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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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sábado, 8 de marzo de 2014

Deseo y política: estilos radicales

Una reflexión en perspectiva sobre la industria de la pornografía. "

En 1969 se legaliza la industria pornográfica en los Estados Unidos y Dinamarca.

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Por Luis Diego Fernández
“El libertario desea que todos gocen de la libertad de actuar en forma moral o inmoral.”
Murray N. Rothbard, El manifiesto libertario

Los Angeles siempre fue la meca. La industria con semillas de fuga esquizoides (como vieron Gilles Deleuze y Félix Guattari) se da de manera peculiar en la tierra californiana en tándem con los stripclubs, la prostitución y los sex shops de Hollywood Boulevard: toda esa circulación del mercado de la carne, de diseño, de prótesis de placer. Por otra parte, o bien por la misma vía: el rock y las drogas son también negocios contraculturales que, con el tiempo, devinieron en gigantescas máquinas del deseo emancipado. Lo llamado de modo acotado “porno” es, en rigor, la industria de entretenimiento para adultos y se constituye, como todo sistema de espectacularización, a partir de nombres propios que lo encarnan, a saber (sin jerarquía, de modo aleatorio): Marilyn Chambers, Vanessa del Rio, Ashlyn Gere, Nina Hartley, Traci Lords, Ginger Lynn, Linda Lovelace, John Holmes, Ron Jeremy, Peter North, Rocco Siffredi, Nacho Vidal, son algunos de ellos. El fin: satisfacer las necesidades. ¿Qué necesidad viene a reponer la pornografía? El deseo antinormalizado, crítico de la monogamia y la monosexualidad (malestares culturales). Es la posibilidad de ser polígamos, libertinos, hombres y mujeres a la vez. De los orígenes clandestinos  a la facturación desbordada de estos tiempos existe un largo discurrir que en este caso no postularemos ni como el primero ni el capital orden a pensar.
En 1969 se legaliza la industria pornográfica en los Estados Unidos y Dinamarca (otro enclave de factoría peculiar, el escandinavo). Por lo tanto, en la primera etapa (la década de 1970) se pasa de lo vedado al mercado, allí se enmarcan opus ya clásicos como Garganta profunda (1972) y El diablo en la señorita Jones (1972), ambas de Gerard Damiano e Historia de Blue (1970) de Alex de Renzy, que ponen la piedra fundacional del cine condicionado nacido curiosamente como cine de autor.  En el alba de la faena carnal, la órbita iba con los directores en el centro, no con los actores, a pesar de Linda Lovelace (luego conversa). En la segunda etapa, (1980) ya el cine para adultos ingresa a la lógica del star system (emulando el divismo del cine comercial) y se industrializa parcialmente a partir de films como Café Flesh (1982) de Rinse Dream, que operan como el mapa perfecto para verificar esta complejidad en ascenso hasta llegar a la tercera fase (la década del 90) con el denominado porno chic o glamcore de directores sofisticados e influidos por el naciente videoclip, como Michael Ninn o Andrew Blake. La resistencia a la estetización emana de la mano del llamado ‘gonzo’ y la factoría de John ‘Buttman’ Stagliano (su productora, Evil Angel): estilo áspero, chillón, sin línea argumental, documental y sodomita al cien por ciento. Stagliano se referencia como un modelo ineludible para comprender la cartografía del deseo hoy; su maestro (John Leslie) y sus discípulos (Jules Jordan, Brian Pumper) generan todo un linaje de perversos profesionales de la costa oeste norteamericana.
En el nuevo milenio asistimos al pasaje del DVD a la lógica de la red, es decir, Internet (la venta de escenas). Belladonna es la star central. El caso de Sasha Grey y la productora Brazzers (2005, Québec) también son hitos de la nueva pornografía de este siglo que no es posible evidenciar en un fresco acabado sin Kink (2006 productora instalada en la que fuera la armería de San Francisco) y GGG (1997, John Thompson Productions en Berlín). Lo que viene parecen ser nuevas formas de acoplamiento y de borramiento de fronteras (lo íntimo, lo genérico): el sexo público, con una performer BDSM bajo el nombre de Princess Donna Dolore (Public Disgrace, 2008) y el incipiente reinado de las shemale stars (el estrellato de las transexuales). Esto es: el porno heterosexual más polimorfo en su apreciación de hoy.
En los trece años del siglo XXI la pornografía adquirió una estatura mainstream por razones diversas (la plataforma online de fácil acceso, la liberalización de algunas costumbres, cierto narcisismo asimilado) pero quizá la cuestión a pensar sea el refugio de lo que busca consolar, lo que pretende restaurar desde el entretenimiento lascivo. Es una incomodidad la que opera de trasfondo y, como señala Stagliano, el porno es la posibilidad de efectivizar el deseo para los sectores menos favorecidos por la posición económica o por la apariencia física (también una forma de capital).

II.
Los pornógrafos suelen ser libertarios: Hugh Hefner, Larry Flint, John Stagliano, Sasha Grey, son casos contantes y sonantes. Esta tradición de pensamiento es la manera natural de dialogar con la práctica explícita en materia sexual. La filosofía del libertarismo, no curiosamente nacida en la década del setenta en los Estados Unidos (como el cine condicionado) reclama el linaje del anarcoindividualismo del siglo XIX (pensadores como Thoreau, Spooner, Tucker, Armand, Libertad, etc.) y lo enlaza a una concepción de propiedad lockeana (de tradición liberal), así como establece un plan de diálogo con el mutualismo de Proudhon. El pensamiento llamado (a veces de modo perezoso o despectivo) anarcocapitalista es, en rigor, un chisporroteo amistoso entre anarquismo y liberalismo, así lo son sus derivados (minarquismo, agorismo, etc.) que presentan esta esfera de libertades en las ideas de Robert Nozick, Murray N. Rothbard, Karl Hess, Jeffrey Tucker o Samuel Edward Konkin III.
De modo particular, el libertarismo de izquierda busca esa alianza con la llamada New Left en la década del setenta (panteras negras, minorías sexuales, raciales, indígenas, anti-imperialismo) partiendo del principio de propiedad sobre el cuerpo, la acción voluntaria y la no agresión a terceros, pero combatiendo con énfasis el poder centralizado, las corporaciones multinacionales (monopolios beneficiados por el Estado), la pobreza y viendo con buenos ojos cierta intervención (restringida) en materia de educación y salud, en lo posible de modo cooperativo, rizomático (allí quizá haya algo del municipalismo libertario de Murray Bookchin) y solidario. Es, de alguna manera, anticapitalismo de mercado libre.
Quizá cierto rebrote del libertarismo (siempre relativo) o bien un conocimiento por encima de la media sea resultante de esta crisis de representación partidaria a la par que del deseo dolido. El libertarismo es, no podría ser de otro modo, una filosofía radical y de seres excéntricos o inadaptados: hackers, apátridas, usuarios de ropa color negro azabache, habitantes del campo agreste o de las megalópolis (sin término medio), millonarios rebeldes, solitarios, monjes zen, huraños, ermitaños, barbados y musculados (bodybuilders), andróginos de la historia, hedonistas, verdes, devotos de la antipsiquiatría de Thomas Szasz y del capitalismo ateo de Ayn Rand, hippies de derecha, cultores de economistas austríacos y perversos sin culpa, punks, surfers, tatuadores, prostitutas, fumones, refractarios al orden, disidentes (incluso a pesar de ellos), contradictorios, alegres y racionalistas, pero también sensualistas.
El libertarismo y la pornografía renacen o bien se resisten a implosionar o encorsetarse en fundaciones económicas o guetos libertinos porque parten de la premisa liberacionista. Y allí, nadie está afuera. Las respuestas pueden ser poco tolerables para muchos pero la cuestión es dejar pasar esa verdad sin filtro, tan solo por las mentes de los excesivos y los cuerpos de los lascivos. A fin de cuentas, se trata de buscar la felicidad.

Fuente: APU

jueves, 24 de octubre de 2013

El que susurra en las tinieblas...


Por Pepe Muñoz Azpiri
Prólogo de Rebeldes en penumbras - Vidas ilustres de hombres olvidados, ignorados o condenados, de Roberto Bardini, editorial Punto de Encuentro, Buenos Aires, agosto de 2013, 152 páginas. Pudo ser un cazador nocturno, pero esa es una categoría de aprendices. Bardini es un hombre del bosque, un emboscado. Supo ser, a lo largo de su dilatada y febril trayectoria, un francotirador de las palabras, un sniper de la crónica periodística, como alguno de los arquetipos que magistralmente retrata. Ejerce con maestría el ars et pugnam de los antiguos latinos.
Y de eso se trata. En la historia existen figuras que definen el carácter de una Nación: son los arquetipos. Bogavantes de su época, inspiraron las letras de Kipling, London, Verne y Salgari. Los guerreros de Homero en el mundo antiguo, Cincinato y Catón en la Ciudad Eterna, los protagonistas de la caballería del Medioevo, los condotieros poetas del Renacimiento, los atletas de la cartografía de la Era de los Descubrimientos. Fueron indistintamente guerreros, santos, trovadores, navegantes, fundadores. Hombres a los cuales el Destino sólo les ofrecía dos opciones: sucumbir a la mediocridad, dejándose invadir y vencer por lo inferior, entregándose a los placeres, sean de la carne o el bolsillo, o proponerse una vida vertical, con su inevitable cuota de dolor y sacrificio, no necesariamente virtuosa, pero regida por un impulso nietzscheano de jugarlo todo a cara o cruz, que no entienden los medrosos ni los mercaderes. De esta forma llegaron a ser realmente ellos mismos, como pedía Píndaro, distinguiéndose por su nobleza y excelencia, por su capacidad de honrar y ser honrado, por su recogimiento ante lo excelso. Fueron, en cierta forma, hombres de la areté, eminentes en la medida de su aprobación e imitación de las eminencias.
Ernest Jünger, esa tempestad literaria germana, proponía dos actitudes posibles para atravesar este tiempo incierto, esta época de Kali Yuga, privada de firmamento y sentido. Una es la del “rebelde”, traducción del Waldgänger alemán (literalmente “el que se va al bosque”; el “matrero” que se ha ganado el monte, diríamos aquí), es decir, la vida de la retirada y del aislamiento. La otra es la del “anarca”, no anarquista sino dueño de sí mismo, de su libertad íntima e independencia interior, y extraño a toda identificación con lo existente, sobre todo con el fervor ideológico y el pensamiento considerado único correcto.
El rebelde se aísla aun al precio de convertirse en un ermitaño urbano cuya Tebaida puede ser un departamento de un ambiente. El anarca puede sobrevivir en un nicho burocrático e incluso aparentar haberse uniformizado con el resto desde una función oscura. Pero sin que la circunstancia, contra la que nada puede, pueda a su turno contra él. El rebelde y el anarca son las figuras últimas de la libertad que Jünger imagina para esta época incierta y oscura.
Nuestra América no fue ajena al proceso de engendrar hombres míticos, desde los conquistadores a los libertadores, pero también están las olvidadas historias de quienes, amén de empuñar una espada, un crucifijo, un timón o un fusil, abrieron surcos en la historia entregándose a los más puros ideales del arte. Algunos, de origen incierto; otros, de prosapia y cuna dorada. Hombres como Villa y Zapata, suerte de ángeles que sumergidos en las tinieblas de la historia oficial, jamás dejaron de irradiar luz; como Rafael de Nogales, suerte de Lafayette hispanoamericano; como Scalabrini Ortiz, solitario fiscal de la Patria. En ellos convivía en armónica conjunción de pensamiento y virtud, los factores que alguna vez, dijo Keyserling, harían al escritor de mañana: la tribuna y la profecía, unidas a una expresión vivaz y depurada. Hombres como el autor, emboscados o deliberadamente ocultados por intereses mezquinos o intrigas de taberna. Soy testigo personal del estoicismo con el cual Bardini ha afrontado, y afrenta, las cotidianas miserabilidades (que lejos de ser patéticas son pérfidas) de los oradores rentados y cagatintas de letrina que pululan en redacciones, editoriales, despachos y poltronas de las “casas de altos estudios”.
Hace algunos años, en una entrevista publicada en el diario Tiempo Argentino, José Bianco confesó: “Una democracia debe combatir, para ser tal, el sufrimiento y la injusticia. No hace falta ser un escritor, basta con ser una persona decente para compartir esa idea. Porque un escritor, a quien le repugna el sufrimiento del pueblo, también forma parte del pueblo y por eso debe ser capaz de sufrirlo todo para mantener intacta su libertad intelectual. Aunque en esa libertad vaya incluida la de morirse de hambre”. Mantenerse acorde a esta actitud le había significado a Bianco su alejamiento de la revista Sur, cuya dirección estaba a cargo de una dama que bien podría haber llevado el infamante título de “Mujer del látigo”, como calificaban los lectores de la revista a Eva Perón.
Confieso que cada vez que leo esta definición de Bianco, no puedo dejar de acordarme de Bardini y gran parte de los locos egregios retratados en este libro, marginados, condenados al ostracismo intelectual y a lo que para un escritor o a una vedette de la cloaca televisiva equivale a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, la animosidad sorda, el rumor desprestigiante, la hostilidad rencorosa y la condenación a la última fila, como sucedió con Ugarte y Scalabrini Ortiz.
Sin pretender escalar las alturas de los últimos nombrados, el autor y quien escribe hemos pasado en nuestra aventura literaria por idénticas Horcas Caudinas, sólo que los “insultos que nos escupen día a día los cuadrumanos de la tinta y el papel” lo profieren cabezas de tacho con cabello de cuerpoespín, que se definen como “nacionalistas” y saludan con el brazo extendido, o burgueses/as marchitos por el otoño de la vida, cómodamente repatingados en despachos universitarios o ministeriales, responsables de la imaginería de un positivismo que metaforiza desde la biología (en el caso de los “intelectuales que golpean cacerolas”) o, al decir de Nietzsche, “enturbian las aguas para que parezcan más profundas”.
José Ingenieros, casi un siglo atrás, hablaba de la simulación en la lucha por la vida y mencionaba la simulación de la locura. En 1904, el doctor José María Ramos Mejía hablaba de la simulación del talento. En cuanto a los simuladores de talento, sólo saben simular la locura, lo exterior de la creación. Copian la exterioridad intrascendente y humana del artista, sus tics, sus manías. Simulan la locura loca, pero no pueden aprehender su alma. Y, verborrágicos y estériles, contraídos y convulsos, invaden los medios, pululan por las exposiciones y fatigan los pasillos de las redacciones.
Bardini los define como “intelectuales a la carta y conferenciólogos afiliados al club del elogio mutuo, la premiación recíproca y las escaramuzas a los codazos para salir en la fotografía, cultores orales de un concepto de Patria Grande que en la práctica no excede los límites municipales”. Y es generoso, dado que en realidad no son otra cosa que macaneadores orgullosos de haberse librado de la “tiranía de la coherencia y la verdad” agrupados bajo el difuso término de “posmodernismo”, para ocultar su aridez conceptual, su pensamiento de sirga. Falsificadores de moneda cultural, menestrales de las palabras, clochards disfrazados de intelectuales, alquimistas que transmutan mierda en palabras, su producción se resume en títulos como “La nada es todo”, “Dialéctica de la ebriedad”, “El placer del suicidio”, “Semiótica del orgasmo”, “Falocracia matemática” y barbaridades similares, que fueron convenientemente promocionadas por algunas “gestiones culturales” a nivel nacional y provincial.
En realidad fueron y son élites culturales divorciadas del pueblo y la realidad, denunciadas por Ramón Doll como responsables de que “nuestra cultura haya vivido desasida, desprendida del país”. Decía el recordado Jorge Abelardo Ramos que “los poetas argentinos que más se ocupan de lo mágico, lo angélico, lo delirante o lo metafísico, están a mil leguas de rehacer en sí mismos todos los procesos de iconoclastia, enfermedad y locura que dotaron al arte europeo de artistas en estado salvaje. Nuestros intelectuales traducen pasiones ajenas: desarraigados, sin atmósfera, sombras de una decadencia o una sabiduría que otros vivieron. De ahí que la literatura argentina posea ese carácter gris, igualitario y pedante que aburre e indigna”.
Pensamiento de sirga, remedo de estilos y conceptos que arribaba a nuestras costas como los restos de un naufragio, terminología estéril sobre la cual vanamente intentaron advertir publicistas como Pablo Rojas Paz desde las páginas de la revista Martín Fierro allá por 1927: “Contra nosotros se han inventado palabras temibles y largas. Norteamérica inventa el Panamericanismo, Francia descubre el latinoamericanismo, España crea lo del hispanoamericanismo. Cada uno de esos términos esconde bajo su mala actitud de concordancia un afán no satisfecho de imperialismo. De cuando en cuando estos imperialismos creen conveniente una demostración de fuerza a la que sigue una protesta formal… Nosotros estamos organizando un idioma para nosotros solos y de aquí nos vendrá la libertad. Es un signo de potencia espiritual de un pueblo el de transformar el idioma heredado”.
Todavía perduraba la resaca de la ebriedad del Centenario, donde la oligarquía portuaria festejaba el remplazo de una administración colonial por una neocolonial, mientras algunos cerebros lúcidos como Ricardo Rojas se preguntaban qué grado de cosmopolitismo podíamos soportar y otros como Manuel Ugarte, verdadero Ulises de América, navegaban en solitario la geografía de la Patria Grande exhortando, vanamente, a la articulación de un Zollverein propio como ya lo había realizado exitosamente la nación alemana. Esto implicaba retomar lo que había sido en la etapa colonial, pero hacerlo críticamente. Arturo Andrés Roig sostiene que Ugarte “no ignoraba que las tradiciones nada valen si no son asumidas desde una autoafirmación del sujeto que las ejerce. En la carencia de esta autoafirmación y no en la carencia de un legado vio que se encontraba el problema hispanoamericano”.
Este anhelo intentó cristalizarlo el magisterio de Raúl Scalabrini Ortiz: “Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos”. No hace mucho escribimos que “la voz de Scalabrini no era un altavoz, era una conciencia. Una, dos generaciones atrás de Scalabrini Ortiz, el ideal nacionalista no existía entre nosotros, adormecido por los tóxicos de la reacción y el colonialismo”. Ideal que, tal como sucedió en España con el hidalgo Dionisio Ridruejo, muchas veces fue enturbiado por los merodeadores de las cloacas políticas, obsesionados por la facilidad del golpe militar, que les ahorraría la lucha larga y dura del opositor al Régimen y les aseguraría el condumio. Esta actitud respondía a una falta de personalidad propia, originada en una desconfianza radical en las posibilidades de la Argentina para llevar a cabo una política de signo nacionalista, llegando a considerar un absurdo, cuando no un crimen contra los principios, que el nacionalismo aspirara a ser un movimiento popular y mayoritario.
Es que tal como en su momento planteó el nicaragüense Sergio Ramírez, “el poder muy pocas veces fabrica héroes o engendra leyendas. Y la leyenda también es enemiga de los que se hacen ricos a la sombra del poder y se despojan de sus ideales como si se tratara de una piel incómoda. Las leyendas se tejen desde abajo, a la luz de las hogueras del recuerdo agradecido con quienes lo dieron todo sin pedir nada a cambio. Las cabezas de las estatuas oficiales, generalmente huecas, no dejan nunca de quedar cubiertas por los excrementos de los pájaros.”
La mayoría de los condenados de estas páginas fueron por mucho tiempo, y algunos lo siguen siendo, los villanos de la historia. Tal es el caso de Gregorio Selser, cuya intensa trayectoria y profusa producción es curiosamente omitida por medios que proclaman ser afines a sus ideas. Otros fueron bandoleros execrables, responsables de asesinatos, arbitrariedades y abusos, enemigos del nuevo orden que era necesario imponer. Los “malos” de la película. Pero la memoria popular lavó sus nombres de culpas sangrientas y convirtió, si acaso, sus pecados capitales en pecados veniales.
La puerta por donde se entra al mito es muy estrecha y la mayoría de las veces no la abre el protagonista sino el pueblo o algún hierofante. Ningún decreto le otorgó a Villa o a Zapata el título de generales, pero ahora en México son los únicos generales que valen. Eso me recuerda la respuesta que dio Sandino, asesinado a mansalva también por el poder, cuando alguien le preguntó con arrogancia quién lo había hecho general: “Mis hombres, señor”, fue la humilde respuesta. Pero otros llegaron al mito por la azotea o la alcantarilla, en raras conjunciones sociales o personales que adelantaban un futuro de peripecias, ajenos al pueblo o desconocidos por la multitud, verdaderos “psiconautas” de territorios surrealistas donde “el plomo flota, el corcho se hunde y los aviones chocan con los autobuses”, a los que un personaje de Hugo Pratt al que Bardini retrata con la entrañabilidad del “cuate”, agrega que “en este país se fríen las camisas y se planchan los huevos”.
Pueden señalarse algunas ausencias esta galería de singularidades americanas pero la más significativa es, sin lugar a dudas, la del propio autor, con su aspecto de marine retirado actuando de contratista en la Triple Frontera, a punto de tomarse el último helicóptero tras alguna fechoría, o con la apariencia de Roberto Payró o Fray Mocho en las tinieblas de la redacción, mientras susurra y se atusa el taimadamente el bigote, dispuesto a enaltecer -o reventar- a algún protagonista.
En estos momentos en que los destinos del mundo son más que nunca enigma, en que las contiendas actuales deforman violentamente las perspectivas del pasado de pueblos y culturas, nada puede instruir tanto como un libro que nos muestre panorámicamente los paradigmas que empedraron la senda que, tras dos centurias de desencuentros e incluso enfrentamientos, parecería que volvemos a transitar juntos. Porque es difícil y lleva tiempo transformar los arquetipos sociales en seres humanos y el autor lo logra con oficio y arte al despegarlos de los datos biográficos, al limpiarlos de las diatribas y los ditirambos, al darles encarnadura y ponerlos en movimiento. Con maestría en el manejo del relato y la secuencia narrativa, que no desdeña toques de naturalismo pero se afirma en el romanticismo esperanzado de aquellos que consideran que la América profunda arde secretamente en algunos cerebros atrevidos, este libro es un verdadero repique de campanas para quienes consideramos -contrariamente al designio del gobierno mundialista- que la historia no ha terminado.
Pepe Muñoz Azpiri y Roberto Bardini
Rebeldes en penumbras - Vidas ilustres de hombres olvidados, ignorados o condenados, de Roberto Bardini contiene las biografías de David Jewett, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Rafael de Nogales, Manuel Ugarte, Raúl Scalabrini Ortiz, Gregorio Selser, Roque Dalton, José de Jesús Martínez y Roberto Sosa. Su prólogo, de Pepe Muñoz Azpiri (h), es el que antecede.

fuente: AdR

lunes, 21 de octubre de 2013

“El paraíso son los demás”


“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

Hugo Montero publicó una biografía sobre el autor de El Eternauta. Señala la necesidad de desmontar lugares comunes, como aquel que dice que los militantes “priorizaron la política por encima de los hijos, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima”.

 Por Silvina Friera
“El paraíso son los demás”, escribe el más importante narrador de aventuras de este país, polemizando con Sartre. Ya no es el mismo, el Viejo. En la bitácora de ese itinerario que comenzó en las fronteras de una viñeta y que trascendió el campo de la imaginación, sorteó los prejuicios, las dudas y las desconfianzas del pasado. El ejemplo de sus jóvenes hijas, Beatriz, Estela, Diana y Marina, fue la chispa que encendió la convicción del compromiso militante en Montoneros. A una edad en que muchos otros preferirían mirar el devenir de la historia “desde la banquina de la comodidad y el escepticismo”, Héctor Germán Oesterheld eligió dar un paso al frente y transformarse entre compañeros. El pibe que leyó sus obras con una voracidad insaciable tampoco es el mismo. Y da en el blanco –o en ese agujero negro– cuando dice que no es sencillo leer una biografía del autor de El Eternauta que se detenga exhaustivamente en ese camino político. “Algo obtura ese relato ausente o disperso. Algo que no permite profundizar la mirada, que incomoda, que perturba”, plantea Hugo Montero en la introducción de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución (Sudestada), un libro notable que viene a saldar esa deuda.
El autor de esta biografía, fundador y codirector de la revista Su-destada, advierte que la tragedia familiar –la desaparición de las cuatro hijas y del propio Oesterheld– quizás haya sido el elemento que impidió hasta ahora poner la lupa sobre el trayecto militante en Montoneros, además del rechazo que han generado las erradas decisiones de la dirección partidaria. “¿Cómo fue que Oesterheld, un lector sagaz, agudísimo, no leyó el aventurerismo político de la militarista cúpula montonera”, se pregunta Guillermo Saccomanno. Montero intenta esbozar una respuesta al interrogante. “Ni Oesterheld ni sus hijas eran cuadros dirigentes de la organización en la que militaban. Por el contrario, eran militantes de base –aclara–. Su ámbito de trabajo político fue la villa y la prensa, su diálogo se generó con los compañeros que compartieron con ellos esos universos, y el vínculo militante pasó muchas veces menos por lo estratégico y programático que por lo afectivo. En tantos ensayos acerca de los años ’70, el eje siempre gira alrededor de tácticas asumidas por las direcciones, pero soslaya en muchos casos el anónimo trabajo en la base, el esfuerzo silencioso de todos los días, el vínculo inquebrantable con vecinos y trabajadores, el borrador de una historia que también merece ser contada.”
–Queda claro en el libro que son las hijas las que lo llevan a militar. Que Oesterheld comienza teniendo empatía con el entusiasmo militante de sus hijas y luego se va involucrando cada vez más.
–Sí, sin dudas. Ellas eran pibas jóvenes y estaban más predispuestas a superar el dilema entre teoría y práctica: “Sometamos las ideas al mundo de la realidad, veamos en la calle cómo resuelven los excluidos, los oprimidos, los marginados, esta contradicción”. Las chicas hacen esa experiencia de campo, y Héctor escucha los relatos de ellas en las sobremesas de la casa, en ese ámbito que es clave para entender cómo se van comprometiendo. El tiene mucha admiración por las chicas, tiene una relación muy cercana, de pares, más allá de que son muchos años que los separan. El Viejo siente que su ámbito cotidiano, su ámbito de discusión sobre política, sobre cultura, sobre todos los temas, está ligado a esa generación. Evidentemente es un fenómeno que tiene que ver con la nueva izquierda, porque hay muchos casos de padres que militan a partir del ejemplo de sus hijos. Héctor es uno de los más paradigmáticos, porque las cuatro chicas terminaron vinculadas a una organización revolucionaria.
–¿Qué fue lo que más lo sorprendió durante la investigación?
–Yo no conocía la dinámica de las juntadas a la noche en el chalet de Beccar. Sabía la historia de los Fernández Long –los hermanos Pablo y Miguel–, que habían sido señalados por Elsa como los responsables de haber apresurado los tiempos de las chicas y de Héctor. Encontrarme con ellos me permitió primero comprender la posición de Elsa y luego la de ellos. Y ahí apareció la dinámica de juego, de charlas, de sobremesa, de lecturas ligadas al grupo de amigos, en que la cuestión política no era lo central al principio; no era un cenáculo de discusiones sobre la lucha armada. En esa dinámica vi el pasaje del Viejo que recibe a los pibes jóvenes, que escucha y mezcla en ese puchero todo lo que cada uno trae. El Viejo es receptor de toda esa información, pero no desde un lugar del patriarca erudito y catedrático que les da clase a los pibes, sino del que escucha y quiere tratar de entender la realidad que está pasando a través de las hijas y de los amigos de las hijas. La verdad que era una imagen que yo no tenía de Oesterheld.
–Lo imaginaba más encerrado, escribiendo, pensando. –Más intelectual, sí. Además, todos los que lo conocieron del mundo de la historieta tenían una imagen de él más serio, más gruñón y conflictivo como patrón, porque en algún momento fue jefe de su propio proyecto editorial –Frontera– y eso siempre genera roces, chisporroteos y contradicciones. Sacarlo de ese lugar y verlo al Viejo en cueros, como me contaron, haciendo el asado o sentado en un sillón con una copa de ginebra en la mano quedándose dormido, o jugando a los baldazos al carnaval en el chalet, es una imagen que rompe esa idea del tipo que le va mal en su proyecto profesional. En su casa encuentra un refugio de felicidad, pero es ahí también donde se empieza a preguntar cómo hacemos para cambiar el mundo.
Al principio, cuando arrancó con la escritura de la biografía, Montero quería dividir el libro en tres partes: el oficio, el amor y la pasión revolucionaria. Pronto comprendió que era descabellado intentar mantener ese plan. “El entrecruzamiento se da todo el tiempo, particularmente al final, cuando se vincula orgánicamente con Montoneros y pasa a publicar historietas en la prensa partidaria y a la vez milita en una villa del Norte del conurbano, en la Sauce, con Beatriz. Hay un trasvasamiento que no me permitía escindir las historias. Es imposible comprender sus trabajos políticos sin el vínculo que tenía con las chicas –explica–. El Viejo asume desde el punto de vista narrativo algunos desafíos, como contar la historia argentina, y se mete en debates históricos revisionistas sobre Mariano Moreno, sobre Rosas. Esos mundos que aparentemente parecen separados están muy entrecruzados: cada uno fue marcando un pedacito de su evolución política, de su cambio como narrador. Muchos plantean que la parte política de Oesterheld es la menos imaginativa, la menos creativa. Pero en realidad hay cosas muy lindas desde el punto de vista estético en esa etapa.”
–Cuando Oesterheld interviene con estas historietas de carácter político, ¿están atravesadas por el imperativo de la actualidad militante? –Sí, en un punto están marcadas por la actualidad, por la coyuntura. Oesterheld entiende que en ese momento su función como intelectual orgánico es aportar esa mirada a la historia desde un punto de vista montonero. Hay un cruzamiento constante entre los traidores de Mayo de 1810 con los traidores del 25 de mayo de 1973. Si entrás a la historieta de Oesterheld por el lado de la aventura, la parte más rica es la de los años ’50. Eso es evidente. Ahora si intentás ver la obra que hace a nivel político, no es de baja calidad, sino que es distinta. A muchos del mundo de la historieta le sigue chocando la segunda parte de El Eternauta; hay cuentas que no cierran, pero él mismo dice que ya era otro, que tenía ganas de hacer otras cosas. Tenía una visión antiimperialista muy marcada y la aplica en su historieta.
–¿Por qué cuestiona el uso del Nestornauta y habla de “equívoco”? –Creo que hay un problema, que sucede también con otros militantes que terminan siendo símbolos, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. El problema del Nestornauta es utilizar sólo lo que te sirve de ese símbolo. Hay cuestiones que se vinculan con tu lucha o con el dirigente al que intentás comparar, pero hay partes que incomodan y generan una discusión que no podés sostener. Por ejemplo el tema de la lucha armada o su militancia en Montoneros, que no están relacionadas con los Kirchner, que siempre fueron críticos de la lucha armada. Cuando elegís de símbolo a un militante montonero, con cuatro hijas militantes montoneras, hay que entender que hay cosas de ese símbolo que van a generar contradicciones desde el presente político. Como el hecho de que el fusil de Juan Salvo se borra con el Photo-shop; en ese intento de manipulación hay una apropiación simbólica sólo de algunos elementos. Si vas a elegir un símbolo, bancate lo que venga: la discusión sobre la lucha armada en los ’70, la militancia en Montoneros. Me parece que no es justo con Oesterheld porque él no tenía dudas respecto de su militancia, no la ocultaba, puso el cuerpo y militó a la par de pibes de veinte años. Y relegar esa parte, intentar ocultarla o dejarla en un segundo plano, me parece que no le hace justicia a Oesterheld, que es lo que me interesa validar.
“Un pasillo con paredes de látex azul brillante. Las paredes de El Vesubio. Héctor allí, de pie, mirando a su nieto. Reconociendo de inmediato la dimensión de esa presencia: la ternura infinita del abuelo que se sienta a tomar la chocolatada con el nieto, a mirar los dibujitos en un viejo televisor, y el más lacerante dolor consumiéndolo por dentro. El Viejo lo sabía: si Martín está allí solito, era porque Estela había caído. La última de las chicas, la cuarta. Otro desgarro incurable, otra ausencia”, relata Montero en la biografía. “No necesito más homenajes ni las pelotas, no quiero saber nada de eso –dice Martín Mórtola Oesterheld, guionista y director de cine–. Cuando salí del juicio por El Vesubio, yo no podía dejar de pensar en mi abuelo. En mi abuelito, no en Oesterheld. El primer recuerdo de toda mi vida es estar con mi abuelo en El Vesubio, y seguramente hablando de las cosas que yo hablaba con él, o de lo que yo hablo hoy con mis hijos. El dato es que mi abuelo sabía lo que le esperaba. No puedo dejar de verla como una secuencia: mi abuelo hablando conmigo sabiendo que acababan de asesinar a su hija, y me habla y jugamos como si nada pasara.”
–El encuentro con Martín es uno de los momentos más impactantes de la biografía, ¿no? –Sí, a mí me aportó una mirada distinta de cómo se da el proceso de construcción de la memoria a nivel colectivo. Martín habla de una etapa en la que relacionarse con un desaparecido era equivalente a ser hijo de un subversivo, a ser discriminado o chicaneado por las instituciones del Estado, y cómo ese discurso fue variando pero la posición de él no fue cambiando sobre lo que eran sus viejos. Uno escucha a hablar a Martín y te ponés a pensar en lo que han vivido los hijos de desaparecidos. Son miradas muy inteligentes, muy elaboradas; ha tenido un largo proceso de discusión con él mismo y con la memoria de sus viejos y de su abuela. El discute todo el tiempo con su abuela. Lo mismo hace Fernando (Araldi). Ellos tienen una relación de amor y conflicto constante con Elsa, como lo tenían también las chicas. La mirada de Martín es muy elaborada porque está cansado de los homenajes. El quiere otro vínculo con el recuerdo. El quiere la imagen íntima con su abuelo, por eso defiende esos espacios propios como un tesoro.
–¿Coincide con Martín en la necesidad de bajar del pedestal a Oesterheld? –Sí, es difícil reclamarle cosas a esa imagen en el pedestal. Hay que bajarlo de ahí y saber cosas chiquitas. Martín se mira en las fotos –y yo las vi– y en todas las fotos están Estela, el Vasco y él chiquito. Hay una presencia de los tres muy fuerte. Los compañeros lo veían a él en la isla Maciel, donde militaban los viejos. Martín se sabe parte de una construcción familiar y se siente cómodo con ese recuerdo, que después fue truncado por el genocidio; pero rompe con ciertos lugares comunes y prejuicios sobre la militancia que está bueno sacárselos de encima definitivamente: que priorizaron la política por encima de los hijos, que dejaron atrás las cuestiones familiares y se volcaron exclusivamente a la política, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima. Ese fue el caso de las chicas.
Un grupo de tareas secuestró a Oesterheld en La Plata, el 27 de abril de 1977. Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración de Campo de Mayo, en el regimiento de Monte Chingolo, en El Vesubio de La Matanza y El Sheraton de Villa Insuperable. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo terco respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Después de un traslado masivo desde El Sheraton presuntamente a la localidad bonaerense de Mercedes, en febrero de 1978, se diluye el rastro del escritor. “Como en una doliente historieta –escribe Montero–, la silueta de Héctor se funde en el negro de la viñeta. Y en el siguiente cuadrito, se hace sombra.”


fuente Página 12

lunes, 30 de septiembre de 2013

Síndromes de envidia y de idiotez

El peligroso no es el loco que se cree Napoleón, sino el especialista que se cree amo y señor de la normalidad.
Por Néstor A. Braunstein



Poco importan aquí las razones por las que me siento íntimamente ligado a la vida política de mi país natal, ese del que falto hace casi 40 años. El exilio no mata las raíces; las hace más profundas. Por fortuna, el arraigo tecnológico de hoy en día permite grandes sorpresas. “Yo” queda estupefacto por la dimensión de las maravillas y de las tonterías que en mi patria se engendran.

Despierto un día y encuentro que una figura mediática, un Nelson Castro que invoca su condición de médico, ha descubierto que la máxima autoridad de la República, la presidenta, está afectada por un misterioso mal, una “enfermedad del poder”, que él ha sabido detectar y diagnosticar: se trata del “síndrome de Hubris” que fuera objeto de minuciosas descripciones clínicas a partir de la obra de Lord David Owen, alguien que, si se me permite el triple oximoron, es un “respetable político inglés”, médico neuropsiquiatra, también él, que lanzó esta flamante categoría diagnóstica. ¿Sabrá Castro que Lord Owen, como ministro de exteriores británico fue el más feroz propulsor de sanciones económicas y diplomáticas contra la Argentina después de la guerra de las “Falkland” no sin antes haber promovido la venta de armas a la junta militar para el asesinato de nuestros compatriotas? ¿Será esa una manifestación de la “hubris” del fabricante de síndromes?

Hubris o hybris -puede discutirse la trasliteración del griego- es una palabra que lamentablemente falta en el diccionario de nuestra “Real” Academia y por eso no podemos dar una definición “oficial”. Su antigüedad es tanta como la de nuestros más venerables conceptos psicológicos. Aunque los griegos tenían tendencia a transformar en dioses a esta clase de vocablos (Némesis, Tánatos, Agapé, Neikos, tantos más) y por lo tanto podrían escribirse con mayúsculas, son términos del lenguaje coloquial y nada es más lógico que tomarlos como sustantivos comunes y, en lengua romance, escribirlos con minúsculas.

Hubris, por la pereza de los “académicos”, es convertida en alguno de sus aproximados sinónimos: soberbia, arrogancia, prepotencia, etc. Se marca con este rasgo lamentable a quienes disponen de autoridad y la ejercen de manera arbitraria. ¿Existe la hubris? Por cierto que sí y pululan los ejemplos en la historia y en la literatura. Con frecuencia los gobernantes se sienten tentados a poner a prueba los límites de su dominación y en ese empeño provocan su propia ruina. La hubris es el elemento común a todos los héroes trágicos, aun los que terminan muriendo en la cama como Stalin o Franco. Existe la hubris como existen la envidia, la presunción o la idiotez (boludez, si se me permite un sinónimo que, en mis tiempos, allí, era grosero). Que cualquiera pueda decirle a otro que es tal o cual de esas “cosas” de modo más o menos insultante no forma parte del vocabulario de la psiquiatría o de la medicina forense, en todo caso no para quien recibe la ofensa. Habría que medir la hubris de los psiquiatras que pretenden bautizar o aplicar esa palabreja como categoría clínica..., como quien dice “enfermedad de Alzheimer”, “síndrome febril” o “signo de Babinski”.

Con esa pedante presunción se pasa con gaseosa fluidez a los criterios trastornados del DSM-5 que tantos estragos causa en la psiquiatría desde su promulgación en 2013 y, mucho antes, con sus cuatro antecesores eslabonados a partir de 1952. El Lord Owen parece haber definido 14 rasgos del síndrome de Hubris (así, con mayúsculas)... de modo que, ya sabe usted, si tiene 9 o más de esos 14 tildes o “palomitas” como los llamamos en México, usted, mi amigo -se lo digo yo que soy especialista- tiene un síndrome de esos, un verdadero “trastorno de la personalidad” y más vale que se haga tratar.

El “diagnóstico” se lo endilga el doctor Castro de manera condescendiente a la presidenta. Digo “condescendiente” porque lamentablemente no dispongo tampoco en español de la palabra que tengo en la cabeza ¡también inglesa! “patronizing” que implica lo paternal y patronal. “¡Cuídese! Necesitamos que su salud emocional sea perfecta y que actúe con sabiduría”. ¡Textual!

La psiquiatría contemporánea tiende a hacerse cargo de la medicalización (veterinización) de la vida entendiendo que todos los humanos son más o menos “anormales” y calificando como “trastornos de la personalidad” a quienes no gozan de “salud emocional perfecta”. Así se amplía el mercado y se refuerza a la generosa industria farmacéutica que coimea a los especialistas para que diagnostiquen y “traten” a sus “trastornados” o “enfermos” como no vacila en llamarlos el “doctor” Castro.

Que a los poderosos “se les suban los humos” no es novedad ni es asunto de la medicina. La población sabe lo que hacen sus gobernantes y pueden expresar su acuerdo o no con ellos. El gesto de construir en Río Gallegos un mausoleo gigantesco que se parezca al de Napoleón en París, puede calificarse de “justo homenaje” o de “tilinguería” que demuestra miopía política. Nada autoriza a los Owens y Castros a contrabandear epítetos y aplicarlos como diagnósticos según sus antipatías. La mala leche, como la envidia o la boludez no son “trastornos de la personalidad”. Que el “doctor” diga lo que se le antoje; no hay porqué atacar o limitar al periodista tramposo que usa su bata blanca a modo de armadura para “aconsejar sana y sabiamente” al político supuestamente extraviado.

El peligroso no es el loco que se cree Napoleón sino el especialista cuando se cree amo y señor de la normalidad y de la salud emocional, etiquetador y corrector de distorsiones. En ese caso lleva las cotas de hubris al nivel de la inundación. La infatuación acecha a todos los humanos, incluso a quien busca carecer de ella y aspira a ser “yo” cuando los demás y hasta él mismo lo confunden con “Borges”.

*Braunstein es médico psiquiatra y psicoanalista argentino, radicado en México desde 1974, y autor del libro “Clasificar en psiquiatría” (Siglo XXI, 2013)
 
 
fuente: infonews 

domingo, 22 de septiembre de 2013

E.P. Thompson, la centralidad política de la clase y la izquierda académica actual


Ellen Meiksins Wood · · · · ·


 

“Estos nuevos guerreros no clasistas de cierta izquierda académica actual aceptan en la práctica la construcción neoliberal del universo social. Tampoco para ellos hay clases o política de clases; simplemente, un mundo postmoderno en el que la fragmentación, la diversidad y las identidades ‘múltiples’ han acabado con las viejas solidaridades de clase.”
Todavía existía una importante cultura anticapitalista en la izquierda intelectual cuando en el año 1963 E.P. Thompson publicó  The Making of the English Working Class; esa cultura  floreció con fuerza entre el grupo de los historiadores marxistas británicos, aquel destacado círculo al que pertenecía Thompson. Durante poco más de una década,  a pesar de (o quizás debido a) las erupciones militantes del 68 y de algunas espectaculares luchas obreras  unos  años más tarde, la vida intelectual de la izquierda occidental fue moldeada por una actitud de rendición ante el capitalismo y por un “olvido de la clase”.
La moda académica más influyente en la izquierda, comenzando con el postmarxismo y culminando con el postmodernismo, parece ahora –para bien o para mal— aferrada a un principio, según el cual el capitalismo era la única opción viable y la lucha de clases ya no está en la agenda.
Estas modas iniciaron su camino en los tardíos 70 y se desarrollaron más o menos en paralelo con la “Nueva Derecha” y el neoliberalismo. Justo cuando los gobiernos impulsados por la doctrina neoliberal estaban llevando a cabo una guerra abierta de clases en nombre del capital y en contra del trabajo, el concepto de clase declinaba. En Gran Bretaña, por ejemplo, mientras el gobierno de Margaret Thatcher ponía en práctica su despiadada lucha de clases contra los trabajadores, su propia estrategia retórica consistía en negar la existencia misma de las clases.
Esa estrategia ideológica es más alarmante aún porque reaparece en la izquierda intelectual como una imagen en el espejo. Y no solamente ocurre con el postmarxismo. Incluso el Marxism Today,  la revista teórica de moda del partido comunista británico que inventó el concepto de “thatcherismo”, se suma entusiásticamente al “repliegue del concepto de clase”
Estos nuevos guerreros no clasistas de izquierda aceptan en la práctica la construcción neoliberal del universo social. Tampoco para ellos hay clases o política de clases; simplemente un mundo postmoderno en el que la fragmentación, la diversidad y las identidades “múltiples” han acabado con las viejas solidaridades de clase.
Muchos piensan, es cierto, que puede ser una estrategia para librar las luchas necesarias frente a  formas de opresión distintas, especialmente las relacionadas con el género y la raza. Pero hay algo más en ese repliegue  –quizá deberíamos decir algo menos– que un interés en  formas alternativas de lucha; y ese abandono del concepto de clase no puede simplemente atribuirse al declinar del movimiento obrero en los 70 y 80. El repliegue del concepto de clase, que comparten algunos sectores de la izquierda intelectual, tiene otras raíces que le preceden. [1]
Los intelectuales de izquierda más decididos a abandonar el concepto de clase también se inclinan a sugerir que no tenemos necesidad de confrontar con el capitalismo como una totalidad sistémica, porque no existiría algo así como un sistema capitalista –si es que alguna vez existió— en la nueva realidad fragmentada. Nos cuentan que se está dando una tremenda expansión de la “sociedad civil” que amplía considerablemente el abanico de nuestras elecciones individuales. El modo de combatir a las doctrinas liberales consistiría aparentemente en aceptar sus supuestos básicos y tratar de vencerlos en su propio juego retórico.
La crisis capitalista real
Nos enfrentamos hoy a un capitalismo real con características que no conocíamos desde hace mucho tiempo. Desde la crisis de 2008 y del desastroso proyecto de austeridad que le siguió, es casi imposible desconocer los brutales efectos sistémicos del capitalismo o las crudas realidades de las clases.
Ha habido algunos signos alentadores de nuevos movimientos contestatarios, como el movimiento “Occupy”, que si bien no han cristalizado aún en un movimiento político coherente, sin embargo comenzaron a cambiar el discurso sobre las consecuencias del capitalismo y las desigualdades de clase. Pese a ello, gran parte de la izquierda intelectual ha perdido el hábito, los medios o incluso la voluntad de oponerse al capitalismo, no sólo en la práctica sino también en la teoría.
Por eso pienso que es el momento indicado para revivir a Edward Thompson. No solamente porque Thompson es, probablemente más que cualquier otro historiador, quien le dio vida a los procesos de la formación y lucha de clases, sino también porque aún más que cualquier otro historiador y quizás incluso que cualquier académico o escritor, Thompson fue quien con más claridad definió al capitalismo como una forma social históricamente específica –no como una ley de la naturaleza—, obligándonos a verlo con distancia crítica y antropológica.
Y esto tiene una importancia  hoy, pues hace mucho tiempo que hemos adquirido el hábito de considerar el capitalismo como dado, como si se tratara de algo tan universal e invisible como el aire que respiramos. Thompson desafió los presupuestos básicos del capitalismo, entendiéndolo como un conjunto de prácticas sociales y principios morales y estudiando su desarrollo como un proceso en lucha constante.
No sólo mostró este proceso en su libro La formación de la clase obrera en Inglaterra, sino también en otros trabajos, por ejemplo en su clásico ensayo Moral Economy of the Crowd en el que sigue las pistas de las luchas contra de la racionalidad del mercado, impuesta a pesar de la resistencia de grupos con costumbres y expectativas distintas y con diferentes concepciones del derecho a la subsistencia; o su ensayo Custom, Law, and Common Right, en el que nos muestra el modo en que las definiciones de propiedad fundadas en la productividad para el beneficio capitalista se afianzaron a costa de las prácticas prevalecientes y las concepciones de derecho al uso; o su ataque –especialmente en su ensayo  “Time, Work Discipline and Industrial Capitalism”— al concepto de “industrialización” y su insistencia en la especificidad del capitalismo industrial como un modo históricamente indexado de explotación –no como un proceso neutral de cambio tecnológico—, con efectos que afectaron a las prácticas laborales y también a algo mucho más central para nuestra vida cotidiana, que es nuestra experiencia del tiempo. [2]
El abordaje thompsoniano de la historia resume lo que creo es la esencia del materialismo histórico, una aproximación que arroja luz sobre la teoría y la práctica, sobre la historia y la política. Si bien Thompson intenta evitar el lenguaje teórico, su trabajo histórico siempre me ha parecido tan fértil para la teoría como iluminador para la historia.
Según Thompson, el conocimiento teórico no lo es acerca de una “representación conceptual estática”, sino sobre “conceptos apropiados para investigar los procesos”. Esto significa, entre otras cosas,  que no existe esa suerte de sencilla antítesis entre historia y teoría o entre lo empírico y lo  teórico en la que insisten algunas corrientes muy influyentes del marxismo.
El desafío, según Thompson, consiste en captar e iluminar los procesos históricos, no considerar a la clase como una ubicación estática en una estructura de “estratificación”, sino como un proceso y una relación social. Para decirlo con otras palabras, Thompson se tomó en serio la idea de Marx de que el materialismo histórico se ocupa de la “actividad práctica” humana, de la agencia humana, con los apremios que imponen las condiciones históricas y sociales específicas. Eso es lo que lo convierte en un analista tan efectivo del capitalismo entendido como un terreno en disputa y blanco de lucha.
Ellen Meiksins Wood ha sido durante muchos años profesora de ciencia y filosofía políticas en la York University de Toronto, Canadá. Entre 1984 y 1993 estuvo en el comité editorial de la New Left Review británica, y entre 1997 y 2000 coeditó, junto con Paul Sweezy Harry Magdoff la revista norteamericana Monthly Review. Filósofa e historiadora marxista y feminista mundialmente reconocida, ha realizado contribuciones fundamentales en el campo de la filosofía política, lde a historia de las ideas políticas y de la historia política y social. Sus últimos libros publicados: Citizens to Lords. A Social History of Western Political Thought from Antoiquity to the Middle Ages (Verso, Londres, 2008) y The Origin of Capitalism. A Longer View (Verso, Londres, 2002). Actualmente, reside en Londres.

Traducción para www.sinpermiso,info: María Julia Bertomeu

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fuente. Sin permiso

sábado, 14 de septiembre de 2013

Apuntes para una sociología de la cultura


Por Aritz Recalde [agosto de 2010]

“Primitivo, bárbaro, irracional no son categorías científicas, sino políticas; sirven para designar el enemigo interno o externo; para justificar la injusticia de lo que se hace víctima”. Amelia Podetti [1]

Vamos a definir el término cultura siguiendo a Juan José Hernández Arregui que la precisa como el conjunto de bienes materiales y simbólicos que conforman la identidad de un grupo social. Dichos bienes materiales y simbólicos se organizan como valores colectivos que son transmitidos por intermedio del lenguaje y se expresan como conciencia a partir del cual el hombre actúa e interpela el medio. La cultura a partir de aquí, es una categoría que se vincula estrechamente con la acción política entendida como una actividad cuya finalidad es actuar sobre una relación de poder. La práctica cultural adquiere siempre una dimensión política, en tanto los valores colectivos de los sujetos son puestos en juego en las prácticas que desarrollan sobre el contexto social e histórico. Asimismo y atendiendo esta particularidad, es innegable que la acción política contemporánea reconoce entre sus prácticas la tarea cultural: la lucha política se organiza a partir de la disposición de la conciencia de los pueblos.
El término sociología [2] de la cultura implica que el análisis se va a desarrollar atendiendo sus vínculos con la organización social, política y económica en la cual se inscribe. A partir de aquí, nos interesa analizar histórica y geográficamente situadas algunas de las causas de origen para la producción y la divulgación de la cultura. Estas variables deben ser puestas en juego atendiendo la especificidad del problema nacional [3] de los países del tercer mundo. Los cruces y relaciones de dichas dimensiones adquieren un contenido y unas características diferenciales en función de nuestra condición de país dependiente [4]. Amílcar Herrera se refirió a la particularidad del problema de la dependencia en el continente y estableció que “el subdesarrollo no es meramente un estadio primario del desarrollo, sino una situación estructuralmente diferente, en gran parte generada y condicionada por la misma existencia y evolución de las sociedades
desarrolladas” [5]. Las relaciones entre poder, política y cultura involucran atender dos dimensiones de análisis: existe una dimensión nacional y otra de grupos sociales. Dicha especificidad lleva a considerar la funcionalidad de la cultura atendiendo su relación con los vínculos desarrollados entre los Estados y además, el concepto debe reconocer sus implicancias dentro de los intercambios entre agrupamientos sociales dentro un territorio.
El análisis histórico demuestra que las relaciones sociales y de poder se organizan y se perpetúan a partir de constituirse políticamente.
Asimismo, es innegable que los grupos sociales y sus organizaciones políticas se manifiestan y proyectan culturalmente. Tomando distancia sobre un posible análisis determinista y economicista, reconocemos que
la identidad cultural se desenvuelve en un contexto cuyas relaciones sociales, políticas y económicas son complejas y su origen no tiene una causalidad única e invariante. Ahora bien y pese a que creemos que
no es correcto plantear una relación directa entre cultura y economía, no se puede desconocer que existen fuertes vínculos entre ellas. En América Latina los intereses económicos de las metrópolis y sus empresas trasnacionales se organizan y se proyectan políticamente y tienen una capacidad de influencia mucho mayor que otros actores sociales. Dicho predominio se ejerce fuertemente en las instituciones de producción y divulgación cultural. A partir de aquí y pese a negar que exista una causa única en el origen de la cultura, reconocemos que los análisis tienen que contemplar la especificidad cardinal de nuestra condición geopolítica de donde se desprenden rasgos y comportamientos fundamentales.
La cultura puede ser un medio de emancipación o de opresión en tanto que busca perpetuar o que intenta modificar una realidad social, económica y política con la cual interactúa. Cuando la cultura es un instrumento de opresión entre países se define como neocolonialismo.
En el caso de que la cultura sea un medio para oprimir a grupos sociales dentro de una nación se puede hablar de racismo o de clasismo. En su sentido inverso, cuando la cultura es un elemento de emancipación entre Estados se la define como nacionalismo popular o antiimperialismo. Cuando adquiere una función emancipadora entre los grupos sociales de un país se define como cultura popular.

Aritz Recalde
[1] Amelia Podetti (1969). “La antropología Estructural de Levi Strauss y el Tercer mundo”, en Revista Antropología del 3er Mundo, Año 2, Mayo. p 47.
[2] El Cuaderno del C.E.H.A. Nº 6 define el término sociología desde la perspectiva de Juan José Hernández Arregui.
[3] Según Methol Ferré “Tres elementos confluyen en la constitución del “Estado - Nación clásico”. Un Estado con su burocracia organizadora, que implica una gran herencia del derecho Romano, que incluye el ejército, símbolo mayor del monopolio de la violencia. Una industria, que desde la revolución maquinista inglesa implica, más en más, la unidad de ciencia y tecnología con la misma industrialización.
Cada vez más, desde el siglo XIX, no es posible ninguna sociedad industrial moderna, sin un creciente dominio y difusión científico-tecnológico. Lo industrial implica lo científico-tecnológico de modo crecientemente indisoluble. Una sociedad que no tenga el mayor despliegue científico-tecnológico, será literalmente industrialista pero no será industrial. Una “alfabetización universal”, lo que implica una lengua en común, un idioma literario, si no total, si hegemónico. La cultura y la comunicación común que instaura una dinámica nacional igualitaria. Se objetiva en la alfabetización total, a la altura de las exigencias de la época. Este espacio ”homogenizador” se manifiesta en una común cultura nacional”. Alberto Methol Ferre (2009). Los Estados continentales y el MERCOSUR, Ed. Instituto Superior Arturo Jauretche, Buenos Aires. p 67.
[4] En el Cuaderno del C.E.H.A. Nº 1 se amplían los términos de dependencia y de nación.
[5] Amílcar O. Herrera (1974). Ciencia y política en América Latina, Ed. siglo XXI, Buenos Aires. Pp 10-11.
[Texto gentileza de la lista Reconquista Popular]


fuente: Agenda de Reflexión

jueves, 5 de septiembre de 2013

amaranto...

Planta Sagrada de los Incas ataca a cultivos transgénicos

Kiwicha_and_mountains
Pánico entre agricultores de Estados Unidos. La transnacional de semillas transgénicas no sabe qué hacer con el amaranto (kiwicha) que acabó con sembríos de soya.
Agencias
En Estados Unidos los agricultores han tenido que abandonar cinco mil hectáreas de soya transgénica y otras cincuenta mil están gravemente amenazadas.
Este pánico se debe a una “mala hierba”, el amaranto (conocida en el Perú como kiwicha) que decidió oponerse a la transnacional Monsanto, tristemente célebre por su producción y comercialización de semillas transgénicas.
En 2004 un agricultor de  Atlanta comprobó  que algunos brotes de amaranto resistían al poderoso herbicida Roundup. Los campos víctimas de esta invasora “mala hierba” habían sido sembrados con granos Roundup Ready, que contienen una semilla que ha recibido un gen de resistencia al herbicida.
Desde entonces la situación ha empeorado y el fenómeno se ha extendido a Carolina del Sur y del Norte, Arkansas, Tennessee y Missouri. Según un grupo de científicos británicos del Centro para la Ecología y la Hidrología, se ha producido una transferencia de genes entre la planta modificada genéticamente y algunas hierbas indeseables como el amaranto.
Esta constatación contradice las afirmaciones de los defensores de los organismos modificados genéticamente (OMG): una hibridación entre una planta modificada genéticamente y una planta no modificada es simplemente “imposible”.
Según el genetista británico Brian Johnson, “basta con un solo cruce logrado entre varios millones de posibilidades. Una vez creada, la nueva planta posee una enorme ventaja selectiva y se multiplica rápidamente. El potente herbicida que se utiliza aquí, Roundup, a base de glifosato y de amonio, ha ejercido una presión enorme sobre las plantas, las cuales han aumentado aún más la velocidad de la adaptación”. Así, al parecer un gen de resistencia a los herbicidas ha dado nacimiento a una planta híbrida surgida de un salto entre el grano que se supone protege y el humilde amaranto, que se vuelve imposible de eliminar.
La única solución es arrancar a mano las malas hierbas, como se hacía antes, pero esto ya no es posible dadas enormes dimensiones de los cultivos. Además, al estar profundamente arraigadas, estas hierbas son muy difíciles de arrancar con lo que, simplemente, las tierras fueron abandonadas.

Transgénicos soportan un efecto búmeran
El diario inglés The Guardian publicaba un artículo de Paul Brown que revelaba que los genes modificados de cereales habían pasado a plantas salvajes y creado un “supergrano” resistente a los herbicidas, algo “inconcebible” para los defensores de las semillas transgénicas.
Resulta divertido constatar que el amaranto o kiwicha, considerada ahora una planta “diabólica” para la agricultura genética, es una planta sagrada para los incas. Pertenece a los alimentos más antiguos del mundo. Cada planta produce una media de 12.000 granos al año y las hojas, más ricas en proteínas que la soya, contienen vitaminas A y C, y sales minerales.
Así este bumerán, devuelto por la naturaleza a la transnacional Monsanto, no sólo neutraliza a este predador, sino que instala en sus dominios una planta que podría alimentar a la humanidad en caso de hambre. Soporta la mayoría de los climas, tanto las regiones secas como las zonas de monzón y las tierras altas tropicales, y no tiene problemas ni con los insectos ni con las enfermedades con lo que nunca necesitará productos químicos.
fuente: radiomacondo

El frustrado regreso de San Martín a su patria

por: Felipe Pigna
Para Rivadavia y sus partidarios, la memoria de San Martín no era un motivo de orgullo sino una permanente fuente de desconfianza. No dejaron de desacreditarlo, mientras que una red de espías seguía de cerca sus pasos por Europa: “La desconfiada administración de Buenos Aires [...] me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc.; en fin, yo vi claramente que me era imposible vivir tranquilo en mi patria ínterin la exaltación de las pasiones no se calmase y esta certidumbre fue la que me decidió pasar a Europa. Mi admiración no es poca al ver que me dice usted no haber recibido más cartas mías que una desde el Havre y otra de Bruselas del 3 de febrero de 1825, es decir, que se han extraviado o, por mejor decir, han escamoteado ocho o diez cartas más que le tengo escritas desde mi salida de América; esto no me sorprende, pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la más completa. Yo he mirado esta conducta con el desprecio que se merecen sus autores. Rivadavia me ha hecho una guerra de zapa sin otro objeto que minar mi opinión suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que el establecer gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona.” 1
El 20 de septiembre de 1824, Rivadavia le escribe a su amigo, el inefable Manuel J. García: “es mi deber decir a ustedes, para su gobierno, que es un gran bien para ese país que dicho general esté lejos de él.” 2
El general vivía atento a lo que le pasaba a su patria y en cuanto se enteró del inicio de la guerra con el Brasil, tomó la decisión de volver a prestar sus servicios. Pero el país estaba en manos de su enemigo Rivadavia y sólo cuando asumió su compañero del Ejército de los Andes, Manuel Dorrego, decidió embarcarse hacia Buenos Aires.
“Ya habrá usted sabido la renuncia de Rivadavia; su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. Con un hombre como este al frente de la administración, no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra contra el Brasil, por el convencimiento en que estaba de que hubieran sido despreciados; con el cambio de administración he creído mi deber hacerlo, en la clase que el gobierno de Buenos Aires tenga a bien emplearme: si son admitidos me embarcaré sin pérdida de tiempo, lo que avisaré a usted.” 3
En febrero de 1829 llegó al puerto de Buenos Aires y pudo saber la infausta noticia del derrocamiento del gobernador Dorrego y de su trágico fusilamiento a manos de los unitarios de su ex subordinado Lavalle. Muy a su pesar, el general decidió no desembarcar. Muchos oficiales le enviaron cartas al barco y lo fueron a visitar con la intención de que se hiciese cargo del poder. San Martín se negó. Tomase el partido que tomase, tendría que derramar sangre argentina y estaba claro que no era hombre para esas faenas.
Triste y decepcionado se trasladó a Montevideo desde donde  escribía el 6 de febrero de 1829: “A los cinco años justos de mi separación del país he regresado a él con el firme propósito de concluir mis días en el retiro de una vida privada, mas para esto contaba con la tranquilidad completa que suponía debía gozar nuestro país, pues sin este requisito sabía muy bien que todo hombre que ha figurado en la revolución no podía prometérsela, por estricta que sea la neutralidad que quiera seguir en el choque de las opiniones. Así es que en vista del estado en que se encuentra nuestro país y por otra parte no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión, he resuelto para conseguir este objeto pasar a Montevideo, desde cuyo punto dirigiré mis votos por el pronto restablecimiento de la concordia.” 4
Así se sinceraba con su querido amigo Tomás Guido: “Si sentimientos menos nobles que los que poseo a favor de nuestro suelo fuesen el Norte que me dirigiesen, yo aprovecharía de esta coyuntura para engañar a ese heroico, pero desgraciado pueblo, como lo han hecho unos cuantos demagogos que, con sus locas teorías, lo han precipitado en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar a los medios. Después de lo que llevo expuesto, ¿cuál será el partido que me resta? Es preciso convenir que mi presencia en el país en estas circunstancias, lejos de ser útil no haría otra cosa que ser embarazosa, para los unos y objeto de continua desconfianza para los otros, de esperanzas que deben ser frustradas; para mí, de disgustos continuados. Suponiendo que la suerte de las armas me hubiese sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. La presencia de un militar afortunado es temible a Estados que de nuevo se constituyen.” 5
El mismo día de su partida definitiva le decía al oriental Fructuoso Rivera: “Dos son las principales causas que me han decidido a privarme del consuelo de por ahora estar en mi patria: la primera, no mandar; la segunda, la convicción de no poder habitar mi país, como particular, en tiempos de convulsión, sin mezclarme en divisiones [...]. Mi carácter no es propio para el desempeño de ningún mando político [...] y habiendo figurado en nuestra revolución, siempre seré un foco en que los partidos creerán encontrar un apoyo [...]. Firme e inalterable en mi resolución de no mandar jamás, mi presencia en el país es embarazosa. Si éste cree, algún día, que como soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera (nunca contra mis compatriotas), yo le serviré con la lealtad que siempre lo he hecho.” 6
El general se iba para siempre de la patria que algún día lo nombraría padre, pero para eso faltaba mucho tiempo y mucha sangre.
Referencias:
1 Carta de San Martín a O’Higgins, del 20 de octubre de 1827, en Galasso, obra citada.
2 Norberto Galasso, Seamos libres, Buenos Aires, Colihue, 2003
3 Carta de San Martín a O’Higgins
4 Comisión Nacional del Centenario, Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, Imprenta Coni Hnos., 1910-1911,
5 Carta de San Martín a Tomás Guido, enero de 1829.
6 Arturo Capdevila, El pensamiento vivo de San Martín, Buenos Aires, Losada, 1945.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

jueves, 22 de agosto de 2013

Declaraciones de Amor Peronista.


-Me hice peronista leyendo mucho y descubriendo que la izquierda, de la cual yo era muy cercano, tenía algunas cuerdas que no sonaban muy bien. Por ahí esos tipos, Scalabrini, Cooke las hacían sonar mejor. Entonces me volví peronista, con el peronismo proscripto.

-Cuando uno empieza a ser peronista? Esa frontera es muy difícil de precisar. Uno empieza a ser peronista cuando empieza a ser pelado. La calvicie es una sucesión de faltas de pelo y en el peronismo toda línea divisoria es un problema y es susceptible de tantas interpretaciones como personas pisan esa línea. Lo mismo pasa con el gorilismo.

-Los hombres son procesos y no hay una pertenencia definitiva (...) Siempre se está cambiando.Uno no es peronista, uno pasa por el peronismo. Y el peronismo te deja atrás. O uno deja atrás al peronismo, uno va más rápido. Y a veces sigue de largo. Y después el peronismo te alcanza y te supera como pasó en el 2002. Eso hay que admitirlo (...) los peronistas están acostumbrados a esas mutaciones. El que se afilia al Partido Demócrata Progresista no tiene que definirse como tal; significa que resulta muy fácil serle fiel.

-En la cortina de mi programa hay una frase: "Un programa que va purificando su audiencia, buscando el acuerdo absoluto de la soledad". La única manera de que no haya heterodoxias es quedándose solo.

-Hay que ser riguroso en las alianzas cuando estás poderoso. Cuando tenés mucho poder podés ser riguroso. Pero cuando venís de capa caída, dudoso, de poco poder, entonces "vení flaco, después conversamos". Las alianzas sirven para hacerse del poder. No se las podemos criticar a los opositores, se proponen desalojar del poder al kirchnerismo.

-El peronismo se mueve en un lugar de pliegues, barroco en la pintura. Por eso yo hago muchos bosques en mi pintura, porque me permiten los claros y aperturas luminosas, pero sobre un fondo oscuro, de sombras. El peronismo funciona bien en ese espacio barroco de la política. El peronismo se permite entrar y salir de esos lugares oscuros e incluso dejar se peronista (como en la época de Menem), pero sigue circulando como peronista. Luego algunos seguidores volvieron a aparecer en el claro del bosque como peronistas y no somos nadie para decir lo contrario.

-Algunos kirchneristas tienen una cosa muy purista, pero tiene que ver con su origen. Gente más dura, acostumbrada a funcionar en la luminosidad de los mediodías, donde no hay contrastes. Eso es el progresismo.Por eso tienen esas prevenciones contra el peronismo. Cualquier lugar de oscuridad los pone en la defensiva y hace que inmediatamente tiren la pastilla de Gamexane.

-El peronismo es positivista, no neutro. El peronismo es la felicidad inmediata dijo Santoro. Yo agregaría "es la única que existe". No hay felicidad a largo plazo. No existe felicidad como la inversión de la hormiga, ese sacrificio hasta la quinta generación para que la sexta disfrute.

-El peronismo es ese chalecito californiano construído en lugares inconvenientes, pero ya, ahora.

-El goce no es la felicidad. Son cosas distintas. El goce es el peronismo. Lo que el peronismo no puede hacer es pedir sacrificios. Por eso no hay ajuste en el verdadero peronismo. Cuando empieza el ajuste termina el peronismo.

-La mitología del parquet es perfecta: el tipo goza de la casa, del chalecito. Le prende fuego al piso y se la va comiendo.

-El peronismo consiste en hacerse dar una casa por el gobierno para luego usar el parquet haciendo asados.

-El peronismo es escándalo. Eso es entrarle a la sociedad de consumo por otro lado.

-Cuando te empieza a dar vergüenza prender fuego el parquet, empezás a dejar de ser peronista.

-El peronismo es la gran fábrica de clase media. El triunfo del peronismo es su propia desaparición. El éxito de la revolución peronista es el de crear tanta clase media que prescinde del peronismo, que en el final no hay más peronistas.

domingo, 18 de agosto de 2013

Los leales pueden disentir, los obsecuentes siempre traicionan

EDITORIAL
 
La semana pasada, los muchachos de la JP, la JUP, la JTP y los Montoneros se excusaron ante el General Perón de concurrir a una entrevista del Jefe del Movimiento con los sectores Juveniles. Las tratativas para que la reunión se realizara fracasaron cuando el criterio de la JP expuesto en la entrevista de Gullo y Obeid con Perón, de hacer una reunión de trabajo no fue aceptado. Se invitó así a un montón de siglas sin representación real, y también a algunos individuos que no se expresaban más que a sí mismos. De esta manera de la reunión con el General no salió nada en concreto en cuanto a la unidad del sector y su organización. Un resultado previsto por los compañeros cuando fundamentaron su ausencia.
Más allá de este asunto, explotado por quienes quieren dividir al movimiento peronista, se plantea concretamente cuál es el derecho de cada peronista a disentir -dentro del movimiento— con las políticas y resoluciones que surgen de la conducción.
La historia del peronismo está llena de ejemplos de cómo la amplia conducción del General Perón, permitió el honesto ejercicio de disentir y discutir en el seno del peronismo El 22 de agosto de 1951, cuando Evita quiso renunciar a la vicepresidencia, un pueblo entero, en la más grandiosa manifestación peronista, disentía con Evita y con Perón. Así lo expresó frente a ellos, a tal punto que Evita no pudo renunciar ante la masa ese día; sino que lo hizo recién una semana después y por radio.
Los diputados obreros durante el primer gobierno peronista rechazaron varias veces proyectos que surgían del ejecutivo. Fundamentaban, desde una posición peronista sus disidencias y votaban en contra del Ejecutivo, presidido por el General Perón. El mismo y querido por Perón, John Cooke, se opuso firmemente a los contratos petroleros y así se lo expresó a Perón quien le contestó que en la Cámara podía discutirse y aprobarse o no. Perón ha alentado esta práctica interna.
El problema está en establecer bien la diferencia que hay entre disentir y traicionar; o la obsecuencia y la lealtad.
Quienes desde la lealtad se atreven a pensar y disentir, se diferencian en mucho de aquellos que ocultan con la obsecuencia la traición. Y también aquellos que con el cuento de la verticalidad ocultan tanto el oportunismo para sacar tajada personal como la mediocridad mental del que no se atreve a pensar. Digamos que entre un montonero o un muchacho de la JP, que han peleado con su vida, su libertad expuestas para mantener obstinadamente la bandera del Perón Vuelve, hay una gran diferencia con un traidor. Uno quiere hacer las cosas mejor para Perón y el Movimiento y el otro traiciona miserablemente. Uno lo hace desde toda una lucha limpia y sin intereses personales, el otro es “leal” desde su alianza con el enemigo. Prefiero la disidencia de un luchador, a la obsecuente “lealtad” de un verticalista que
pone cara de bueno y nos está entregando al enemigo. Esas lealtades terminan matando. Es que desde hace un tiempo, los aspirantes a herederos no tienen otra idea fija que suceder a Perón y han inventado lo de la verticalidad que utiliza la sonrisa obsecuente y el asentimiento a todo pero soñando con el testamento. Quieren convertir a los peronistas en una masa mogólica, a la que no le estaría permitido ni siquiera pensar. El líder, se alimenta de su pueblo. Perón siempre ha dicho que él hace lo que el pueblo quiere, pero si desorganizados, desmovilizados, reprimidos, bombardeados y asesinados dejamos de decirle al General lo que queremos lo privamos del elemento más rico de su condición: que es la voluntad del pueblo. Ahora resulta, que un señor como Mar-tairena que no sólo disintió con Perón días después de que cayó en 1955 sino que traicionó diciendo que él nada tenía que ver con el General caído, se muestra como el más verticalista de todos. Esto es sucio y artero. Porque era más sucio y artero apartarse de un Perón derrotado y volverse obsecuente ahora que está triunfante. Estos hombres son ahora los que nos hablan de lealtad. Algo tiene que ocultarse detrás de estos personajes; así como esta disidencia limpia y honesta de los compañeros de Montoneros, JTP, JP y JUP no oculta nada más que la vocación de servicio a la causa por la que les enseñó —nos enseñó— a pelear el General.
Es que estos señores que ahora se llenan la boca de verticalismos y lealtades no son sólo oportunistas que corren detrás de los beneficios de una sucesión. Son también portavoces de todo aquello que se opone a nuestra liberación. Ya sabemos que muchos de ellos están ligados directamente al imperialismo. A partir de sus minúsculos intereses de sector o individuales es ése el papel que están cumpliendo dentro del Movimiento. Por eso no quieren pueblo ni organización de los trabajadores, porque ambas cosas van mucho más allá que los intereses individuales, que las apetencias personales, que la ambición de poder.
Nosotros pensamos que nuestra causa tiene historia y también muchos años por delante; y ante esa perspectiva, los hombres pasan, los hombres mueren y como nos ha enseñado Perón lo único que vence al tiempo es la organización y por eso la exigimos. Eso lo sabe el imperialismo y por eso está organizado; si no ya lo habríamos derrotado. Eso lo sabe y por eso busca de aliados a personajes para los que la continuidad de una lucha no tiene ningún valor; personajes cuya única causa es la de beneficiarse a ellos mismos.
¿Por qué Perón es líder y conductor? ¿Por qué generó lealtad? Porque a su vez fue consecuente con un principio que todos mamamos: en la lucha por la cual estamos empeñados la lealtad fundamental es la lealtad a la clase trabajadora. Y es precisamente de ese valor de donde surge y es aceptable la verticalidad. La de los obsecuentes es la verticalidad de los traidores porque ellos se mueven sin trabajadores; directamente no les importa, salvo cuando los visualizan como algo peligroso.
Las disidencias de Montoneros, JTP, JP y JUP durante este último tiempo han sido claras y expresadas con limpieza. Recordar cada una de ellas nos lleva a asumirlas como propias porque realmente no pueden ocultar nada más que la intención de asegurar el triunfo popular. Y más si son hechas por los que lucharon verdaderamente contra la dictadura y más si son criticadas por quienes estuvieron debajo de la cama todos estos años. Tratemos de recordar a estos figurones en alguna actitud de lucha en estos 18 años. Tratemos de recordar a Llambí, por ejemplo. A algunos de los miembros del Consejo Superior. Al mismo Camús ese que lee los comunicados siempre defenestrando a alguien luego de las reuniones del Consejo, ese mismo que defendió a los matones de Paladino cuando ocuparon el edificio del Consejo Superior para que Perón no lo sacara de Delegado. No me acuerdo de ninguno.
Nuestros compañeros sostienen que el pacto social es una trampa, porque no lo firmaron los trabajadores sino una burocracia sindical sin apoyo de las masas. Están con el pacto para esta etapa, pero un pacto en serio, no este que para uno da mayores ganancias y para otros explotación e injusticia. Evita decía que estaba bien eso de que bajo el peronismo durante el primer gobierno los empresarios y trabajadores repartieran la ganancia; pero —decía— para que esto sea justo habrá que tener en cuenta que los empresarios han oprimido y explotado a los obreros durante siglos. Así que primero habría que dejar que los obreros explotaran durante siglos a los patrones, después sí, después podemos ir a medias. Porque si no, corren con ventaja.
Más ventaja aún si los que firman por los trabajadores son los que los traicionan día a día.
Por esto, también estuvimos contra algunos aspectos de la Ley de Asociaciones Profesionales. Porque estamos de acuerdo con hacer una ley que permita lograr organizaciones sindicales cada vez más poderosas, pero también creemos que no se puede utilizar como se hizo, esta aspiración peronista para incluir de contrabando algunos artículos que aseguraron los sillones a los burócratas. Esa ley frenó el trasvasamiento sindical y la posibilidad de dirigentes elegidos libremente por la base. Ya se ve: a éstos no los quiere nadie, tienen que andar de fraude en fraude para mantenerse en los sindicatos. La Ley les aseguró la legalidad del fraude. Están seguros ahora.
Tampoco estamos de acuerdo con las leyes represivas, porque Perón nos enseñó que la violencia no se combate de esta forma y que esa ley en definitiva va a servir para reprimir al pueblo; al fin y al cabo una huelga medio dura va a terminar siendo encuadrada en asociación ilícita para delinquir.
También nos opusimos a que en la Ley de Radicaciones de capitales se incluyera un artículo que permite que las cuestiones entre el Estado argentino y una empresa intrnacional, sea decidida por un tribunal internacional que está en Ginebra. ¿Así que si delinquen en nuestro país se los juzga- en el extranjero? Y en cuanto a este asunto de los capitales extranjeros: no estamos de acuerdo en basar todas las aspiraciones de nuestra liberación en los pesos extranjeros. Hay que utilizarlos, de acuerdo, pero de una manera accesoria porque esos préstamos ya sabemos cómo se pagan; nosotros proponemos el ahorro interno, los argentinos trabajando por su porvenir. Pero esto significa también el pueblo participando en el gobierno. No sólo a través de Perón sino gobernando en todos lados, porque Perón, lamentablemente, no puede estar en todos lados.
Y nos oponemos finalmente a la desmovilización y desorganización del Movimiento Perónista. Nos oponemos al decreto de cierre de unidades básicas. Nos oponemos a que el Movimiento sea expresado por figurones que desorganizan y debilitan la fuerza popular. Esa fuerza que podría permitir a Perón avanzar sobre la penetración imperialista y hablar con los imperialistas con el pueblo alerta. Porque no está mal mandarle cartas a Nixon, pero estaría correcto mostrarle un pueblo entero dispuesto a ser respetado por su organización y a través de ella construyendo su destino. Porque es con el pueblo organizado y no sólo con “el gobierno organizado” como combatiremos al enemigo de la Nación; no es repitiendo fracesitas como se combate, es con la conciencia del pueblo que no es mogólico y que no necesita que le repitan todo el día por radio esas frases hechas por algún genio de barrio para darse cuenta de lo que pasa.
¿Por qué, nos preguntamos, no podemos tener un Movimiento Perónista bien organizado, desde abajo, donde podamos estructurarnos y elegir los dirigentes que nos representen realmente? ¿Cuál es la razón? Y aquí está nuestra disidencia principal. Porque el Movimiento está en manos de gente que le tiene miedo a la masa. Porque ¿qué es lo que no se quiere escuchar? ¿Cuál es el temor que existe de que los peronistas elijamos a nuestros dirigentes? ¿O se tiene miedo de que la masa se exprese por los que ellos quieren echar? Lo malo es que hay muchos que utilizan de muchas maneras esas disidencias. Los unos, para sacarnos del campo y cosechar solos, otros, que aprovechan la volada y la juegan de honestos para reubicarse muy oportunamente y otros que desde la izquierda nos hacen caídas de ojos para que nos vayamos del Movimiento.
Pero este Movimiento es nuestro y en él nos vamos a quedar. Nos empujan de adentro y nos llaman desde afuera pero, ¡minga! la vamos a pelear desde adentro. Esa es nuestra mejor muestra de lealtad a la clase trabajadora, al pueblo, al Movimiento Perónista y a la Patria.

DARDO CABO

furnte: Ruinas Digitales