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lo que defiendo, lo que muchos defendemos, no es un nacionalismo pelotudo... sino un par de ideas, resignificadas hoy, libertad e igualdad... ideas profundamente mestizas aquí en Abya Yala, y aunque respeto toda otra posición cultural-política, creo, sinceramente, que es desde esta Gran Tierra, unidos, en comunidad, aceptando profundamente nuestra realidad mestiza -el uno- es que el Abya Yala florecerá... y que todos los enormes esfuerzos de Occidente por destruirnos, por separarnos, por vulnerarnos y conquistarnos, demostrarán inversamente la magnificencia de nuestra sonrisa, de nuestro futuro... por los Padres Libertadores del Pasado, Por los Hermanos Libertadores de Hoy, por Nosotros y los que Vienen... SUMAQ KAWSAY!... y eso tal vez parezca anárquico...pero tal vez esta anarquía sea un nuevo orden... opuesto al actual, sin dejar de reconocer lo alcanzado... por todos...
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martes, 22 de enero de 2013

Con el corazón y con el bolsillo

Por José Natanson

esde principios del 2007, la economía argentina arrastra una inflación alta pero no desbordada, estructural pero no espiralizada, y persistente. La respuesta inicial del gobierno consistió en negarla mediante la destrucción del sistema de estadísticas del Indec y luego intentar contenerla a través de acuerdos de precios que la mayoría de las veces resultaron inútiles. Con el paso del tiempo, sin embargo, se fueron desplegando una serie de iniciativas –la ley de movilidad jubilatoria de octubre del 2008, la Asignación Universal de octubre del 2009, los aumentos del salario mínimo y las paritarias– que, en un contexto de alto crecimiento y disminución progresiva del desempleo, permitieron sostener niveles de ingreso por encima de los aumentos de precios.

El incremento salarial en paritarias fue de 26,4 por ciento en 2008, 21 por ciento en 2009, 26 por ciento en 2010, 32 por ciento en 2011 y 24 por ciento en 2012. Las jubilaciones aumentaron 10 por ciento en 2009, 25,1 en 2010, 34,1 en 2011 y 31,05 en 2012. Según datos de la consultora Analytica (1), entre 2007 y 2012 el salario aumentó en promedio 3,7 por ciento al año en términos reales, mientras que los ingresos jubilatorios subieron 9,8 por ciento.

Esto permitió neutralizar –parcialmente– el efecto regresivo que generaba la inflación, lo que quizás constituya el principal éxito económico-social de Cristina Kirchner. La cuestión es hasta qué punto muchas de las políticas implementadas para sostener el crecimiento, garantizar el empleo y mejorar las condiciones de vida de los sectores populares no son en sí mismas inflacionarias (o un poco inflacionarias), tal como plantea Alfredo Zaiat cuando analiza la tensión entre inflación y empleo (2). Pero no debería necesariamente ser así: la experiencia reciente de otros gobiernos progresistas de la región, como Brasil, Uruguay e incluso Bolivia, demuestra que es posible combatir la pobreza, la desigualdad y el desempleo con un diseño macroeconómico de menor expansión monetaria, más control fiscal e inflación de un dígito (es decir, más ortodoxo), aunque con un crecimiento más moderado.

La inflación constituye un problema, siempre. La idea alfonsinista de que “un poco de inflación no viene mal” es, como los jeans nevados y las frenys de Pumper Nic, una reliquia ochentista que convendría ir jubilando. En primer lugar, porque la inflación genera un deterioro de las condiciones de vida en aquellos sectores que perciben ingresos fijos y carecen de protección sindical, dato no menor en un país que aún arrastra un 33,8 por ciento de informalidad laboral (3). Pero además la inflación alimenta el atraso cambiario, distorsiona la estructura de precios relativos (un café en el microcentro porteño araña los ¡18 pesos!) y conspira contra el ahorro, es decir contra la inversión, en un contexto en el que los pesos queman y quienes pueden salen a reventar la tarjeta. La carrera inflación-salarios erosiona la competitividad de la economía y los intentos por contenerla han sido infructuosos (y probablemente lo sigan siendo, en la medida en que un sector del sindicalismo permanezca lejos de la esfera de influencia del gobierno).

En otras palabras, el foco perturbador de la inflación se ha desplazado, de una cuestión principalmente distributiva a una eminentemente macroeconómica, lo que genera efectos políticos que vale la pena analizar. El más importante es la aparición o reaparición de reclamos orientados a otros temas: en algunos casos siguen siendo económicos, como sucede con la demanda de instrumentos de ahorro evidenciada tanto en las quejas por las restricciones a la compra de dólares para atesoramiento como en el éxito del bono lanzado por YPF, mientras que en otros casos se trata de cuestiones no necesariamente materiales, que pueden ir de la inseguridad a la crítica republicana y el estilo presidencial.

El resultado es un mix complejo frente al cual el gobierno debería reaccionar mediante una formulación invertida del viejo adagio alfonsinista: responder con el corazón además de con el bolsillo.


El corazón


El kirchnerismo ha establecido con el humor social una relación ambivalente. En sus mejores momentos supo anticiparse, como sucedió al principio con la política de derechos humanos, y luego con la ley de medios o con iniciativas de fuerte impacto cultural como el Bicentenario y Tecnópolis. En otras ocasiones, sobre todo durante el conflicto del campo y la campaña electoral del 2009, el gobierno equivocó el rumbo, oscurecido por sus tics políticos más negativos: la lógica amigo-enemigo, la concentración de poder, la escasa sensibilidad para escuchar voces que no sean las propias. Pero en general, como escribió Martín Rodríguez (4), el kirchnerismo ha demostrado más capacidad para administrar las necesidades (de los sectores populares) y los intereses (de los factores de poder) que para gestionar los deseos, esa vieja obsesión lacaniana.

¿Qué sucederá en el año electoral que se inicia? Un aspecto central del estilo de conducción kirchnerista que puede jugar un papel importante pasa por la explicación del rumbo. Hay, en efecto, una dimensión explicativa de la política, casi pedagógica, que no conviene subestimar, y en este sentido resulta interesante comprobar que Cristina Kirchner, una oradora sólida e inspirada, ha sido menos prolífica que su marido, cuyos discursos lucían desgarbados y hasta confusos, a la hora de instalar ideas-fuerza de alto contenido político: la “salida del purgatorio”, la promesa de “no dejar las convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno” y el “¿Qué te pasa, Clarín? ¿Estás nervioso?”; todos llevan el copyright de Néstor.

Muchas veces, pese a la exposición pública constante de la figura presidencial, el gobierno se muestra renuente a explicar aspectos cruciales de sus políticas, que pueden ir desde la gestión de los servicios públicos a la administración tributaria, y es raro que admita explícitamente un cambio de rumbo, por más evidente que sea. Un ejemplo entre tantos: nunca quedó claro por qué el plan de eliminación progresiva de subsidios a la electricidad y el gas, que buscaba moderar un gasto regresivo y había sido elaborado de manera tal de no afectar a los sectores más vulnerables, fue súbitamente congelado (5).


Cuestión de estilo


Este tipo de apuntes pueden parecer menores, una simple cuestión de estilo o comunicación, pero en realidad no lo son: constituyen rasgos de carácter que revelan de modo profundo la forma en que un gobierno dialoga con la sociedad, que es también, por supuesto, la idea que se hace de ella. Sobre todo cuando se enoja o se excita o se engolosina con sus propios éxitos, el kirchnerismo parece tomar una distancia excesiva de las angustias, traumas y complejos sociales. Y si por un lado esto le permite elaborar iniciativas de largo plazo que no forman parte de las necesidades de todos los días, también puede contribuir a aislarlo y hasta tornarlo distante, insensible. No dejarse arrastrar por la tiranía de la opinión pública es clave para cualquier líder político que se proponga un horizonte de cambio, pero la línea que separa esa autonomía del autismo resulta a veces demasiado delgada.

En este marco, el gobierno apunta ahora a la Justicia, un poder opaco y conservador, dueño de una tecnojerga oscurantista, que con la excusa de la auto-renovación se había mantenido –en contraste con lo que sucedió con otras corporaciones, como la mediática y la militar– a salvo de los cuestionamientos sociales, bien lejos de los reflectores de la opinión pública. En medio de la disputa con Clarín, que últimamente ha devenido en una guerra de guerrillas en la que los dos protagonistas disputan palmo a palmo el terreno, y tras fallos indignantes como el que liberó a los acusados del crimen de Marita Verón, Cristina Kirchner parece decidida a emprender una reforma judicial que vaya más allá de la muy valorable, pero insuficiente, renovación de la Corte Suprema. Y aunque conviene tener cuidado con el modo en que se implementa, de manera tal de evitar que la democratización se transforme en linchamiento, el foco parece acertado.

Quizás los mejores momentos del kirchnerismo suceden cuando orienta su ímpetu renovador a un tema estructural que luego se convierte en el eje de una preocupación social, como los amantes sensibles que intuyen los apetitos de su pareja antes de que surjan, o que los fabrican.


Feliz 2013


A la marcha de la economía y la determinación política del gobierno cabe agregar, en este análisis un poco a tientas del año que se inicia, una cuestión no menor de ingeniería electoral. Las elecciones de este año serán las primeras que el kirchnerismo deberá enfrentar sin la postulación de alguno de sus dos líderes. Hasta el momento, el dispositivo electoral oficialista descansó siempre en alguno de los integrantes del matrimonio, con Néstor (2003, 2009) o Cristina (2005, 2007, 2011) turnándose para encabezar la lista nacional o bonaerense. Ahora, por primera vez, el gobierno tiene el desafío de disputar la elección sin un Kirchner al frente, lo que lo obligará a buscar candidatos taquilleros para los distritos clave.

Lo interesante es que los más valorados por la sociedad no siempre son los más queridos por el kirchnerismo químicamente puro, lo que reenvía al dilema anterior: hacerle caso a la opinión pública o a la propia intuición, es decir hasta cuándo seguir escuchando y cuándo, finalmente, decidir.



1. www.analyticaconsultora.com
2. Página/12, 9-12-12.fuente: Le Monde
3. Datos del Ministerio de Trabajo.
4. “Medios, paros y cacerolas”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Nº 162, diciembre de 2012.
5. Esto no sucede en todas las áreas: Martín Sabbatella demostró que la épica kirchnerista no es incompatible con las explicaciones largas e incluso las conferencias de prensa.



jueves, 5 de julio de 2012

Lo que está en juego

Por José Natanson

unque durante un tiempo pareció irrebatible, la hipótesis de Jeremy Rifkin (1) acerca del fin del trabajo se reveló exagerada, porque lo que está desapareciendo no es tanto el trabajo en sí como el modo en que lo concebíamos en la economía industrial, como puestos permanentes y rígidos, protegidos por el sistema de bienestar y los sindicatos y, al menos desde la posguerra, en el marco de una sociedad de pleno empleo (masculino).
El trabajo ya no es lo que era. Bajo las exigentes condiciones de una matriz económica en donde la generación de valor depende cada vez menos de la fuerza laboral y cada vez más del conocimiento, el mundo del trabajo se caracteriza actualmente por la expansión del sector servicios, la feminización, el auge del cuentapropismo y la profundización de la precariedad, junto a la aparición de un núcleo de desempleo estructural muy difícil de combatir incluso en los países desarrollados (en esto la historia demostró que Rifkin tenía razón, y que la exclusión reemplazó a la explotación como principal mecanismo de disciplinamiento social).
En este nuevo contexto, las trayectorias laborales fueron perdiendo la linealidad que las había caracterizado (ya nadie se retira después de 35 años de servicio en la misma empresa, con reloj de oro) para asumir la forma de un camino sinuoso y accidentado, marcado por sucesivas entradas y salidas, una alta rotación entre los puestos y las exigencias de la capacitación permanente (no sólo para los jóvenes). Como sucede con las mujeres más bellas, el mercado laboral, volátil y veleidoso, no sabe lo que quiere (pero lo quiere ya).

Demodé

Los sindicatos argentinos nacieron en aquel mundo que ya no existe. Aunque su impronta combativa puede rastrearse en las organizaciones anarquistas y socialistas creadas por los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX y principios del XX, su forma definitiva fue determinada por Perón, es decir por el Estado, en los 40: como la televisión y la descolonización de África, el sindicalismo argentino es un típico producto de la posguerra, que se convirtió en el blanco principal de todas las dictaduras militares y que sin embargo se mantuvo asombrosamente parecido a sí mismo a lo largo de décadas.
Incluso en los 90 los cambios fueron relativos. Aunque las reformas neoliberales produjeron un reequilibrio interno que dividió el mapa sindical entre aquellos gremios que expresaban a los sectores ganadores (el ejemplo más claro es el crecimiento de Camioneros por el desmantelamiento de la red ferroviaria y el incremento del comercio regional en el Mercosur) y los perdedores (sobre todo estatales y docentes, pero también gremios industriales como la UOM), los dos pilares del modelo permanecieron intactos: el monopolio de la representación por actividad, administrado por el Ministerio de Trabajo a través de la personería gremial, se mantuvo como reaseguro del poder de las conducciones, en tanto el control de las obras sociales les siguió garantizando a los gremios importantes flujos de recursos.
La ausencia de renovación marca una diferencia crucial con otros países, como Uruguay y, sobre todo, Brasil, donde la CUT revolucionó el viejo gremialismo varguista y se convirtió en el primer soporte para el nacimiento del PT y el liderazgo de Lula, cuyo ascenso se explica menos por el talento de un dirigente excepcional que como resultado de estos movimientos más generales (quizás la CTA podría haber cumplido este papel en Argentina, pero en el medio se le puso el peronismo). En todo caso, y más allá de estas comparaciones odiosas, lo central es que el sindicalismo argentino fue incapaz de adecuarse a la nueva realidad económica, por ejemplo frente a la emergencia de un nuevo sujeto social, los desocupados, cuya representación se terminó construyendo por afuera de las estructuras tradicionales de los gremios. En este sentido, el hecho de que el ex titular de la Unión Ferroviaria se encuentre preso acusado de armar una patota para asesinar a un trabajador tercerizado constituye un hecho tan policial como simbólico, que da cuenta de la incapacidad de las conducciones sindicales de responder a los cambios producidos en el mercado laboral durante el menemismo.

Actores

Hugo Moyano es una expresión típica y a la vez singular de este viejo modelo. De un inusual espesor político, fue uno de los pocos líderes sindicales del sector privado que se opuso con tenacidad a las reformas neoliberales. A diferencia por ejemplo de Armando Cavalieri, cuyo gremio, el de Comercio, se expandió debido a la decisión de muchas empresas de ubicar a sus empleados bajo un convenio inusualmente flexible, que admite jornadas de doce horas y francos rotativos, Moyano aprovechó la ambigüedad de su actividad, el transporte, para que sean los propios trabajadores, por ejemplo los de logística, quienes deliberadamente busquen encuadrarse en su sindicato. En otras palabras, el mismo resultado pero por el camino opuesto, y sin embargo Moyano no dejó de practicar, como Cavalieri y tantos otros, un sindicalismo opaco (por el manejo de los fondos de la obra social), personalista (lleva ya siete reelecciones), empresarial (él o su familia tienen intereses en varias empresas, muchas de ellas vinculadas al gremio) y dinástico (su hijo Pablo, de exaltada participación en el paro, es el número dos del sindicato, y su mujer controla la obra social).
Convertido por Kirchner en uno de los pilares del sistema de alianzas del oficialismo, Moyano fue clave para garantizar la estabilidad económica, limitando los reclamos salariales a un techo alto pero macroeconómicamente sostenible, y la gobernabilidad política, en particular durante el conflicto del campo (junto a la otra bestia negra del gobierno, Daniel Scioli, cuyo aporte, simbolizado en su exposición personal en la fallida experiencia de las candidaturas testimoniales, no fue menos crucial).
Como sucedió con los Esquenazi, que durante años funcionaron como aliados clave del kirchnerismo, la ruptura con Moyano parece consecuencia más de una serie de problemas acumulados que de un solo episodio identificable, lo cual impide situar el punto exacto en donde la relación se quebró. Seguramente contribuyeron al deterioro la desconfianza del camionero ante la actitud oficial por aquel famoso exhorto de Suiza, la intención del gobierno de ponerles un techo a las paritarias, la escasa representación gremial en las listas legislativas. Puede también que la muerte de Kirchner lo haya privado de un interlocutor áspero pero con el que se entendía… Aunque todo esto probablemente sea cierto, quisiera proponer aquí una hipótesis más general, que explicaría la situación de una forma menos anecdótica: mi impresión es que la disputa con Moyano es resultado de la decisión estratégica de Cristina de ganar autonomía respecto de los actores corporativos, sean éstos mediáticos, empresariales o sindicales, y del 54 por ciento de los votos obtenidos en las elecciones de octubre, que convencieron a la Presidenta de que contaba con el respaldo popular suficiente para encarar una pelea que, como demostró el primer paro de camioneros y la marcha de la semana siguiente, no sería fácil. La respuesta firme del gobierno frente al bloqueo de la distribución de combustible, que incluyó un operativo incruento de la Gendarmería, confirmaría esta decisión de ir a fondo.
Pero conviene analizar las cosas con cuidado. Incluso si el debilitamiento de un actor corporativo dotado de un formidable poder de extorsión como Moyano contribuye a fortalecer al poder político, sería un error interpretar la fragmentación del sindicalismo, que ya tuvo su primer capítulo con la división de la CTA, como un avance democrático. En primer lugar, porque no responde a un impulso genuinamente renovador, que busque sacudir las viejas estructuras y oxigenarlas, tal como demuestra el hecho de que los clásicos caciques se alinean indistintamente tanto en el bando moyanista como en el más cercano al gobierno. Sin ninguna de las ventajas de un recambio, la fractura entraña los riesgos de una dispersión de interlocutores que, en un panorama laboral siempre tenso, puede complicar los acuerdos y alimentar la ya de por sí tentadora propensión a la acción directa. Y, finalmente, fortalece la posibilidad de que se genere un desequilibrio en la relación capital-trabajo justo en un momento de desaceleración relativa del ciclo económico, lo cual difícilmente favorezca a los sectores populares. De hecho, varios de los reclamos de Moyano, en particular el relacionado con el impuesto a las ganancias, que adolece de tantos errores de diseño que hace que hoy un trabajador pueda ganar más pero cobrar lo mismo, son absolutamente legítimos.
Desde un punto de vista más político, parece difícil que Moyano, cuya imagen repta por el suelo de la consideración popular, se convierta en algo más que un líder sindical, aunque no puede decirse lo mismo de alguno de sus ambiguos aliados (sobre todo de Scioli, el segundo dirigente con mejor imagen después de Cristina y al que quizás el gobierno debería tratar con más cautela). Al final, los límites a las ambiciones del líder camionero derivan tanto de la posición del gobierno como de la opinión de la sociedad, que no puede dejar de verlo como una expresión del viejo sindicalismo. Sin una verdadera renovación, sin la construcción de un modelo sindical que defienda los intereses de los trabajadores en el contexto de un mercado laboral renovado, es improbable que Moyano consiga transformar su formidable poder sectorial en fuerza política. Y aunque es verdad que, en una situación que tiempo atrás hubiera resultado impensable, hoy hay en Argentina dos líderes sindicales procesados, uno acusado de armar una patota asesina y el otro de distribuir medicamentos oncológicos truchos, no menos cierto es que la renovación sindical no puede darse por vía del encarcelamiento por delitos comunes de sus principales dirigentes: exige un esfuerzo desde adentro, que ni Moyano ni sus circunstanciales adversarios parecen interesados en encarar.


1. Jeremy Rifkin, El fin del trabajo, Paidós, 2002.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur