lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
El peligroso no es el loco que se cree Napoleón, sino el especialista que se cree amo y señor de la normalidad.
Por Néstor A. Braunstein
Poco importan aquí las razones por las que me siento íntimamente ligado a
la vida política de mi país natal, ese del que falto hace casi 40 años.
El exilio no mata las raíces; las hace más profundas. Por fortuna, el
arraigo tecnológico de hoy en día permite grandes sorpresas. “Yo” queda
estupefacto por la dimensión de las maravillas y de las tonterías que en
mi patria se engendran.
Despierto un día y encuentro que una figura mediática, un Nelson Castro
que invoca su condición de médico, ha descubierto que la máxima
autoridad de la República, la presidenta, está afectada por un
misterioso mal, una “enfermedad del poder”, que él ha sabido detectar y
diagnosticar: se trata del “síndrome de Hubris” que fuera objeto de
minuciosas descripciones clínicas a partir de la obra de Lord David
Owen, alguien que, si se me permite el triple oximoron, es un
“respetable político inglés”, médico neuropsiquiatra, también él, que
lanzó esta flamante categoría diagnóstica. ¿Sabrá Castro que Lord Owen,
como ministro de exteriores británico fue el más feroz propulsor de
sanciones económicas y diplomáticas contra la Argentina después de la
guerra de las “Falkland” no sin antes haber promovido la venta de armas a
la junta militar para el asesinato de nuestros compatriotas? ¿Será esa
una manifestación de la “hubris” del fabricante de síndromes?
Hubris o hybris -puede discutirse la trasliteración del griego- es una
palabra que lamentablemente falta en el diccionario de nuestra “Real”
Academia y por eso no podemos dar una definición “oficial”. Su
antigüedad es tanta como la de nuestros más venerables conceptos
psicológicos. Aunque los griegos tenían tendencia a transformar en
dioses a esta clase de vocablos (Némesis, Tánatos, Agapé, Neikos, tantos
más) y por lo tanto podrían escribirse con mayúsculas, son términos del
lenguaje coloquial y nada es más lógico que tomarlos como sustantivos
comunes y, en lengua romance, escribirlos con minúsculas.
Hubris, por la pereza de los “académicos”, es convertida en alguno de
sus aproximados sinónimos: soberbia, arrogancia, prepotencia, etc. Se
marca con este rasgo lamentable a quienes disponen de autoridad y la
ejercen de manera arbitraria. ¿Existe la hubris? Por cierto que sí y
pululan los ejemplos en la historia y en la literatura. Con frecuencia
los gobernantes se sienten tentados a poner a prueba los límites de su
dominación y en ese empeño provocan su propia ruina. La hubris es el
elemento común a todos los héroes trágicos, aun los que terminan
muriendo en la cama como Stalin o Franco. Existe la hubris como existen
la envidia, la presunción o la idiotez (boludez, si se me permite un
sinónimo que, en mis tiempos, allí, era grosero). Que cualquiera pueda
decirle a otro que es tal o cual de esas “cosas” de modo más o menos
insultante no forma parte del vocabulario de la psiquiatría o de la
medicina forense, en todo caso no para quien recibe la ofensa. Habría
que medir la hubris de los psiquiatras que pretenden bautizar o aplicar
esa palabreja como categoría clínica..., como quien dice “enfermedad de
Alzheimer”, “síndrome febril” o “signo de Babinski”.
Con esa pedante presunción se pasa con gaseosa fluidez a los criterios
trastornados del DSM-5 que tantos estragos causa en la psiquiatría desde
su promulgación en 2013 y, mucho antes, con sus cuatro antecesores
eslabonados a partir de 1952. El Lord Owen parece haber definido 14
rasgos del síndrome de Hubris (así, con mayúsculas)... de modo que, ya
sabe usted, si tiene 9 o más de esos 14 tildes o “palomitas” como los
llamamos en México, usted, mi amigo -se lo digo yo que soy especialista-
tiene un síndrome de esos, un verdadero “trastorno de la personalidad” y
más vale que se haga tratar.
El “diagnóstico” se lo endilga el doctor Castro de manera
condescendiente a la presidenta. Digo “condescendiente” porque
lamentablemente no dispongo tampoco en español de la palabra que tengo
en la cabeza ¡también inglesa! “patronizing” que implica lo paternal y
patronal. “¡Cuídese! Necesitamos que su salud emocional sea perfecta y
que actúe con sabiduría”. ¡Textual!
La psiquiatría contemporánea tiende a hacerse cargo de la medicalización
(veterinización) de la vida entendiendo que todos los humanos son más o
menos “anormales” y calificando como “trastornos de la personalidad” a
quienes no gozan de “salud emocional perfecta”. Así se amplía el mercado
y se refuerza a la generosa industria farmacéutica que coimea a los
especialistas para que diagnostiquen y “traten” a sus “trastornados” o
“enfermos” como no vacila en llamarlos el “doctor” Castro.
Que a los poderosos “se les suban los humos” no es novedad ni es asunto
de la medicina. La población sabe lo que hacen sus gobernantes y pueden
expresar su acuerdo o no con ellos. El gesto de construir en Río
Gallegos un mausoleo gigantesco que se parezca al de Napoleón en París,
puede calificarse de “justo homenaje” o de “tilinguería” que demuestra
miopía política. Nada autoriza a los Owens y Castros a contrabandear
epítetos y aplicarlos como diagnósticos según sus antipatías. La mala
leche, como la envidia o la boludez no son “trastornos de la
personalidad”. Que el “doctor” diga lo que se le antoje; no hay porqué
atacar o limitar al periodista tramposo que usa su bata blanca a modo de
armadura para “aconsejar sana y sabiamente” al político supuestamente
extraviado.
El peligroso no es el loco que se cree Napoleón sino el especialista
cuando se cree amo y señor de la normalidad y de la salud emocional,
etiquetador y corrector de distorsiones. En ese caso lleva las cotas de
hubris al nivel de la inundación. La infatuación acecha a todos los
humanos, incluso a quien busca carecer de ella y aspira a ser “yo”
cuando los demás y hasta él mismo lo confunden con “Borges”.
*Braunstein es médico psiquiatra y psicoanalista argentino, radicado
en México desde 1974, y autor del libro “Clasificar en psiquiatría”
(Siglo XXI, 2013)
Un problema filosófico surge cuando se pone en evidencia que, sobre
un concepto aparentemente estable en su significación, hay lecturas
opacadas que no salen a luz. Es que en ningún otro lugar se juega todas
sus fichas el poder, como en el saber: desde la definición de una
categoría hasta su instalación como sentido común cotidiano.
Es por esto que en nuestros tiempos, la
cuestión de los medios se ha vuelto central: el poder ante todo “decide”
frente a la indecidibilidad de cualquier término; esto es, lo sustrae
de su libertad. La libertad de todo concepto de ser abierto y en
constante reinvención. Por eso un buen monopolio debe ante todo
apropiarse de la idea de libertad y maniatarla. Quitarle sus grises.
Cristalizarla en un sentido único. Apresarla. Si la libertad se
define de un único modo, ya no es la libertad. Un problema filosófico
bien terrenal se manifiesta cuando en nombre de la libertad se prohíben
otras voces, se ocultan otras perspectivas, se exige silencio. Históricamente, las sociedades capitalistas han emparentado la
libertad a la seguridad, lo propio a la propiedad privada. Y en una
comunidad libre, la voz del otro siempre es prioritaria, ya que el
alineamiento de la libertad individualista con la propiedad privada solo
genera un mundo con libertad para los que están adentro y falencia para
los que están afuera. De hecho, el mismo término “delincuente”, lleva
en su origen la idea de una falta (cometer una “falta”) y el poder
necesita ejercerse sobre sus propios delincuentes. Solo habrá libertad
plena cuando nadie se adjudique ser su propietario…
A pesar de los años transcurridos, el atentado a la mutual judía sigue sin esclarecerse y el reclamo de justicia continúa firme. INFOnews dialogó con Daniel Goldman y Ricardo Forster sobre las huellas indelebles en una sociedad que maduró, pero que aún tiene cuentas pendientes.
A 18 años de la explosión, la causa Amia sigue abierta, sin detenidos y con un profundo dolor en el corazón de los familiares y amigos de las 85 víctimas fatales y los 300 heridos del segundo atentado que vivió Buenos Aires entre 1992 y 1994.
El rabino de la comunidad de Bet-El, Daniel Goldman, dialogó con INFOnews y afirmó que a pesar del tiempo “hay marcas imborrables en aquellos que despiertan cada mañana y el ser querido no está con ellos”.
El filósofo Ricardo Forster, en tanto, señaló que “la falta de justicia real, las investigaciones fraudulentas y las complicidades, que abarcaron a una parte de la dirigencia comunitaria, dejaron una huella dolorosa”.
“Fue un hecho que cambió la percepción de una tierra hospitalaria en una tierra amenazante. Y más sabiendo que había conexión local. Eso puso una nota muy dura para los judeo-argentinos”, explicó.
“Vamos a crecer como sociedad en la medida en que socialicemos el dolor”
Sin embargo, los años transcurridos desde el 18 de julio de 1994 no fueron suficientes para alcanzar la conciencia de los argentinos. Los familiares de las víctimas (entre las que se encontraron tanto ciudadanos judíos como no judíos) tuvieron que luchar por la memoria no sólo de sus hijos, sino por la de toda la sociedad que no pudo ver que, además de un ataque a la mutual judía, fue un atentado al país, en el seno de su capital.
“En la Argentina pensamos muchas veces en la privatización del dolor y del sufrimiento. Que lo acontecido en la dictadura le pertenece a las Madres, que los de gatillo fácil le pertenecen a los familiares de gatillo fácil, o lo acontecido en la Amia le pertenece a este colectivo judío”, señaló en este sentido Goldman, y agregó: “Vamos a crecer como sociedad en la medida en que socialicemos el dolor”.
INFOnews: ¿La justicia puede sanar las heridas?
Ricardo Forster: “La justicia no puede redimir el dolor causado, pero siempre es reparadora de lo interior, de los sentimientos y da una cierta tranquilidad a los que han sobrevivido y a las nuevas generaciones de que el crimen y la violencia no fueron impunes”.
El ataque a la Amia tuvo lugar, como señaló Forster, “en una década donde la lógica del individualismo y la fragmentación social fueron creciendo, en el interior de una sociedad hiperconsumista, muy banalizada y poco preocupada por el otro”. “Hoy las cosas han cambiado”.
IN: ¿Puede haber justicia?
RF: “En los ‘90 la justicia estaba corrompida. Hoy, más allá de las dificultades, la experiencia que se ha ido construyendo alrededor de los juicios al terrorismo de Estado habilita para imaginar que es posible una justicia más justa en relación a una causa tan dañada. No se si será posible lograrla, pero las condiciones son mejores que antes”.
“Es un buen momento para que la sociedad pueda leer que efectivamente fue un atentado contra la vida argentina en su totalidad y que diferenciar la vida judía de la vida argentina es parte de ese veneno del prejuicio”, concluyó Forster.
Raúl Zaffaroni es uno de los mayores
especialistas argentinos en derecho penal y, desde hace nueve años,
integra la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Es autor de numerosos
libros y cuenta nada más y nada menos que con 32 distinciones Honoris
Causa en su honor.
Entrevista con Raúl Zaffaroni - Parte 1
Tajante a la hora de hacer definiciones y prolífico al escribir, el
profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires dialogó con INFOnews
sobre la dinámica del tribunal que integra, el pluralismo existente en
el Poder Judicial y hasta se animó a bosquejar algunos lineamientos para
una eventual reforma constitucional. Además, respaldó la candidatura de
Alejandra Gils Carbó a la Procuración General de la Nación y lamentó la
salida del cargo de su amigo Esteban Righi. INFOnews: ¿Cómo evalúa el desempeño de la actual Corte Suprema? Raúl Zaffaroni: Yo creo que la gran virtud que tiene
esta Corte es que somos siete personajes muy diferentes: con
especialidades distintas, con experiencias de vida diferentes, con
edades diferentes. Pese a ser tan diferentes y tener opiniones distintas
en muchas cosas, no tenemos bloques. Hacemos mayoría en algunos temas
unos, en otros temas otros y se nota en los fallos. No hay broncas
internas, no nos hacemos zancadillas raras.
Yo integré algunos tribunales colegiados donde era muy molesto, porque
empiezan las rencillas personales y llega un momento en que te perjudica
o te hace muy incómodo el trabajo. Realmente si hubiese vivido una cosa
así dentro de la Corte me hubiera ido hace rato ya. Tenemos nuestras
diferencias de opinión y un gran respeto entre nosotros, de modo que es
la primera vez que me siento cómodo en un tribunal colegiado y por eso
no me fui antes. Creo que si algo hacemos que puede ser mejor que lo que
hicieron otros, no lo sé, es como resultado de estas diferencias. No
somos una Corte muy homogénea en lo personal, somos muy distintos. IN: ¿La virtud esencial de esta Corte radica entonces en el grado de pluralismo interno que se ha alcanzado? RZ: Creo que si lográsemos que todo el Poder
Judicial sea plural en el sentido de un pluralismo ideológico, de un
debate interno de ideas, ese es el ideal de un Poder Judicial. La
imparcialidad no la tenés porque alguien es superior. No: cada juez es
un ser humano, que es hincha de un cuadro, que le gusta proteger a los
animales o no, que va a la panadería, que tiene todas las cosas que
tenemos todos los seres humanos. Por supuesto, hay alguien que dirá:
“No, los jueces de antes eran imparciales”…No. Alguien tiene sus ideas
políticas, tiene su visión del mundo… es normal. Si hay alguien que es
aséptico, apartidista, aideológico que se vaya al Tíbet, que no sea
juez.
Entonces la única idea de obtener el grado de objetividad humanamente exigible es que tengas pluralismo interno. IN: ¿Cuál es el grado de pluralismo existente en el interior del Poder Judicial? RZ: Yo creo que hay bastante pluralismo.
Lamentablemente, quizá la experiencia del Consejo de la Magistratura
conforme se hizo en la Constitución en la reforma del ´94, no ha dado el resultado que yo creí que iba a dar en ese momento. Debo confesar que en el ´94 creí que el resultado iba a ser distinto, que iba a fomentar ese pluralismo. IN: Hace nueve años que está en la Corte y se manifestó en contra de la vitalidad de los cargos. ¿Cómo conjuga eso? RZ: No es que esté en contra de los cargos
vitalicios. Lo que creo es que la vitalicidad es más bien una
característica monárquica que republicana. En cuanto a vitalicidad de
los jueces sí, pero en cuanto a vitalicidad de los órganos supremos
tengo mis dudas. La vitalicidad del procurador, por ejemplo, que es de
cabeza única, no, que puede marcar la política criminal de un país. O
sea, tengo mucho miedo de eso. Como tengo mucho miedo de una Corte
reducida a cinco. Es nuestra historia, lo dice la ley, en su momento fue
muy bueno, pero hay que tener cuidado porque son muy pocas personas
para con demasiado poder. IN: Acaba de mencionar la importancia del cargo de procurador
de la Nación. ¿Cómo ve la postulación de la Alejandra Gils Carbó para
ocupar ese lugar? RZ: No la conozco personalmente. He visto su
actuación en algunas causas y me ha parecido una mujer valiente, que se
juega y a cuerpo gentil a veces. IN: ¿Y cómo vivió la salida de Esteban Righi? RZ: A Righi lo conozco hace muchísimos años, por
supuesto. Cincuenta años hace que nos conocemos. No abro juicio sobre
eso, lamento que haya salido de esa forma. Es lamentable, pero son
cuestiones políticas y cosas que me exceden.
Raúl Zaffaroni, uno de los mayores
especialistas mundiales en derecho penal e integrante de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación desde hace nueve años, sostuvo en
diálogo con INFOnews que existe un uso abusivo de la
prisión preventiva en la Provincia de Buenos Aires, y que esta situación
“tiene un costo social enorme”. Además, señaló que “hay que tener
cuidado con tirarle a la Justicia pelotas de las que deben ocuparse
otros poderes del Estado”. INFOnews: En los últimos años, se ha revertido la imagen
negativa de la Justicia que gran parte de la sociedad tenía en la década
del 90. ¿A qué lo atribuye?
Raúl Zaffaroni: Creo que no es la Justicia sino que la
década del 90 en el país fue una catástrofe. Se hizo una publicidad
donde el Estado tenía que desaparecer y quedar en su mínima expresión;
el Estado tenía que servir para garantizar la soberanía del contrato por
un lado y para meter presos a los delincuentes por el otro y nada más.
En fin, el modelo de sociedad de 30 incluidos, 70 excluidos. A estos
últimos hay que controlarlos a garrotazos y a los 30 les garantizan que
nadie va a afectar sus intereses. Naturalmente que no fue sólo la
Justicia: se desprestigiaron todas las instituciones del país. El “que
se vayan todos” del 2001 es el resultado de todo eso. A mí no me gusta
hablar de crisis moral y todas esas cosas, pero fue una crisis cultural.
Creo que hoy se revaloran las instituciones de otra manera. Hay que
tener mucho cuidado con decir: “Vuelvo a creer en la Justicia”. Guarda,
porque los otros poderes del Estado no pueden tirarnos a nosotros y a la
Justicia en general, pelotas que tienen que jugar ellos.
IN: ¿Cuál es el peligro de que suceda eso?
RZ: Y el riesgo es que nosotros digamos que lo vamos a
resolver, porque no lo vamos a resolver. Cuando le tirás problemas
sociales a la Justicia, es absolutamente imposible que los resuelva.
Entonces hay que tener mucho cuidado con eso porque uno puede caer en un
narcisismo de decir que nosotros lo vamos a resolver y después pagamos
el costo de hacerlo, porque institucionalmente no podemos. Si hay una
falla en el grado de realización de un derecho social, podemos empujar
un poco a los otros poderes del Estado y decirles: “Muchachos, algo
tienen que hacer. No sé qué, pero algo”. Pero no podemos hacer un plan
de viviendas o limpiar el Riachuelo directamente. Les puedo decir:
“Empiecen a hacerlo”. Y controlar que estén ejecutando algo.
Entrevista con Raúl Zaffaroni - Parte 2
IN: ¿Cuál es el grado de acceso a la Justicia por parte de la sociedad?
RZ: Hay una cosa que es el acceso a la Justicia y otra
cosa que es la salida de la Justicia (risas). En la Justicia penal no es
una cuestión de acceso sino de salida. En la Justicia civil, laboral,
etcétera, es una cuestión de acceso. Ahora, el problema de resolver
conflictos a la gente es complejo, porque no existe en el mundo, ni
podría existir porque no hay presupuesto que lo aguante, un sistema que
toda la conflictividad social la pueda resolver formalmente en la
Justicia. Entonces, tenés que ir definiendo cuál es el ámbito de
conflictividad social que puedo abarcar y que presupuestariamente puedo
resolver. Y tratar de dar el mayor acceso, jerarquizando incluso
conflictos dentro de lo que se puede abarcar.
IN: Hay pequeños conflictos que se suscitan en la vida cotidiana
que no son tan importantes como para alcanzar la instancia de juicio.
¿Cómo se les puede dar cauce?
RZ: En eso tenemos un defecto importante. Hay
conflictos pequeños objetivamente, pero que subjetivamente son
importantes, y no tenemos forma de resolverlos. Si vos vivís en la
planta baja y te tiran botellas del resto de los pisos, o si el vecino
te humedeció la pared, necesitaría de un sistema rápido de resolución
del conflicto y no disponemos de eso. En la Constitución de la Ciudad de
Buenos Aires se prevé pero nunca se hizo, que son los tribunales de
vecindad que puedan resolver en forma rápida y práctica los
conflictos. Eso desgraciadamente no lo tenemos, lo cual es una fuente de
conflicto que por ahí termina en lo penal o dándole un garrotazo a otro
y que tiene que resolverse de manera más expeditiva digamos.
IN: Como los conflictos entre personajes de la farándula, por ejemplo.
RZ: No es sólo la farándula; a veces los políticos
también. Es un buen escenario sacarse una foto en las columnas de
Tribunales y todas esas cosas. Y se sabe que tampoco se van a llegar a
nada con algunas de esas denuncias, pero esas son las reglas del juego.
Hay denunciantes crónicos; una denuncia de un denunciante crónico no se
le niega a nadie, es como un vaso de agua.
Estereotipos, penas y sistema carcelario
IN: Desde los medios masivos de comunicación, se habla de un crecimiento de la delincuencia juvenil. ¿Coincide con esa visión?
RZ: No hay datos de la realidad que avalen eso.
Realmente, los delitos cometidos por menores en general no son graves.
Me refiero a homicidios. Si tomamos la franja etaria de homicidas, hay
muchos más veteranos que niños.
IN: ¿Y por qué prende ese discurso mediático?
RZ: Prende por estereotipo. Siempre hay que inventar un
chivo expiatorio, siempre hay que inventar un enemigo. Si tenés el
terrorista, bueno... Hace cuarenta años era el pibe de pelo largo, barba
y que fumaba un porro y que era un subversivo. Y ahora es el pibe de
barrios precarios. ¿Cómo te lo hacen? Te muestran un pibe de barrio
precario que hizo una barbaridad, al lado te muestran otro que se le
parece, tomando cerveza. “Este todavía no lo hizo”. Es el mismo criterio
del genocidio. En el genocidio pasa lo mismo: ¿por qué mato a todos los
otros? Porque son iguales y todavía no lo hicieron.
IN: La provincia de Buenos Aires es el distrito con mayor
cantidad de presos por habitante, con un sistema carcelario desbordado.
¿Qué se podría hacer ante este escenario?
RZ: La provincia de Buenos Aires tiene que reducir el
número de presos y el número de presos provisorios. Hay que ver cuáles
son presos preventivos y cuáles son presos preventivos que se puedan
excarcelar porque no implican un peligro; no se puede generalizar. Se
asusta a los jueces con juicios políticos y como resultado hay prisión
preventiva para todo el mundo. No vas a tener nunca presupuesto para
tener en condiciones dignas a una cantidad masiva de gente que
obviamente no creo que tenga necesidad de prisión preventiva. ¿Será que
se necesita realmente una prisión preventiva en esa dimensión? ¿O están
metiendo prisión preventiva simplemente para que no les hagan juicio
político? Tiene un costo social enorme, además, porque una prisión
preventiva es de alguna manera una pena, con lo cual estás deteriorando a
un sujeto gratuitamente si la estás usando abusivamente. Y creo que hay
un uso abusivo.
IN: ¿En qué casos, por ejemplo?
RZ: Si excarcelo a alguien que da cheques sin fondo,
llega a su casa y mata al vecino, bueno, yo no tengo la culpa. Ahora, si
lo tengo preso porque amenazó a la mujer y lo largo para que vuelva a
la casa y mate a la mujer, es otra cosa. Cuidado, distingamos una cosa
de otra. Hay que ser prudente en eso.
IN: Si hay tantos presos en el sistema, ¿por qué hay sectores que sostienen que los castigos son pocos y leves?
RZ: Si te están permanentemente todos los medios
masivos de comunicación instigando a la venganza, la gente percibe que
no hay penas. Y hay penas, altas penas. Las veo todas las semanas. La
pena cumple una función canalizadora de un sentimiento vindicativo que
es emocional y que es inevitable. Te cuentan que mataron a un nene y
tenés ganas de reventarlo al tipo. Bueno, canalizá eso más o menos de
alguna manera que no sea tan bruta.