por Israel, ya ni amerita una reacción de los árabes. Y si Benjamin Netanyahu creyera que el arribo de los primeros cohetes Farj debe ser contestado con  un ataque israelí contra Irán, y si luego, Irán respondiera -y quizás EE.UU. también- y si se sumara Hezbolá- y Obama se involucrara en otra guerra Occidente versus Musulmanes, ¿qué sucedería?
 Bueno, Israel pedirá un alto el fuego, como lo hace de rutina en las guerras contra Hezbolá. Pedirá una vez más el apoyo incondicional de Occidente en su lucha contra el mal en el mundo, incluido Irán.
 ¿Y por qué no aplaudir el asesinato del Sr. Yabari? Por favor, olvídense de que los israelíes negociaron, con el servicio secreto alemán como mediador, con el mismo Sr. Yabari, hace menos de 12 meses. No se puede negociar con “terroristas”, ¿no es cierto? Israel llamó a este último baño de sangre Operación Pilar Defensivo. Más se parece a un Pilar de Hipocresía.


fuente: LALINEADEFUEGO
the independent