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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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domingo, 21 de julio de 2013

identidades políticas y frente opositor

La dispersión del heterogéneo universo no kirchnerista parece consolidarse. El peso de las viejas subculturas y las supuestas demandas del presente

»Por Edgardo Mocca


Quien aceptara el diagnóstico mediático-político sobre nuestra realidad, no podría dejar de asombrarse por el mapa preelectoral al que asistimos. Las oscuras narrativas sobre un giro al autoritarismo, la corrupción generalizada y el contundente fracaso del Gobierno deberían abrir paso (¡por fin!) a la férrea unidad opositora; algo así como un frente democrático antifascista a la manera de la década del cuarenta del siglo pasado. Los principales líderes de la oposición han asumido como propio ese libreto elaborado en oficinas ajenas: son los más poderosos grupos económicos los que lo producen y son las redacciones de los grandes medios los que lo transforman en “información independiente” y le dan masiva circulación.

Foto ppal Mocca 499Sin embargo, no habrá un gran frente opositor y, si no se resuelven las múltiples querellas internas actuales, la dispersión podría ser aún mayor que la registrada en las últimas presidenciales. Un aspecto pintoresco es la aparición de sociedades interpersonales como la de Elisa Carrió y Fernando Solanas y la de Alfonso Prat Gay y Victoria Donda: esos “frentes políticos” tienen más bien la apariencia de castings electorales orientados a la elaboración de boletas más taquilleras en un micromundo como el de la ciudad capital, siempre muy receptivo a la novedad y a la creatividad política. Paradójicamente, la oposición presenta el caso de acuerdos pequeños que profundizan la dispersión general.

No habrá un gran frente opositor y, si no se resuelven las múltiples querellas internas, la dispersión podría ser aún mayor que en las últimas presidenciales

¿Cómo se explica esa combinación de climas apocalípticos que cortan en dos a la sociedad argentina y decisiones electorales mayormente orientadas a preservar el propio terreno? Se argumenta insistentemente a favor del peso de las vanidades personales; tal “hipótesis” es tan obvia como inservible: cualquier supuesta investigación demostraría seguramente esa falta de generosidad pero no podría explicar cómo y por qué tal conducta se abre paso en el interior de una determinada fuerza política. El otro gran recurso analítico es la falta de grandes candidatos capaces de distanciarse del pelotón y atraer al conjunto de los ciudadanos adversos al Gobierno. También en este caso queda flotando la pregunta por las razones de tal ausencia.
Una pista posible para seguir el rastro de la fragmentación opositora podría ser la contradicción entre el peso de viejas subculturas políticas y las supuestas demandas de la dialéctica política actual. La persistencia de esas añejas matrices político-culturales juega, en nuestro caso, un ambiguo papel: dificulta la captación de importantes sectores sociales por la política oficial y, a la vez, obstaculiza la unidad opositora. Por un lado, la dinámica política principal gira en torno al conflicto kirchnerismo-antikirchnerismo, que claramente no equivale a peronismo-antiperonismo si reconocemos que uno de los principales desafíos que enfrenta el Gobierno proviene de las propias filas históricas del peronismo. En esa dialéctica confrontativa hay un claro contraste entre uno y otro de sus polos: el kirchnerismo es una experiencia política concreta, es un repertorio discursivo, un esquema de conducción, una previsibilidad relativa de lo que puede hacerse desde el gobierno. Es decir, el kirchnerismo es una verdad efectiva y eso genera una unidad, internamente heterogénea pero políticamente operativa. En el hemisferio antikirchnerista, las cosas son marcadamente diferentes. Ahí conviven distintas tradiciones políticas, muchas de ellas históricamente confrontadas, que además no se reconocen en un mínimo horizonte común. Todo esto parece a primera vista una exageración del peso de las identidades políticas en tiempos de video-política, marketing electoral y otras bellezas de la posmodernidad. Sin embargo, esta mirada desde una supuesta “democracia sin partidos” y desde el paradigma de una sociedad atomizada, sin historia y sin herencia termina constituyendo una imagen que no puede explicar el funcionamiento de la política realmente existente, la que sigue viviendo también afuera de los sets televisivos.
Lo cierto es que la Unión Cívica Radical no puede o no quiere dar el paso de fundirse en un frente con la derecha macrista. La convención bonaerense del partido lo ha puesto negro sobre blanco en un reciente documento en el que dice que el radicalismo no propone salir del kirchnerismo para volver al neoliberalismo. Es muy probable que no sean pocos los simpatizantes radicales que no acuerden y que ni siquiera sigan esta orientación. Pero el hecho queda: hay un partido; es decir, una manera de contar la historia nacional y hay una estructura mediadora entre el mercado de potenciales votantes radicales y la decisión política con pretensión colectiva. El socialismo tampoco está dispuesto a acercarse al macrismo y muchos sectores del FAP reniegan incluso del acercamiento al radicalismo: uno de los más relevantes recusadores de ese acercamiento es, curiosamente, el ex dirigente radical Dante Caputo. Todo el espacio de la centroizquierda antikirchnerista está atravesado por la tensión entre su definición general contra el Gobierno y la amplitud del arco de alianzas que esa definición habilitaría. La disidencia peronista, por su lado, sabe que dejará de ser tal, una vez que se subsuma en la derecha macrista.
Aun con una enorme presión del establishment contra las resistencias orgánicas a la unidad, la división se ha mantenido. La sombra de la experiencia de la Alianza tiene un peso no menor y nada artificial en este estado de cosas: los argentinos ya hicimos la experiencia de una unidad meramente negativa que a la falta de proyecto propio terminaría uniendo un grado alarmante de inoperancia política. Esta persistencia de viejas pertenencias políticas y su capacidad de resistencia a las lógicas impuestas desde el establishment a través de los grandes medios siguen siendo un rasgo específico distintivo de la política argentina que la diferencian de experiencias como las de Bolivia, Venezuela y Ecuador en las que las tempestades que desató el neoliberalismo barrieron con la escena político-partidaria anterior. El surgimiento de un “Capriles argentino” demandaría un paralelo terremoto en el sistema político argentino en el que las agencias de formación de opinión pública pudieran arrasar con la  memoria política que hoy se mantiene viva y desarmar definitivamente las estructuras partidarias que, sin el brillo de otras épocas, existen y actúan. Las marchas de las cacerolas son, hasta aquí, el punto más alto de ese avance sobre el peso de identidades político-partidarias. Un famoso periodista y animador televisivo ha irrumpido desde afuera de la política formal como referencia principal de esa nueva escena política sobre la base de licuar discursivamente las diferencias políticas a favor de una gran cruzada moralizadora y republicana.
El futuro de esta aventura está por verse, pero todo indica que ese terremoto no habrá de producirse en este ciclo electoral, lo que equivale a afirmar que los tiempos de producción de una alternativa al kirchnerismo se acortarán considerablemente.

Fuente: Debate

domingo, 19 de mayo de 2013

La agonía del progresismo

Por Edgardo Mocca

La palabra “progresismo” ha adquirido un inesperado prestigio entre nosotros. Muy curioso es, además, que una parte importante de quienes hablan en su nombre son personas que suelen defender posiciones genéricamente identificadas como “de derecha” (Morales Solá, por ejemplo, acaba de decir que el último DNU de Macri es lo más progresista de la política en los últimos años). El otro hecho llamativo es que, últimamente la mayor parte de las veces, el progresismo es invocado valorativamente por sectores de opinión opositora: el kirchnerismo usa cada vez menos la expresión, aunque cuando lo hace es casi siempre con sesgo positivo.
No es muy claro el linaje político de la palabra progresismo; en la Argentina lo han usado tanto las corrientes liberales como conservadoras de nuestra historia. No es difícil presumir el origen de su uso, seguramente asociado a la cosmovisión evolucionista predominante en el pensamiento de la recién nacida sociología a mediados del siglo XIX. Progreso era entonces la razón, la técnica, el comercio, la industria. Progreso era el nombre que el capitalismo se había ganado en las reformas y las revoluciones contra los poderes dinástico-feudales. El partido creado y conducido por Lisandro de la Torre (Demócrata Progresista) aportó a la buena historia de la palabra una reconocida voluntad reformista, aunque en su origen y en buena parte de su trayectoria puede percibirse el peso de la tradición conservadora argentina. Para la mayoría de los hablantes actuales, sin embargo, el progresismo es un modo de nombrar a la izquierda o por lo menos a la parte de ese universo que alcanza alguna forma de influencia sobre el curso de la lucha política.
Antes de la década de los noventa, la palabra progresismo no había conseguido una potencia evocativa considerable. En la efervescencia de los años setenta se consideraba progresistas a las personas que sostenían posiciones de izquierda, sin compartir ni las pasiones ni los conflictos que solían acompañar entonces la experiencia de los que así se definían. Ya desde la recuperación de la democracia, una revisión profunda había atravesado a la política de izquierda y particularmente a su mundo intelectual. Era el balance de una dura experiencia que para algunos era una derrota y para otros era algo peor: la señal de la definitiva frustración de una ilusión que devino tragedia. En la medida en que las izquierdas que seguían autodefiniéndose así –sin el prefijo “centro”– veían reducir o simplemente mantenían una muy magra cosecha electoral, la política realmente existente que seguía apelando vagamente a algunos valores de aquella tradición tuvo que buscar otros nombres. El proceso de deslizamiento nominal se cierra dramáticamente con la caída del muro de Berlín y la posterior extinción política de la ex Unión Soviética: el uso de la palabra “izquierda” entró en un pronunciado declive.
Ya en los años del menemismo, el progresismo entró en su época dorada. Fue a refugiarse en ese campo una muy amplia y heterogénea gama de familias y tribus políticas herederas de batallas anteriores. Formaban el río del progresismo las corrientes de izquierda radicalizadas reconvertidas en los ochenta a la socialdemocracia y las de esas otras izquierdas que, por amor o por odio, habían seguido girando en torno al agonizante socialismo real y sufrieron el impacto de su caída; confluyeron entonces las fuentes del “peronismo verdadero”, traicionado por el giro neoliberal de Menem y hasta grupos de radicales desencantados con la débil oposición que ejercía su partido. Fugazmente este conglomerado variopinto tuvo su hogar en el Frepaso de Chacho Alvarez. Los diversos afluentes convivieron críticamente durante los primeros años, más unidos por el brusco y considerable ascenso político de su líder que por convicciones comunes sobre la práctica política de entonces. No fue el trágico final de la Alianza, sino su propia conformación, su triunfo y su experiencia de gobierno la que terminaron con la experiencia del progresismo.
El final no llegó porque los progresistas hayan sido desplazados de la coalición por los radicales, sino precisamente por lo contrario: nadie estaba obligado ni impulsado a desplazar a nadie porque todos los actores decisivos de ambas partes compartían básicamente los mismos límites políticos. Y ésta, la de los límites es una cuestión central en el relato de las peripecias progresistas. El progresismo es hijo del doble fracaso de la lucha armada de los setenta y del derrumbe de la experiencia del “socialismo real”. Nació como experiencia orgánica –años más, años menos– en la época en que “la historia” había dado un dictamen definitivamente negativo a toda interpelación revolucionaria del capitalismo. La época del fin de la historia, del fin de los relatos, del consenso mundial neoliberal. No todos los que se guarecían en el flexible paraguas del progresismo compartían esos diagnósticos, eso es cierto. Pero también lo era que la línea de fuerza hegemónica en sus filas interpretaba el mundo en esa gran clave que vino por entonces desde Europa y se llamó la “tercera vía”; era el discurso de la inevitabilidad del neoliberalismo, sazonado por apelaciones a la sensibilidad social y a la conjuración de los “nuevos riesgos” del desarrollo, con la drástica ausencia de toda conflictividad orgánica y de todo planteo hegemónico. No fue la discusión teórica la que cerró ese efímero capítulo de la política de izquierda: fue el catastrófico 2001 argentino el que adelantó para nosotros lo que la actual crisis europea pone hoy de relieve, el agotamiento de una etapa histórica del capitalismo. Fue el abrazo del progresismo vernáculo, vergonzante pero abrazo al fin, a las reformas de los noventa y es la colaboración de los socialdemócratas europeos con la depredación de sus sociedades por la maquinaria tecnoburocrática del capital financiero lo que parece indicar el fin de lo que en los noventa se llamó progresismo.
El final del progresismo no significa el de sus nobles negaciones: la negación de la aventura militar como equivalente de la revolución, la del ninguneo de la democracia como mera formalidad encubridora, la del partido de vanguardia y, antes que ninguna otra, la negación a concebir las luchas actuales como momento de una saga cuyo resultado está escrito en el destino de la humanidad y cuyo camino sólo pueden descubrir los iluminados. Nada de lo democrático, de lo históricamente sensato del progresismo se ha agotado. Lo que no tiene futuro propio –aunque pueda tenerlo desdichadamente como discurso honorable de la derecha– es una retórica que combina la denuncia de los males de la injusticia y la no disponibilidad a asumir los conflictos y los costos de la lucha política necesaria para superarlos. El progresismo suele ser, al mismo tiempo, intransigente en sus demandas y moderado en sus prácticas, aunque últimamente parece haber ido cambiando la moderación por la temeridad, cuando de atacar al Gobierno se trata. Lo horrorizan las injusticias que permanecen y lo alarman las formas “desprolijas” que se usan para disputar con los sectores del privilegio. Quiere los millones de empleos conseguidos pero se escandaliza por “la forma” en que se recuperaron los aportes jubilatorios para el Estado. Dice simpatizar con la democratización de los medios pero se enoja por el “ataque a Clarín”. Ha pasado a cultivar un extraordinario conservadurismo político que tensa con buena parte de lo mejor de la historia de sus militantes en nombre de las inconsecuencias y los límites que tiene la política del Gobierno.
Nada hay, entonces, de tan extraño en las nuevas configuraciones electorales que hoy se insinúan. Si los límites de mi acción transformadora están dados por las “instituciones”, es decir por el modo en que estas han funcionado bajo la hegemonía conservadora; si mi adversario excluyente es el mismo que el que tienen los sectores históricamente privilegiados y retrógrados del país; si cada conquista que expresa viejos sueños y luchas de otros tiempos es considerada un simulacro oficialista, entonces, qué puede tener de sorprendente que forme parte de las mismas listas de mis nuevos amigos contra mis jurados enemigos.
El progresismo de los noventa no era necesariamente mejor que el actual, pero lo ayudaba la época. Las certezas inconmovibles de ayer, hoy son profundos enigmas. Hemos visto el fracaso de una política autocondenada a la claudicación por no hacerse cargo de los conflictos reales del país y por pretender eludirlos con la apelación a las “instituciones”. Hemos visto el reemplazo de la política por el espectáculo de masas, los buenos modales con los poderosos, la negación de la militancia y el respeto religioso por lo constituido. Aquel progresismo vivía además en un tiempo vacío de antagonismo; no es que hubiera una fuerza popular a la que el progresismo le cerrara el camino: los años del menemismo fueron los años ideales de los adoradores del pensamiento único.
Hoy está a la vista una disputa por la hegemonía. No una batalla de buenos contra malos sino de dos ideas o, menos todavía, de dos intuiciones sobre hacia dónde está yendo el mundo y hacia dónde tendría que ir nuestro país. No es una filosofía acabada de la historia, ni una ideología con misiones históricas y sujetos establecidos. Es la sensación de que el mundo del capitalismo realmente existente está en agonía, es decir está en ese instante resolutorio en el que un ser no puede sobrevivir sin transformarse profundamente. Es, también, la sensación de que Argentina forma parte del más dinámico proceso regional de cuestionamiento al neoliberalismo en el mundo actual; un proceso de afirmación de soberanía popular en contra del poder corporativo, de reparación y redistribución de recursos sociales, de afirmación del trabajo y la producción por sobre la especulación financiera como fuente del bienestar y de restitución de la verdad y la justicia sobre el pasado.
Por fuera de esta disputa histórica y obsesionada por la búsqueda de una imposible neutralidad, el progresismo tiende a repetir la vieja saga de una izquierda que combinó la fascinación teórica por la revolución con la impotencia política y, en más de una ocasión, la colaboración con las fuerzas históricas del privilegio. Es decir, un progresismo que no es más que un nombre elegante del conservadurismo.

fuente: Página 12

viernes, 4 de enero de 2013

Edgardo Mocca: “Con o sin re-reelección, el kirchnerismo seguirá siendo gravitante porque lleva 10 años de cambios estructurales”.

Entrevista exclusiva al politólogo/ parte uno


 
por Telémaco Subijana
Entrevistamos en exclusiva a Edgardo Mocca, politólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En esta edición presentamos la primera parte de esta interesante entrevista al analista político del Programa “6,7,8” emitido por la TV Pública. En esta oportunidad, realiza un balance del año 2012 y señala que el conflicto en torno al cumplimiento de la Ley de Medios es parte de la disputa por el poder y la autonomía del Estado frente a la presión de las corporaciones. También reflexiona sobre la importancia de plasmar las transformaciones de los últimos años en una Reforma Constitucional y analiza la continuidad del proyecto nacional y popular en caso de que no se habilite la re-relección de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Leer más.
¿Qué balance hace del cierre del año 2012, marcado por la disputa por el cumplimiento de la Ley de Medios y el fallo a favor del Tribunal del Mar en el caso de la Fragata Libertad?
Se trató de un año políticamente muy intenso. Incluso diría que lo fue mucho más de lo que la rutina analítica podría haberlo previsto dado que se trató del primer año de un nuevo período de gobierno que venía de ser plebiscitado de una manera rotunda en el 2011. De esta forma, era de esperar una reestructuración del modo de conducción o del modo de operación de las oposiciones -oposiciones específicamente políticas, sobre todo aquellas oposiciones mediáticas vinculadas a las grandes empresas de medios de comunicación. En ese marco, se podría decir que luego del catastrófico resultado electoral de la oposición político partidaria, hubiese sido coherente que lleven adelante una estrategia diferente: no recaer en la idea de negar la legitimidad del gobierno, dejar de plantear debates en términos de todo o nada, dejar de negar la significación de las principales medidas adoptadas y, sobre todo, tener mayor cautela en la sumisión de todas sus políticas a las directivas del Grupo Clarín y las grandes empresas mediáticas. Pero finalmente esto no ocurrió y la dinámica de la política sigue girando en torno a la dramatización que los grandes medios de comunicación hacen sobre la circunstancia política argentina. Es decir, un diagnóstico que va tratando de generar la idea de que en la Argentina hubo un cambio de régimen, que se pasó de una democracia republicana, representativa, federal, constitucional, a un unicato vertical, autoritario, que no respeta la Ley y que tiene una vocación insaciable de acumulación de poder. En definitiva, si bien el 2012 guardaba la expectativa de cierto cambio en función de un balance del resultado de las elecciones de 2011, persistió y se profundizó este planteo de la oposición.
En ese sentido, ¿la disputa en torno a la Ley de Medios sirvió para profundizar esa estrategia de la oposición?Claro, considero que la Ley de Medios viene a jugar el rol de eje político. Esto no sólo por su propia perspectiva en materia de ampliación de voces, de pluralidad y de generación canales de participación democrática e incorporación de actores nuevos, sino por haberse concentrado alrededor de esa expectativa que el fallo de mayo de la Corte Suprema de Justicia puso en el 7 de diciembre de 2012. Y esta expectativa tiene que ver con un problema central: ¿hasta dónde la democracia puede gobernar sobre las corporaciones? Por eso va más allá de una disputa entre un gobierno y una empresa de medios de comunicación. Es importante recordar que, recuperada la democracia argentina en 1983, en la Argentina primó una matriz política por la cual la democracia mantuvo recortados sus poderes y capacidades para transformar e incidir en el curso de los acontecimientos. Y esa etapa se cierra en 2003, luego de la catastrófica crisis que vivió el país. En este sentido, quienes se quejan o añoran el diálogo y la moderación tendrían que hacer un balance de cómo terminó esa idea de democracia estrictamente negociadora, auto-limitada frente al poder de las corporaciones. Es recién en 2003 que se termina con esa acepción de la democracia por la cual se creía que su función era negociar con cada una de las corporaciones y grupos tradicionales de poder de la Argentina a fin de mantener una convivencia que permitiera lograr aquello que en ese momento se llamaba “gobernabilidad”.
Ante la ausencia de una oposición política partidaria, desde los medios se busca imponer la idea de una disputa sucesoria al interior del Frente para la Victoria. ¿Cómo analiza esta cuestión?
Es cierto, y me parece que es el verdadero problema político. Las elecciones del 2011 dieron como resultado que el gobierno ganó con el 54% de los votos y la oposición mejor perfilada solo sacó el 17%. Por su parte, la suma de votos de los candidatos del peronismo opositor -Duhalde y Rodríguez Saá-, ese que no baja las bandera y hace una reivindicación del peronismo histórico, da un poco más del 10%. ¿Qué lectura se puede hacer al respecto? Por un lado, aparece el problema de toda la expresión de la oposición “clásica” partidaria. Por otro lado, el naufragio de una pretensión de construir un peronismo electoralmente poderoso al margen y en contra del kirchnerismo. Ante este contexto, se trata al kirchnerismo como una anomalía, como una minoría intensa que se apoderó de los resortes del gobierno por una contingencia histórica. Pero a partir del resultado de las elecciones de 2011 desapareció esa idea de conformar una alternativa peronista distinta a la supuesta “lógica autoritaria” del gobierno. Despareció en términos tácticos coyunturales. ¿Por qué? Porque ahora se plantea el cruce de dos variables muy importantes: la desaparición del peronismo opositor por su mal desempeño electoral y un gobierno que no tiene sucesión interna. Estas cuestiones, por la propia dinámica que imponen los cambios surgidos a partir de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), hacen que el incentivo para que determinados sectores del peronismo -aquellos que están dentro pero de forma díscola- se vayan del Frente para la Victoria -del peronismo realmente existente que es el que gobierna, el que distribuye, el que tiene la política- sea nulo. Solo pueden tener ese incentivo personajes secundarios de la política, personas que están buscando su renovación como diputados, esos que son santificados por el Grupo Clarín y por los grandes medios y están todo el día en televisión.
Entonces, a partir del resultado de las elecciones de 2011, abre paso una dinámica por la cual es muy difícil pensar en una oposición electoral en 2013 o 2015 en condiciones de desafiar a la política -o a la propuesta que está en vigencia- desde fuera y al margen del fenómeno del peronismo -no solamente identitario, ideológico y cultural sino también material. Esa imposibilidad, esa debilidad, esa restricción que tiene la oposición -en el sentido de proyecto político opuesto a este gobierno-, incentiva las tensiones internas en la estructura que hoy apoya a Cristina Fernández de Kirchner. Es decir, se va generando una crisis de temporalidad en la política.
Ahora bien, ¿cuándo, cómo y dónde va a empezar a producirse un proceso de agrietamiento y ruptura en la constelación que hoy apoya al gobierno? Considero que es una operación política muy difícil, de alta complejidad y de altísimo riesgo. ¿Por qué? Esa materialización de una ruptura interna -que está latente, alcanza con ver ciertas fotos y abrazos que aparecen en televisión- puede llegar tarde, puede descolocar y desplazar a aquel que exprese esa tardía ruptura frente a lo que son hoy los fogoneos centrales de la oposición. Y una definición prematura o una falta de timing político pueden generar una situación interna complicada en lo que es el dispositivo Frente para la Victoria que termine dañando, neutralizando y llevando a la derrota al conjunto. Una ruptura de ese tipo, cuando se trata de un grupo de gobernadores que manifiesta no seguir más con este proyecto y empezar otro, significaría, en el actual estado de Argentina, una situación de sacudimiento del poder. Porque ya no se trataría de personajes televisivos sino de personas con poder, que manejan cajas y definen políticas, la calle y situaciones que pueden desatar “conjuros” muy difíciles de dominar. Son el tipo de conjuros que dañan la propia gobernabilidad.
En esa crisis de temporalidad es muy difícil pensar a cierto tipo de personajes acompañando un proceso de reelección de Cristina vía Reforma Constitucional o a un delfinato que se pueda definir a partir de la voluntad del grupo hoy gobernante. Pero, por otra parte, también es muy difícil imaginarse los modos y los tiempos de la ruptura; ahí está lo apasionante de la política de hoy. En ese marco, es posible pero improbable que la alternativa que expresa Mauricio Macri sea ganadora en 2015. Porque es muy alta su escasez de recursos territoriales y porque no va a tener un peronismo provincial -porque ir con Macri significaría alejarse del peronismo real. Entonces, si ese peronismo logra encontrar una forma de articulación para una ruptura lo va a hacer con sus propios recursos y liderazgos. En eso consiste el drama del proyecto político, en manejar los tiempos y las formas del propio lado; en inhibir el surgimiento de una contradicción y una ruptura al interior de su propia constelación de apoyos. Y, por su puesto, esa clave está íntimamente emparentada a las políticas públicas y a los resultados electorales. Va a ser elección muy provincializada. Pero dependerá de los efectos de las políticas anticíclicas y redistributivas, de si se dará una performance ampliamente ganadora. Así, habrá dos años para generar una fórmula política de continuidad, para producir una ruptura que genere una oposición con chances de ganar o una variante que signifique un retroceso gradual de las políticas públicas puestas en marcha y esté en condiciones de capturar parte del voto opositor de derecha al mismo tiempo que conserva los apoyos de la propia coalición hoy gobernante -lo que sería una fórmula híbrida como la de Scioli. Pero son muchos los interrogantes: si las propias fuerzas de Scioli le alcanzan; si se se da una ruptura, cómo sería -ya que si fuera radical podría terminar reduciendo las posibilidades de ambas partes de la ruptura; si no hay una ruptura, cómo un candidato como Scioli actuaría frente a las presiones del kirchnerimos o cristinismo. En este marco, cabe destacar que al momento de hacer este tipo de análisis, es importante tener muy presente que se trata de un proceso político de diez años con mucha apoyatura social, que llevó adelante muchos cambios estructurales. Por lo tanto, no puede esperarse que eso desaparezca, que se diluya -aunque sea el deseo de las derechas.
¿Cómo pensar una sucesión que garantice la continuidad de todas estas políticas transformadoras?
En el caso de que no haya reelección, considero que hay una masa crítica, pero lo que es muy difícil es encontrar el nombre. Y en ese punto sí le doy una importancia extraordinaria al nombre. El nombre es una promesa, dice con quién y hacia dónde. El nombre va a expresar, en cierto sentido, si la propia Cristina Fernández de Kirchner seguirá siendo una figura consular, una garantía. Ahora bien, hay que lograr que haya un engarce entre esa promesa de continuidad que asegura que el nombre es un delfín o delfina de Cristina Fernández y, al mismo tiempo, que esa propuesta tenga una amplia recepción en el peronismo realmente existente -principalmente en el de las provincias. Entonces, esa ecuación es muy difícil de construir. Si fuera un gobernador, por ejemplo, se darían las condiciones para posibilitar el acompañamiento de todo el peronismo estructural pero se generarían dudas respecto de si Cristina Fernández va a poder manejar a esa figura. Entonces, se trata de la combinación de dos factores de altísima complejidad. Por eso no se puede comparar con la sucesión Lula-Dilma tal como ocurrió en Brasil; hacerlo sería desconocer la historia del peronismo y la del propio PT. En este contexto, si el gobierno consigue apoyo social -los votos y la distancia necesaria- y mejora el clima económico y social, considero que habrá chances para que ocurra este maquiavélico engarce entre una experiencia muy personalizada y otra que necesariamente no podrá serlo -ya que en la medida que se personalice, los riesgos de la continuidad subirán.
Cabe señalar que durante el año 2012 esta ingeniería corrió muchísimo riesgo. En primer lugar, por la situación externa en el marco de una crisis económica internacional. Por otro lado, por la política de todo o nada que impulsan algunos sectores. A esto se le pueden agregar algunos acontecimientos que se deben a impericias y falta de timing de la propia administración, como puede ser la cuestión de los ferrocarriles y el transporte. Sin embargo, en este último aspecto, es un error pensar esas trayectorias al margen de algo que en la Argentina -aunque ocurre también en todo el mundo- se ha puesto al rojo vivo: que cualquier política supone un punto A, que es la defensa del poder -sobre todo cuando es una política de orden de ruptura con la continuidad. Esto independientemente del sentido de la política de ruptura: ya sea la contrarrevolución neoliberal de Menem o la dirección nacional popular del kirchnerismo. El punto de análisis es hasta qué punto se fueron construyendo condiciones de conservación y reproducción del poder. Esto es Maquiavelo página uno, pero es descartado por la inmensa mayoría de los críticos opositores -e incluso por buena parte de los adherentes. Por eso el analista político que realmente quiera analizar la política tiene que partir de esa lógica, tiene que partir de una totalidad estructural. Si solo parte de la suma de anécdotas se estrella contra la nada. Finalmente, el 2012 fue un año muy difícil pero el gobierno terminó indemne y, por lo tanto, quedó abierta esta posibilidad de autoreproducción. Esto es un altísimo mérito, dada la sistemática política mediática que ha golpeado para destruir toda posibilidad de delfinato o reelección.
Con la disputa electoral en 2013 se juega la posibilidad de reformar la Constitución para consolidar las transformaciones e incorporar la re-relección. ¿Considera importante avanzar en este proceso de reforma aunque signifique resignar la re-reelección de CFK?
Son las continuidades de ciertas dinámicas las que aseguran las transformaciones de fondo y su estabilización. Por eso considero que no hay que resignar o sacrificar la posibilidad de que el proyecto político se auto-reproduzca. En este marco, si bien existe un enorme temario a considerar en una Reforma Constitucional, no la promovería si no están dadas las condiciones para plantear la re-reeleccción o la sucesión a un candidato/a potable del espacio “cristinista”. No la haría porque considero que la continuidad del liderazgo de la Presidenta es el principio que asegura la continuidad de una dinámica que comenzó en el 2003. Son muchas las cuestiones que necesitan ser “constitucionalizadas”, pero, reitero, se debe alentar este proceso siempre que exista alguna posibilidad de desatar simultáneamente la continuidad del proyecto. En ese marco, el plan A sería ir por la Reforma Constitucional incluyendo la re-reelección. Ahora bien, si la misma no figura, hay que analizar si están dadas las condiciones para asegurar una sucesión bajo el liderazgo de la Presidenta. De todas maneras, considero que en la actualidad no están dadas las condiciones para reformar la Carta Magna. Por dos razones: por un lado, por la desconfianza a la re-reelección. Pero por otro lado, porque no existen sectores políticos conformados como tal que hagan propia la naturaleza transformadora y enriquecedora del texto constitucional.

fuente: Iniciativa