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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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domingo, 30 de diciembre de 2012

ALEXIS TSIPRAS, LIDER DE LA OPOSICION GRIEGA, HABLA DE SU PAIS Y DE LA ARGENTINA

“Como Hércules, tenemos que limpiar la mierda y pelear con la hidra”
 
De gira por la Argentina, el dirigente de la izquierda griega explica cómo deforma el sector financiero de su país la situación argentina, rescata el desarrollo posterior a la crisis del 2001 y explica los desafíos de la oposición para superar al neonazismo y llegar al gobierno en Atenas.

Por Martín Granovsky
A los 38 años, Alexis Tsipras es el líder de Syriza, el movimiento político y social griego que enfrenta al gobierno conservador y proyecta llegar al poder por la vía democrática para terminar con la austeridad como principio máximo de la política. Tras unos días de visita en la Argentina, Tsipras aceptó comparar las dos situaciones con todas sus similitudes y diferencias.
–¿La Argentina sigue siendo tema de discusión en Grecia por la contracción de deuda, el default y la reestructuración? –Sí. Hablamos de ustedes.
–¿Del default o de la reestructuración? –De todo.
–¿Y después de este viaje a la Argentina? –Terminamos mucho más sabios. Estudiamos con detalle el proceso que se dio durante y después de la crisis. Vimos similitudes y también diferencias. De parte del Fondo Monetario Internacional las recetas fueron iguales en Grecia y en la Argentina. También fueron iguales en ambos países los medicamentos que se le dieron a Grecia y a la Argentina. Iguales y vencidos. Fracasaron. Nos llevaron a la catástrofe. El paciente griego internado en una cama europea está en coma. Todos los tubos y los medicamentos lo ligan al corazón de Europa. Es complejo. Si el paciente en coma muere, parece que la Eurozona tampoco puede sobrevivir. Por eso digo que tenemos similitudes y diferencias entre la Argentina del 2001 y la Grecia de hoy. Lo que es interesante es cómo presentan el ejemplo de la Argentina en Europa.
–¿Quiénes? –Los sectores más ligados al sistema financiero. La Argentina es el ejemplo de un país que le dijo no al sistema financiero mundial. Los sectores financieros de Europa distorsionan lo que ocurrió aquí. El ejemplo molesta a los círculos financieros. Por eso los centros ultraliberales están tratando no solo de distorsionar las cosas en términos ideológicos sino de presentar una trayectoria histórica diferente. Cambian los hechos. Durante nuestra estadía en la Argentina y en los encuentros que mantuvimos, hubo cobertura en noticieros de la televisión griega. Entonces ponían una imagen mía encontrándome con un dirigente argentino y, en pantalla partida, mostraban ejemplos del corralito argentino y la gente golpeando las persianas de los bancos.
–¿Sin poner las fechas de cada cosa? –Sin ninguna precisión. El mensaje es claro: “Sigan el camino que les propone la izquierda griega y llegarán a la bancarrota como en la Argentina”.
–¿Es interesante para Grecia el ejemplo de reestructuración de la deuda con quita? –Sí, claro, pero primero debemos ver qué hay de parecido en cada país y en cada coyuntura histórica. La negociación que llevó a cabo el Estado argentino después de la crisis es un ejemplo para estudiar y examinar. En los próximos años seguramente esto va a ser un tema en las facultades de ciencias económicas. Eso prueba que cuando hay un acreedor y un deudor, los dos están en situación difícil. No uno solo. La propia negociación lo demuestra. Pero yo veo otros puntos positivos más allá de la reestructuración de la deuda. El desarrollo económico argentino posterior a la crisis aguantó aunque el país quedó fuera de los mercados de préstamo. Aguantó porque contó con una base productiva amplia, y exportadora. Soportó porque desde un principio pudo revitalizar la economía interna y cubrir las necesidades del pueblo. En su segunda fase las exportaciones fueron importantes y garantizaron el crecimiento del Producto Bruto Interno. Pero también hay que tener en cuenta que cuando la Argentina pasó por la fase de crecimiento alta, el crecimiento global también era alto. Y además todo ocurrió dentro de una coyuntura regional sudamericana positiva. Nosotros en Grecia no tenemos ninguno de los dos puntos positivos. Ni crecimiento global ni coyuntura regional favorable.
–El peor de los mundos. –Sí, pero al mismo tiempo tratamos de hacer de la necesidad virtud. Con esa visión participamos dentro de la Zona Euro. Grecia tiene solo el 2,5 por ciento del PBI europeo y a la vez está en el centro de la opinión pública mundial. Esto no pasa, claro, por el hecho de que todos se preocupen acerca del sufrimiento del pueblo griego. El temor es el efecto dominó.
–O sea que un punto fuerte de ustedes es el temor. –Es que, si Europa sigue así, el principal país que pensará en salir de la Zona Euro es Alemania. Eso quiere decir que un pequeño país como Grecia puede ser una piedrita capaz de romper esa máquina gigante del motor ultraliberal. Por eso sufrimos un ataque frontal a nivel mundial en las últimas elecciones. Auguraban que vendría el caos. Quizá pueden aguantar mínimamente un escenario posneoliberal. Pero no lo pueden aceptar en el núcleo duro de Europa.
–La clave, pareciera, es la capacidad de daño de Grecia. –Muchas veces comparé la situación de Grecia respecto de sus socios europeos con otras épocas. Es como la Guerra Fría. Los dos sectores pueden tocar el botón, pero aunque uno lo haga ninguno ganará. La catástrofe será para todos.
–¿Cuál sería hoy ese botón? –El botón sería la explosión del euro. Pero el que pierda en esta Guerra Fría es el primero que dé un paso atrás. Por eso nosotros nos preparamos para un gran enfrentamiento. Hemos dicho claramente que desde el gobierno vamos a romper con los tratados de austeridad. Seguiremos en ese camino aunque nos corten los préstamos. No es un chiste. Lo vamos a hacer. Pero necesitamos el apoyo popular.
–El movimiento político de la izquierda griega produce en el mundo progresista admiración y preocupación. Admiración por su crecimento veloz en los últimos años. Preocupación por si esa velocidad no fuera suficiente. –El movimiento empezó en dos plazas de Atenas. Vamos a llamarlas de alguna manera: la de abajo y la de arriba. La plaza de abajo fue siempre más politizada, con asambleas temáticas, con diferentes charlas. Participaba mucha juventud. Practicaba democracia directa. Pero lo importante es que estas manifestaciones fueron completamente pacíficas con gran participación de masas, con muchísima gente.
–¿Qué pasaba en la plaza de arriba? –Fue menos participativa. Por eso el sistema se asustó más con la de abajo. No era lo mismo que romper un banco o romper un cajero electrónico. Romper fortalecía al sistema. En cambio la actitud pacífica sí les marcó un alerta. Hay que tener en cuenta que estas reacciones espontáneas y masivas derivaron en la caída de dos gobiernos. Pero en cambio, volviendo a la comparación de las dos plazas, los bancos quemados y las pequeñas propiedades quemadas no dieron resultados políticos. Es muy simple: con los incendios, el gran capital encontraba un pequeño comercio para llorar.
–¿Y ahora? –Ahora hay un reflujo del movimiento, una recesión política relativa. La gente espera cambios políticos agudos y pone más esperanza en un enfrentamiento político con más resultados. Por eso en las dos elecciones en mayo y en junio no pudimos ganar. Eso también creó un tipo de cansancio. Es duro ver que tampoco había resultados en un sentido de cambio.
–¿Cuál es el cambio deseable para la coalición de izquierda? –El único camino es derrocar al gobierno por una vía democrática. Tenemos una responsabilidad de la cual somos conscientes: una gran parte de la población puso sus esperanzas en el proyecto alternativo y debemos reforzar esa meta. Pero eso es al mismo tiempo positivo y negativo para nosotros. La gente espera de nosotros muchísimas cosas.
–¿Eso es lo positivo? –Sí. Y lo negativo es que deposite sus esperanzas y solo espere. El riesgo de la pasividad no existe solo cuando uno está en la oposición. Incluso en un futuro gobierno no podemos plantear una opción verdaderamente alternativa sin participación popular.
–¿Qué hacen para resolverlo hoy? –Lo primero que hacemos es decírselo a la gente permanentemente. Y vamos a seguir como antes de las últimas elecciones, con las asambleas populares en los barrios, en las grandes ciudades y en los lugares de trabajo. También pedimos a la gente que asista a las huelgas y sea parte de los movimientos obreros y sindicales que se están llevando a cabo. Al mismo tiempo estamos construyendo una gran red social de solidaridad. La llamamos solidaridad para todos. Dentro de la crisis, cualquier movimiento social es también muy político. Pero queremos crear una conciencia social colectiva. No es filantropía. Es conciencia social. Estas redes pueden ser el núcleo de una nueva organización social de masas, que a su vez puede ser el núcleo de grandes cambios sociales.
–Escuché que le preocupaba el neonazismo en Grecia. ¿Cuál es el nivel de arraigo popular de los neonazis? –Es un acontecimiento muy triste. Este contexto político nació dentro de la destrucción de la cohesión social de la sociedad, en combinación con el terror y el temor. Al mismo tiempo con dificultades. En ese contexto aparecen como chivo expiatorio las grandes masas de inmigrantes.
–¿De dónde? –En los últimos años Grecia se convirtió en una prisión de inmigrantes. En Europa tenemos Dublín II, el famoso tratado, que “protege” a los países del norte y del centro de Europa. Eso crea un colchón de inmigrantes en Italia, España y Grecia. En nuestro país gran parte de la frontera es agua. Son islas. Hay grandes organizaciones mafiosas que traen especialmente inmigrantes a través de Turquía. La mayoría, cuando llega, ya caminó miles y miles de kilómetros. Vienen de países en guerra o de naciones que sufrieron cambios climáticos dramáticos... Venden lo que pueden a los mafiosos, que los trasladan en barcos como sardinas en lata. Cuando llegan a Grecia los meten en centros. Después los dejan libres. Hacen lo que pueden para sobrevivir. Pero son muy frágiles ante la manipulación del crimen organizado. Decenas de personas viven hacinados en pequeños departamentos. Hay lugares dentro Atenas que ya son ghettos. En esos lugares hay grandes enfrentamientos. Es dentro de esa compleja situación que nace la ideología de la xenofobia y del fascismo. Hay una base real de donde salen estas ideas.
–La crisis en todas sus dimensiones. –Con la crisis esto se multiplica. Es triste, porque el pueblo griego no tiene comportamiento racista. No está en su tradición. Es un pueblo de inmigrantes. ¿Cómo puede ser racista? ¿Cómo un pueblo que organizó partisanos antifascistas puede permitirse que de su seno crezcan movimientos neonazis? Por eso existe un hombre de 92 años, Manolis Glezos, que fue guerrillero y estuvo en el Parlamento griego para dar lecciones de historia.
–¿Los pueblos aprenden de la historia? –La Historia la escriben los que ganan. Hay que ver si esa Historia es la verdadera. Pero nosotros queremos guardar la memoria histórica de nuestro pueblo de generación en generación en la construcción de una conciencia social colectiva. Grecia sufrió mucho porque es un territorio vital. En el último siglo tuvimos dos ejemplos de batallas heroicas. Primero la resistencia en la Segunda Guerra Mundial, cuando el Frente de Liberación Nacional estuvo muy cerca de llegar al poder y la invasión a nuestro país no lo permitió. Segundo ejemplo, la resistencia contra la Dictadura de los Coroneles, entre el ’67 y el ’74. Eso tiene un peso histórico muy fuerte y seguiremos adelante mirando ese faro.
–¿Por quién se sienten acompañados en Europa? –Europa está pasando por una fase de transición. Afrontamos la mutación de la socialdemocracia en una fuerza neoliberal pura. Deja un hueco político inmenso porque rompe sus lazos de tradición con capas sociales importantes. Son las capas que convirtieron a la socialdemocracia en hegemónica. Syriza nació en gran parte dentro de ese hueco político. En el resto del sur del Europa tendremos esa misma trayectoria, pero con pasos quizás más lentos. Por eso nuestras alianzas europeas comienzan a la izquierda de la izquierda y terminan a la izquierda de la socialdemocracia. Los aliados más fuertes en el continente europeo son los movimientos sociales y los que se convencen cada día más de que la austeridad no es el camino. Ahí comienzan nuestras alianzas.
–En Grecia debe ser una tentación inspirarse en figuras clásicas, ¿no? –¿Mitológicas o reales?
–No sé. Queda a gusto del consumidor. –Elijo una figura mitológica, entonces: Hércules. Cuando los dioses lo castigaron, una de las tareas de Hércules era limpiar la mierda. Pasó meses y meses sacándola. Terminó su obra. Entonces le encargaron otra tarea: debía cortar la cabeza de la hidra. El problema es que cuando cortaba una cabeza salían otras dos nuevas. Eso pasa con el sistema financiero internacional. Tenemos que limpiar la mierda y enfrentar a la hidra. Por eso queremos construir una gran fuerza política: porque no será fácil.

fuente: Página 12
martin.granovsky@gmail.com

viernes, 29 de junio de 2012

Los griegos, la democracia y el anarcocapitalismo





por Ricardo Forster
Lo sepamos o no, nuestro lenguaje político guarda la memoria de un remotísimo pasado en el que se inventaron las palabras con las que todavía intentamos nombrar las diferentes y antagónicas formas a través de las que imaginamos la sociedad. Palabras que arrastran, en su larga marcha por el tiempo, litigios que regresan, una y otra vez, sobre nosotros recordándonos que mientras persista la injusticia o la desigualdad, mientras la suma de los incontables quede afuera de la distribución igualitaria de las decisiones y del pan, seguirá habiendo “política” y la democracia, su alojamiento indispensable, permanecerá como expresión de lo irresuelto.
La democracia, sistema que hoy se despliega a través de una parte considerable del planeta, no es ni ha sido el producto de una decisión mancomunada y pacífica que, en los albores de Occidente, tomo el conjunto del pueblo ateniense. Fue, ayer como hoy, el resultado de un conflicto, la evidencia de una comunidad partida, la larga travesía de los incontables por ser parte de la suma y por quebrar la geometría de las jerarquías nacidas del dinero, la propiedad y la sangre para habilitar la aritmética de los iguales. Los griegos no se encontraron sin esperarlo, y como si fuera un regalo de los dioses olímpicos, con la democracia. No se trató ni de una esencia que esperaba su oportunidad para ofrecerse a los seres humanos ni de un dato de la naturaleza. Fue, antes bien, la consecuencia de la invención social o, como diría el filósofo Cornelius Castoriadis, la evidencia primigenia de un imaginario social-colectivo capaz de quitarle la soberanía al tirano o a los oligarcas para construirla desde el propio demos transformando el poder, hasta ese momento otorgado por los dioses o por la fuerza inescrutable del destino y sostenido en el secreto de lo que proviene del reino de lo sagrado, en una experiencia pública, visible y deliberativa.

Por primera vez se instituyó un ámbito de debate, el ágora, al que tenían acceso todos los ciudadanos en condiciones de igualdad, es decir que todos, absolutamente todos, tenían el mismo derecho a tomar la palabra independientemente de su condición social o de sus cualidades retóricas (a eso se lo llamó isegoría) y a que lo hicieran con entera libertad (el nombre que se le dio a ese giro revolucionario fue el de parresía). Fueron las reformas de Efialtes, Pericles y Clístenes, en ese extraño y fascinante siglo V a.C., las que abrieron la extraordinaria experiencia de la asamblea de los iguales cuyos cargos electivos se resolvían nada más ni nada menos que por sorteo (¿Imagina el amigo lector las consecuencias si esa fuese la forma de elegir nuestras autoridades? ¿Qué pasaría si fuese el azar el que determinara quiénes se convertirían en representantes del pueblo y no la fortuna, el poder de la publicidad y el mercado, la meritocracia o la trenza política? ¿No será, acaso, que aquella antigua sabiduría de los atenienses comprendió que el sorteo era el modo más democrático de ampliar la suma de los incontables abriendo la posibilidad de que el carpintero, el campesino, el albañil, el remero, el rapsoda, el comerciante, el propietario de tierras, el plebeyo y el noble, todos por igual, estuvieran en condiciones de ser miembros de la asamblea del demos?).

Nuestra utopía no tiene un horizonte tan lejano ni ejemplar, no pretende regresar al demos y a los debates igualitarios de la antigüedad griega, sabe de los caminos recorridos en 2.500 años de historia y de las enormes dificultades para construir nuestras propias democracias después de milenios de teocracias, monarquías, aristocracias, oligarquías, autoritarismos de distinto pelaje y dictaduras que usufructuaron, por gracia divina o de algún sujeto oportunamente inventado para la ocasión, el derecho de las multitudes a darse su propio gobierno. Pero también sabe de democracias convertidas en espantapájaros de aquellos valores de igualdad y participación; de procesos que han concluido en el vaciamiento de las prácticas esenciales de un sistema político que se basa en la continua ampliación de sus fronteras y en la permanente incorporación de aquellos que siendo parte de la comunidad suelen quedar invisibilizados o, peor todavía, excluidos de los derechos (una de las piedras de escándalo para el racismo europeo, ese que también desplegaron bajo el formato de la criminalización de los sin papeles los gobiernos de origen socialdemócrata, es que en la plataforma política presentada por el partido de la izquierda radical griega –Siryza–, los extranjeros residentes en la Hélade pasan a tener los mismos derechos ciudadanos que los habitantes autóctonos).

Algo nuevo está creciendo en la patria de la democracia, algo que pese al terrorismo mediático con el que se buscó atemorizar a la mayor parte de los votantes griegos, y más allá del pírrico triunfo de la derecha y de sus aliados ajustistas, lleva la impronta de un renacimiento popular que busca, de una manera insospechada hasta no hace mucho tiempo, en América latina –y en particular en nuestro país– el ejemplo a seguir a la hora de sustraerse al abrazo de oso de los bancos europeos comandados por la insaciable Alemania de Angela Merkel. Podrán subir las bolsas europeas creyendo que el resultado electoral aleja el espectro del default y, mucho peor todavía, la posibilidad de que una alternativa ajena al neoliberalismo decida, con apoyo popular, los destinos griegos. Lo que no podrán es evitar que la continuidad de un plan brutal de recortes de gastos públicos que afectan directamente a la salud y la educación, que la búsqueda desenfrenada de la panacea del equilibrio fiscal eliminando el demonio del déficit no conlleve una profundización de la depresión económica y un crecimiento devastador de la tasa de desocupación y que el rescate impúdico de los bancos –actores y responsables centrales de la crisis– no condicione todavía más a economías exhaustas. No habrá sido el último domingo el día en que la mayoría del pueblo griego logró sacarse el miedo ante la intemperie con la que amenazaban las grandes usinas mediáticas del establishment financiero-político europeo, pero ya veremos de qué manera en los próximos meses la derecha encontrará su propio límite. Intentar curar al enfermo utilizando las mismas recetas que lo llevaron al borde de sus fuerzas vitales es un simple acto de suicidio. El pueblo griego, heredero de una tradición de rebeldías y de grandes invenciones libertarias, sabrá encontrarse con su propia hora.

¿Qué es la democracia? ¿Cómo funciona hoy en los países europeos en medio de las tormentas de una crisis económica que ha dejado en evidencia algunos problemas “estructurales” del propio sistema democrático? ¿Qué piensan últimamente los ciudadanos griegos del valor –devaluado– de su palabra –punto de partida de la isegoría de los antiguos helenos y núcleo central de la invención democrática– a la hora de tomar decisiones fundamentales para una sociedad atenazada por políticas diseñadas allende sus fronteras? ¿Y qué opinan los españoles de la profundización de una crisis que viene demoliendo sistemáticamente sus derechos y sus condiciones de vida a la par que muestra la aceleración con la que los partidos políticos hegemónicos se han puesto de acuerdo para fijar constitucionalmente los límites del endeudamiento y del déficit fiscal sin consultar a la ciudadanía, además de implementar un recorte del gasto social de niveles brutales? ¿Y el ejemplo de los islandeses que decidieron tomar el toro por las astas y enjuiciar a los responsables de su catástrofe económica: los banqueros, además de repudiar una deuda espuria, pero cuya iniciativa es prolijamente silenciada por la gran prensa mundial que prefiere desconocer una acción decididamente democrática y participativa para desplazar su atención a la zona de pánico que tiende a aterrorizar y por lo tanto a paralizar al resto de los habitantes de un continente extenuado y confundido? ¿Esto era la democracia: la soberanía de los mercados por sobre los ciudadanos, la prioridad de las cuentas fiscales sobre los derechos sociales, la apatía de los muchos ante la voluntad omnipresente de los pocos que visten las ropas de los dueños del capital? ¿El enmudecimiento de la voluntad popular en nombre de una construcción artificial que ha servido para el enriquecimiento de los especuladores? ¿Tendrá que atravesar Europa el largo camino de la agudización de la crisis para reencontrarse con aquella antigua tradición ateniense que inventó la democracia como ámbito de la igualdad y a la política como el instrumento para conquistarla?

Un miedo profundo, visceral, recorre Europa y ya no se trata de aquel fantasma del comunismo con el que Marx comenzaba un famoso manifiesto escrito en 1847: el miedo es el de la bancarrota de un sistema que, en los últimos 50 años, llevó a la mayor parte de los países europeos a niveles de vida inimaginados en otras regiones del mundo. La crisis, desencadenada por “los dioses dormidos” que se han despertado bajo la forma mefistofélica del mercado y de sus maquiavélicos especuladores, ha venido a poner en cuestión el mito de la democracia como fundamento intangible del liberalcapitalismo para poner sobre la mesa una evidencia indisimulable: que la prioridad es la del mercado y sus ingentes necesidades que, como las fauces hambrientas de un monstruo bíblico, se abre para engullir todo a su alrededor, incluso derechos adquiridos y certezas que se disuelven ante las miradas sorprendidas de sociedades inermes.

Estas preguntas pueden resultar extrañas para quienes asocian espontánea y naturalmente la democracia con la realidad actual de las sociedades europeas. Desde que en el Viejo Continente se derrotó a los totalitarismos (primero el nazifascista y, más cerca de nosotros, el soviético), los europeos se han dedicado a expandir por el mundo un relato hegemónico y homogéneo que transforma a esa región del planeta en la casa de nacimiento de la democracia y en su núcleo pedagógico esencial. Un continente que supo pasar por la trituradora de carne a más de 100 millones de seres humanos sólo en el interior de sus fronteras entre 1845 y 1945 (el siglo en el que se echaron las bases de la expansión imperial y de la “verdad democrática” europea bajo la condición del saqueo del resto de los continentes y la superexplotación de sus propios trabajadores), que también supo ser la cuna de las ideologías más homicidas que ha inventado la humanidad (y que han opacado, a lo largo de un tramo decisivo del siglo XX, esa otra tradición ilustrada y democrática que también encontró en esa geografía su punto de partida) se ha dedicado, con especial fruición, a ofrecer al resto de las regiones del planeta el manual de la verdadera democracia y de su perfecto funcionamiento, ¿dónde?, pues en Europa.

¿Qué estarán pensando los griegos mientras se desencadena sobre sus cabezas las tempestades del dios de la época que tiene la forma de la economía global de mercado? ¿Cómo imaginan que funciona la democracia allí donde se les expropió, en su momento, la capacidad de decidir sobre sus vidas en nombre de la liturgia y la fe del capitalismo contemporáneo que les exige más y más tributos para saciar su apetito infinito y para calmar la furia despertada por las “desprolijidades del gasto” griego? Extrañas vicisitudes de una realidad que, al quitarse los velos que ocultaban el funcionamiento real del sistema, ofrece la imagen de un rostro brutal en el que lo único que cuenta son los intereses de los grandes bancos y financieras, resorte último de un poder que fue fagocitando la médula de lo democrático allí donde transformó en letra muerta el derecho de los pueblos a decidir sobre su destino.

¿Y la democracia? Bien, gracias, pero no nos quedemos con menudencias cuando lo que está en juego es la salud del capitalismo global. La democracia funciona cuando los poderes consideran que no colisiona con sus intereses. Los cultores contemporáneos de la mitificación liberal republicana (que en nuestro país son legión a la hora de criticar la falta de “calidad y seriedad de nuestras instituciones” comparándolas con las de los “países serios”, esos mismos que convierten a la democracia en un pellejo vacío) nada dicen de esta nueva forma de colonialismo intraeuropeo ni de la sumisión de la propia democracia a las demandas, prioritarias, de lo que Cristina, en un giro conceptual notable y desmitificador, llamó “anarcocapitalismo financiero”. Los límites de la República se encuentran, eso quedó en evidencia, allí donde los intereses del mercado, que son siempre los de los poderosos –en este caso los alemanes que han sido los grandes beneficiarios de esa “idílica” construcción que se llama la Comunidad Europea y que fue diseñada por el maquiavelismo neoliberal durante las fatídicas décadas finales del siglo pasado en detrimento de aquellos que imaginaban una unidad europea basada no en la mercadolatría sino en los principios de la libertad y la igualdad–, se imponen sobre el conjunto de la sociedad. ¿Podrán los griegos recuperar la memoria de su antigua democracia e impedir que, en su nombre, se la vacíe de todo contenido? Algo de eso estamos intentando los sudamericanos que hemos aprendido a remar contra la corriente. Tal vez, por qué no, sea en estas regiones donde vuelva a brillar la llama de la democracia mientras en los países europeos los pueblos son conminados a aceptar, con absoluta resignación, lo que otros deciden en su nombre y contra sus intereses. Los antiguos griegos inventaron algo insólito, los actuales habitantes de esas tierras míticas se resisten, como pueden, a que les quiten hasta la memoria de ese hecho inaudito que viene del fondo de su historia. El enemigo de la democracia no es otro que ese anarcocapitalismo financiero que, en nombre de las necesidades fantasmales del mercado y de sus operadores, rapiña el derecho de un pueblo a elegir su propio camino.